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	<title>San Fernando Nuestro &#187; ESCRITORES</title>
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	<description>Un Lugar de Encuentro</description>
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		<title>El canal de San Fernando, de Roberto Arlt</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Apr 2026 22:55:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[ESCRITORES]]></category>
		<category><![CDATA[Canal de San Fernando]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Arlt]]></category>

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		<description><![CDATA[Diario El Mundo, 3 de agosto 1933 Le parecerá mentira, se resistirá a creerlo, pero en el canal de San Fernando, amarrado, duerme a la orilla un pailebot que se llama]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Diario El Mundo, 3 de agosto 1933</p>
<p>Le parecerá mentira, se resistirá a creerlo, pero en el canal de San Fernando, amarrado, duerme a la orilla un pailebot que se llama “Siempre Republicano” y con más colorinches que una negra disfrazada para un baile de carnestolendas, pues tiene sirena de color, iniciales de bronce en la chimenea y pinturita por todas las puertas como un paisaje de barbería.</p>
<p>También le parecerá mentira si le digo que ayer a la tarde, el canal de San Fernando no parecía un canal, sino un bosque derrumbado, talado, que hachado, en estacas, formaba en las bodegas de las lanchas y chatas montes de leña, y todas las embarcaciones estaban tan apretadas una contra otra que por momentos el agua aceitunada del canal se columbraba por varas entre el maderamen rojizo y azul pluma del loro.</p>
<p>Y cuando no eran las pilastronas de sauce y álamo, eran los haces de mimbre superando las escotillas y tocando con la punta de sus plumeros las bordas de las otras balandras, o si no también eran cargamentos de caña tacuara, aún verdosa.</p>
<h3>Gente que come</h3>
<p>No es que trate de alacranear al proletariado marítimo, ¡no! ¡Pero qué hermosa vida se da esta gente! Qué suculentamente se alimentan. Con qué voracidad devoran.</p>
<p>Bajo los toldos de lona no encuentro nada más que gente ocupada en embuchar algo. Son las cuatro de la tarde, ni un minuto menos y veo este cuadro, al cual el resplandor del sol le presta la debida magnificencia.</p>
<p>A bordo de un lanchón, un viejo se ha puesto en cuclillas en la cubierta frente a una cocina mistonga, por cierto tan atorranta la cocineja dicha que tiene una chimenea formada por latas vacías de aceite.</p>
<p>El viejo en cuclillas ha retirado del horno una fuente donde se tuesta un guiso fantástico, un guiso tan brutal que a un vago que está parado a mi lado se le llenan los ojos de lágrimas. Y estornuda de emoción.</p>
<p>El viejo con una delicadeza maravillosa, ayudándose de un tenedor da vuelta las patatas que se cocinan en un razonable lecho de tomates, entre amarillentos miembros de un volátil cuya raza no puedo precisar. Luego el viejo se lame los dedos negruzcos y cierra escrupulosamente el hornillo. Y su alma bendice al Dios de los trabajadores del mar, si es posible que estos tengan algún dios.</p>
<p>Más allá, el maquinista de “Siempre Republicano” lleva a cabo una función más o menos similar.</p>
<p>Observa un calentador a nafta, donde humea una pava gigantesca. Encima de la mesa hay una bolsa de yerba, unas tazas de hierro enlozado de medio litro de capacidad y una ristra de chorizos que el hombre mira y remira con atención evidentemente amistosa. Y mientras el agua se calienta, el maquinista de “Siempre Republicano” se pasea con el aspecto satisfecho de un horticultor que examina la huerta y ve que prospera.</p>
