OPINIÓN

A la deriva en el río de los juegos del mercado

Félix Chiaramonte

Por Félix Chiaramonte*

Ayer nomás, Messi, el gran superhéroe real de los chicos y grandes que admiran su fútbol, clasificó con tres goles formidables a la selección argentina al Mundial de 2018, que se jugará en la lejana Rusia. Los periodistas deportivos, a los cuales un equipo rencoroso y feliz dedicaba su triunfo, comenzaban a eyectar sus difamaciones, propias del farandulismo mamarracho, y empalagaban con elogios tribuneros los oídos de cualquiera. El país, paralizado socialmente por dos horas, sobrevivía con su circo de siempre.

Es que la psicología de las masas, administrada por los dueños de la pelota, multiplica identificaciones, placeres y malestares, dependiendo de un mercado que, como dice Frank Schirrmacher, transforma el mundo en un estado mental. ¿Qué haríamos si no estuviesen los sponsors y las oligopólicas cadenas de medios masivos de comunicación? ¿Podríamos disfrutar de este mundo virtual aunque no menos verdadero, en donde somos parte de una saga dentro de la Play Station? O acaso, ¿no dormimos soñando con imágenes de YouTube o series de una Netflix que ya nos ha producido a nosotros como espectadores inmóviles?.

Un universo pleno de oportunidades se abre ante quienes conocen cómo es el juego, y un callejón sin salida se abre sobre los futuros emprendedores, hoy trabajadores en vías de desarrollo o despedidos que no ven el hermoso porvenir que les espera.

“Hay juegos abiertos como el ajedrez y juegos tapados como el poker, en el que nadie puede ver las cartas del otro. La economía de la información respira la atmósfera de una timba de poker. Su mundo es un mundo en el que nadie dice y hace realmente lo que piensa, pero todos se vuelven transparentes si se les supone un propósito egoísta” (1).

¿Será posible que a cada ciudadano le corresponda la clasificación de “consumidor previsible”? Como si fuese un homo economicus, preso de su interés, o un homo videns, hipnotizado por una pantalla, cada vecino espera el clima de la TV o del celular sin abrir una ventana, y juzga según las apariencias o lo que dice la red social en internet; lo atormentan más los huracanes y terremotos del hemisferio norte que las inundaciones del más cercano conurbano y las próximas pampas, es decir, en un panorama desorientado y a la deriva.

Sin embargo, hay otros que interpretan esa deriva como una guía. La más grande de todas las máquinas modernas, que algunos suponen más potente que cualquier otra religión. La maravillosa y monstruosa “máquina psicotécnica de sugestión de masas” (2)(Carl Schmitt) contribuirá a que cada uno se sienta autónomo, pero en verdad sea alienado por tiernas palabras, bellas sonrisas, rostros angelicales. Eso sí, para los escépticos y los rebeldes habrá otros tratamientos, tal vez violentos, tal vez no, dependerá seguramente del río de opiniones de la época . Obviamente, si usted estimado/a lector/a no quiere ser sometido por un gobierno biopolítico que le diga qué es sano, normal y bueno, intente ser independiente y como premio tendrá su segregación correspondiente.

Pero a no desilusionarse, lo último que se pierde es la esperanza, tal vez haya aún un doctor, un licenciado o un gerente, lo mismo da, que lo haga enfocarse, tener plena conciencia, rendir como es adecuado, saludar como dios manda, reprimir los malos pensamientos o expresarse sin que sea un exceso, ¿verdad?. De a poco, muy de a poquito, respire, medite, elongue, entrene, y por sobre todas las cosas, obedezca, con buena onda por favor, obedezca y será el empleado del mes.

Referencias

(1) Frank Schirrmacher, Ego. Las trampas del juego capitalista. Ed. Ariel.
(2) Andrea Cavalletti, Sugestión. Potencia y límites de la fascinación política. Ed. Adriana Hidalgo.

(*) Félix Chiaramonte. Miembro del Centro Descartes. Presidente de la Asociación de Psicoanálisis San Fernando-Tigre

Nota publicada en el boletín ‘El psicoanálisis en la ciudad’, de la APSaT

 


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