<p>Un paso más allá se encuentra una chata cargada de pedregullo, se diría por completo abandonada si una inspección un poco más detenida no nos permitiera descubrir que, atadas por un piolín al cabo del velamen, se pasean melancólicamente dos gallinas, a las que sus amables propietarios han puesto debajo de los picos fuentes cargadas de requechos. En fija, la travesía significará la defunción de ambos volátiles, posiblemente una muerte violenta.</p>
<p>Enfrente se mece en el agua un pailebot. Cuatro hombres y un chico, con el sombrero requintado sobre la frente, reposan sentados en la borda de la popa. Un viejo, con gorra de visera de hule, hace girar un mate, mientras que otro atiza los tizones del cocinín y observa los misteriosos efectos del fuego sobre algo que se me figura una pierna de carnero, pues no podría admitir ni por un minuto que se tratara de un miembro humano esa magnífica presa de carne que inunda la atmósfera de un olorcillo desesperante.</p>
<p>Y son las cuatro de la tarde. Sí, señor, las cuatro de la tarde. El agua olivácea corre rumorosa entre las dos murallas de ladrillo del canal, algunos sauces sombrean el ribazo de tierra carbonosa, hacia el sur, se extiende una sombreada empalizada de arbustos, y estos hombres de la ribera, como si no existiera la crisis, enfrentan a formidables vituallas con una simplicidad franciscana.</p>
<p>Y por donde se mira, fiambreras con alambre tejido, ensaladeras cargadas de lechuga y rodajas de tomate, y cocinitas que humean y fulanos que toman mate, y miran silenciosamente el agua aceitunada, y son las cuatro de la tarde.</p>
<h3>Y de pronto&#8230;</h3>
<p>Y de pronto parece que la personalidad se evaporara, que el caudal de agua y la inmensa cantidad de madera estibada, y el cielo celeste claro, y los mástiles le arrebataran a uno la memoria de las cosas ciudadanas, y uno se siente absorbido por la naturaleza sin afeites ni remiendos.</p>
<p>Estas barcas (cuántas hay aquí en el canal de San Fernando parecidas a aquella en que navegaba la Anna Christie del drama de O’Neill, con su casona sobre la cubierta) se diría vienen de tierras vírgenes por ríos de orillas arboladas que aún no conocen la civilización, y sus maderas huelen como purificadas por las linfas de las fuentes y por el sol más flamante de las grandes llanuras herbosas del norte tropical.</p>
<p>Y de pronto se comprende que sería una felicidad poder vivir allí siempre, a la sombra de sus toldos, y dormir en sus cuchetas tan reducidas como perreras y confortables como casas de muñecas.</p>
<hr />
<h3>Sobre el autor</h3>
<p><a href="https://www.sanfernandonuestro.com.ar/wp/wp-content/uploads/2026/04/roberto-arlt.jpg"><img class="alignleft wp-image-77542 size-medium" src="https://www.sanfernandonuestro.com.ar/wp/wp-content/uploads/2026/04/roberto-arlt-191x300.jpg" alt="roberto arlt" width="191" height="300" /></a>Roberto Arlt</p>
<p>Nacido el 26 de abril de 1900, hijo de inmigrantes, vivió en el barrio porteño de Flores. A los ocho años de edad fue expulsado de la escuela, pero continuó su educación de manera autodidacta. Se dedicó al periodismo y enseguida destacó con su pluma. Entre la década del veinte y el treinta participó del mítico grupo literario de Boedo -junto con otros escritores, como Raúl González Tuñón, César Tiempo, Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque, entre muchos otros-, en el que ejercitaron una literatura de vanguardia.</p>
<p>Influenciado por autores como el ruso Dostoievski y los franceses Zola y Balzac, Arlt fue uno de los primeros escritores en tomar lo urbano como semillero de conflictos. Las novelas de Ricardo Güiraldes, según algunos especialistas, fueron el canto del cisne de la literatura rural, mientras que la primera obra de Arlt dio comienzo a una literatura urbana con toda una poética narrativa extraordinaria y original.</p>
<p>Aquellas preocupaciones y motivaciones que Arlt registró en su literatura son parte de muchos de sus textos que, hoy, se consideran clásicos de la literatura argentina. Por ejemplo, sus Aguafuertes porteñas, publicadas en el diario El Mundo (1928 y 1933), o sus novelas como El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931).</p>
<p>(*) El texto publicado forma parte del libro Aguafuertes bonaerenses de Ediciones Bonaerenses. <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://edicionesbonaerenses.sg.gba.gob.ar/libro/aguafuertes-bonaerenses/" target="_blank">Descarga gratuita</a></span></p>
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		<title>Elección</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Apr 2025 11:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[ESCRITORES]]></category>
		<category><![CDATA[concurso]]></category>
		<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
		<category><![CDATA[Te cuento San Fernando]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Patricia Arata El temporal estaba anunciado para las primeras horas de la madrugada del día siguiente. En el pequeño hospital isleño ya habían asegurado las persianas y cargado las linternas.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Patricia Arata</strong></p>
<p>El temporal estaba anunciado para las primeras horas de la madrugada del día siguiente.</p>
<p>En el pequeño hospital isleño ya habían asegurado las persianas y cargado las linternas. El grupo electrógeno ya estaba controlado por si la tormenta arrasaba con el sistema eléctrico. Los pocos pacientes estaban preocupados y angustiados.</p>
<p>Rosa, la enfermera, nativa de las islas, tenía mucha experiencia en fuertes temporales y sus consecuencias, por suerte ese día estaba cumpliendo tareas en el hospital. En cambio, yo, Ramón Vera, médico y director del hospital, no tenía ninguna relación ni con el río ni con las islas.</p>
<p>Nacido y criado en La Rioja, estudié medicina en Córdoba, hice mi residencia en el hospital de su Capital y después de unos cuantos años de trabajar en el ámbito privado en la ciudad de Buenos Aires decidí aventurarme y aceptar la dirección del hospital en una isla del delta de San Fernando.</p>
<p>En La Rioja me ofrecieron ser parte del staff de la clínica privada más importante de la ciudad capital. Mis motivos para rechazarlo fueron varios pero lo que más me había pesado en mi decisión fue la falta de vínculo con mis pacientes. Desfilaban uno tras otro y aunque yo quisiera darle más dedicación, sabía que el otro médico cuya consulta venía detrás de la mía, estaba esperando impaciente que yo finalizara.</p>
<p>Estaba tranquilo con mi decisión. Tal vez económicamente podría resultar complicado, pero era algo que a esta altura de mi vida y sin responsabilidades familiares aún, podía asumir. Durante estos 10 meses en el hospital isleño, crecí como persona y profesionalmente.</p>
<p>Antes de los ‘80 el médico de familia, abarcaba y asistía en todo y a todos los de la familia. Poco a poco las especializaciones avanzaron tanto que los pacientes peregrinan de especialista en especialista en búsqueda de diagnóstico y salud.</p>
<p>En las islas eso era un lujo poco posible de concretar, soy cardiólogo, obstetra, pediatra…en fin desarrollo mi profesión y sobre todo mi vocación.</p>
<p>Rosa era sin duda una gran ayuda, aunque al principio fue reticente en brindarme información y a veces me hizo sentir incómodo. Pasado los meses logré ganarme su amistad. Con años de experiencia y de conocimiento de las familias, ella dominaba el lugar. Cansada también de ver pasar a través de los años diferentes médicos quienes no resistían ni dos meses en su puesto, al principio no quiso involucrarse demasiado para no sufrir una decepción conmigo. Pero poco a poco me creyó capaz de permanecer en mi puesto y vio cómo me ganaba la confianza de los isleños. En la actualidad, sin duda, es mi mayor aliada para atender a los pacientes.</p>
<p>La procedencia de quienes llegaban al hospital era una miscelánea sorprendente y debí adaptarme a esa realidad rápidamente. Turistas, propietarios de lanchas con la música estruendosa, pescadores, peones, jóvenes que optaban por una vida menos urbana, productores y los isleños nativos de siempre.</p>
<p>Me he encariñado con varias de las familias, ancianos, niños, mujeres. Con los hombres del lugar me es más difícil entablar el vínculo ya que reacios a acudir al médico, los veo en pocas ocasiones.</p>
<p>Ensimismado en sus pensamientos, repasando su vida durante los últimos tiempos, se había olvidado de la tormenta. Un fuerte ruido lo sacó de sus pensamientos. Pareció ser la caída de un árbol o de una gran rama muy cerca del hospital.</p>
<p>Se dirigió a la salita donde estaban los internados para ver cómo estaban y también tranquilizarlos. Antes de llegar se abrió la puerta de par en par, e inmediatamente ve caer al suelo un hombre robusto bañado en sangre. Atrás de él y llorando apareció una mujer con un bebé en brazos.</p>
<p>Rápidamente Rosa y él asistieron al herido. Entre los dos lo subieron a la camilla. Tenía una herida profunda en la pierna que sangraba mucho.</p>
<p>No había necesidad de muchas palabras. Con Rosa se entendían a la perfección frente a estas urgencias. La situación era muy complicada, el hombre se desangraba y no se podía perder ni un minuto.</p>
<p>Actuaron con rapidez, llevando la camilla hasta la sala que se destinaba a quirófano, pequeña, impecable, con lo indispensable para situaciones de crisis. Allí estuvieron, haciendo caso omiso al viento que parecía iba a arrancar una a una las chapas del techo.</p>
<p>La aplicación de la anestesia, les había permitido suturar y acomodar los tejidos sin dificultad. Dedicados a salvarle la vida, no sabían cuantos minutos u horas habían estado junto al hombre.</p>
<p>Una vez estable y dejándolo bien acomodado y sedado se dirigieron ambos a la sala de espera para comunicarle a la mujer el estado del paciente y conocer los datos del mismo. No la encontraron. Comenzó a llover sin tregua. Se asomaron queriendo localizarla, pero, nada.</p>
<p>Ambos estaban cansados por la tensión sufrida y el estar de pie por tanto tiempo los había agotado. Decidieron ir al escritorio a tomarse un café y relajarse un poco. Con la tormenta asomándose, el cuidado de los internados y del recién llegado, la noche iba a ser larga.</p>
<p>Mientras Ramón preparaba café Rosa fue a buscar un poco del budín, que les había regalado el día anterior una de las pacientes.</p>
<p>Se merecían ese rato de paz. Vilma quien se encargaba de la limpieza y de la alimentación de los internados, había faltado, por lo que pronto tendría que ocuparse de calentar las viandas y llevárselas a los enfermos.</p>
<p>Sentados uno frente al otro, se preguntaron qué sería de la mujer que trajo al paciente. En ese preciso instante escucharon el llanto breve de un bebe.</p>
<p>Ambos se miraron sorprendidos. Salieron en su búsqueda. Revisaron el lavadero y la cocina y no encontraron nada. Ramón se dirigió al baño. Rosa escuchó su voz, más bien, su grito pidiéndole ayuda.</p>
<p>El espectáculo fue conmovedor. Acostada en el suelo y con el bebe al lado de ella se encontraba la mujer que hacía unas horas trajo al hombre herido.</p>
<p>¿Qué sucedía? La mujer los miró con desesperación. Rosa se agachó y retirándole la campera comprobó lo que temía. Embarazada y con trabajo de parto.</p>
<p>Ramón la revisó. No había tiempo que perder. La acomodaron en una de las camas y sin casi tiempo para prepararse recibieron sin ninguna dificultad una niña bellísima. Yasí, fue el nombre elegido por su mamá.</p>
<p>Cansancio, emoción, alegría, satisfacción y también orgullo por ser parte, Rosa y él, en ayudar a dar vida y a mantener la vida.</p>
<p>-¿Cómo estás Rosa?, le pregunté.</p>
<p>Con los ojos llenos de lágrimas, me contestó con una sonrisa: “Bien, por esto es que llevo tantos años en este lugar”. La abracé, yo sentía lo mismo que ella.</p>
<p>Con el paso del tiempo y según los desafíos que me presente la vida iré evaluando cómo seguir.</p>
<p>En este momento estoy más convencido que nunca de que el camino que hoy recorro es el que quiero.</p>
<h3>Sobre la autora</h3>
<p>Patricia Arata vive en Victoria hace más de 40 años. “Aunque no viví siempre en San Fernando desde muy joven tuve lazos muy fuertes con esta ciudad”, dice.</p>
<p>Fue catequista en la parroquia de Nuestra Señora de la Guardia. Sus primeros trabajos fueron en el Jardín Nº 1 y en los colegios San Luis y Copello. “Mucho recorrido por la zona”, agrega.</p>
<p>Su pasión fue la educación acompañada siempre por la lectura. “A través de los años mi intención fue escribir y lo fui postergando. Cuando tuve la oportunidad de participar en el taller de escritura de la Biblioteca Rómulo Naón pude dar rienda suelta y concretar mi deseo de la escritura”, menciona quien forma parte de los talleres que allí se dictan.</p>
<p>Y agrega que fue a partir de su vínculo con la Biblioteca Popular Rómulo Naón es como se enteró del concurso de San Fernando Nuestro y decidió participar.</p>
<p><strong>La obra según su autora</strong></p>
<p>Elegí como lugar las islas porque en general no son muy conocidas y creo que en ellas hay una inmensa riqueza que se debe dar a conocer.</p>
<p>*El presente cuento fue preseleccionado en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
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		<title>A viva voz</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Mar 2025 11:00:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[ESCRITORES]]></category>
		<category><![CDATA[concurso]]></category>
		<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
		<category><![CDATA[Te cuento San Fernando]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Mónica Silvina Cancelo Caminé desde Canal hasta la puerta del teatro de la Sociedad Italiana. Solo me crucé con un señor que paseaba a su perro y con una parejita]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Mónica Silvina Cancelo</strong></p>
<p>Caminé desde Canal hasta la puerta del teatro de la Sociedad Italiana. Solo me crucé con un señor que paseaba a su perro y con una parejita que caminaba de la mano. Siempre me sorprende ver como se vacía de rápido Constitución cuando cierran los negocios.</p>
<p>En las puertas del teatro había pegadas fotos de los actores. Me detuve frente a la de Camila. Aparecía de perfil, hermosa, joven, el pelo negro cayéndole sobre un hombro. Me pregunté si alguien le habría dicho lo bonita que salió. Supuse que sí, igual pensaba decírselo.</p>
<p>En cuanto abrieron las puertas de la sala, entré. Ocupé mi asiento y me puse a leer el programa. En la tapa decía: “A viva voz, poesía y teatro leídos”. Lo abrí y busqué a Camila: “Esta joven artista sanfernandina inició sus estudios en la escuela….</p>
<p>La palabra escuela me llevó atrás en el tiempo, me trajo la imagen de una pequeña Camila con guardapolvo blanco, peinada con dos colitas o una larga trenza. Tenía el carácter alegre y una determinación capaz de mover montañas.</p>
<p>Como cuando decidió que podía viajar sola, tenía apenas 12 años. Su mamá tenía mucho miedo, pero las maestras de la escuela nos comprometimos a acompañarla y enseñarle a viajar. Enseguida demostró que podía manejarse sin problemas. Su mamá la acompañaba hasta la parada del 710, a pocas cuadras de su casa. Varios compañeros subían un poco después así que bajaba con ellos. A la vuelta le indicamos que pidiera ayuda para no pasarse, pero no hacía falta. Era tan sociable que a los pocos días todos los choferes la conocían y la guiaban.</p>
<p>—Permiso− una señora me trajo de regreso al teatro. La dejé pasar.</p>
<p>Volví al programa para leer las palabras de Camila: “Este espectáculo es un homenaje a la literatura. A mí la palabra escrita me abrió una puerta de escape a la oscuridad. Desde que aprendí a leer no he podido parar de hacerlo”.<br />
Recordé cuando comencé a enseñarle a leer y escribir. Al principio le costó tanto, no podía quedarse quieta, sus manos tocaban todo lo que estaba a su alcance, el menor ruido la distraía. En cambio, era otra persona cuando alguien le leía un cuento: los oídos atentos, la emoción siempre lista a flor de piel. Entonces empecé a llevar a clase cada vez más libros. Le expliqué que yo no podría leérselos todos, pero si ella ponía esfuerzo en aprender las letras iba a poder descubrirlos. Su actitud cambió.</p>
<p>Nunca voy a olvidar el día en que toda la escuela participó de la Maratón de Lectura en la Biblioteca Madero. Ella llevó para leer una poesía de Nicolás Guillén. Se paró delante de todos y su voz de ocho años recién cumplidos resonó fuerte y clara. Ese día cosechó felicitaciones, besos y sus primeros aplausos.</p>
<p>Un día cambió las colitas por unas rastas, había entrado en la adolescencia. “Me las hice en la plaza, seño. Mi mamá puso el grito en el cielo, no le gusta mucho que vaya a la feria, pero yo voy casi todos los sábados. Los artesanos, mi vieja les dice esos hipones, me conocen. Amo el olor del puesto de sahumerios. Rosita me hizo las rastas, también me está enseñando a tejer al crochet. “Difícil pero no imposible”, como dice mi papá. Crecer no fue fácil para ella y las letras fueron su refugio; me pedía especialmente libros de poesía.</p>
<p>De pronto se apagaron las luces y se levantó el telón, sobre el escenario había tres sillas ubicadas en semicírculo con un atril negro cada una. Detrás de la del medio Camila se encontraba parada vestida de blanco con ambas manos apoyadas en el respaldo. Mientras rodeaba lentamente la silla comenzó a recitar de memoria:</p>
<p>“No te quedes inmóvil<br />
al borde del camino”</p>
<p>Se ubicó cerca del atril, con el texto al alcance de sus manos. Luego hicieron su entrada los otros dos actores en medio de un escenario en penumbras. Mientras iban hacia sus lugares cada uno recitó una parte del poema de Mario Benedetti.</p>
<p>Se sentaron, uno acomodó la silla de Camila y aprovechó para decirle algo al oído, me pregunté si le estaría comentando lo llena que esta la sala. Ella sonrió.</p>
<p>Uno de los jóvenes leyó a Neruda, el otro a Thenon, Camila un poema de Pizarnik…</p>
<p>Pronto cayó el telón, cuando volvió a levantarse los tres ya estaban sentados. El escenario se encontraba en penumbras y un haz de luz iluminaba a Camila y a uno de sus compañeros. La voz de él irrumpió en la sala arrogante, imperiosa, le respondió una mujer de modales sumisos. La magia había comenzado, por un rato no serían ellos sino Otelo y Desdémona, todos viviríamos el amor y la tragedia. A Shakespeare le siguieron fragmentos de otros autores. Cuando terminaron, los jóvenes se levantaron tomados de la mano y saludaron con una reverencia. Cayó el telón, pero seguimos aplaudiendo, algunos de pie, hasta que volvió a levantarse.</p>
<p>Entonces uno de los jóvenes comenzó a recitar “Canción de cuna para despertar a un negrito”, le siguieron Camila y luego el otro. Mientras la música del poema de Guillen lo inundaba todo, cerré los ojos y volví a ver a la pequeña Camila leyendo en la Biblioteca Madero.</p>
<p>Nuevamente el silencio. Me puse de pie y aplaudí como nunca antes en mi vida. No me preocupé por las lágrimas. Alguien alcanzó un ramo de rosas a Camila, ella las olió. Los tres artistas tomaron de los atriles los textos y comenzaron a retirarse, Camila del brazo de uno de ellos. Observé el libro de ella, que era mucho más grueso que los otros, y sonreí al recordar cuantas veces se había quejado porque el Braille ocupa mucho espacio.</p>
<h3>Sobre la autora</h3>
<p>Mónica Silvina Cancelo es sanfernandina “por elección”, dice. Eligió vivir en San Fernando hace 12 o 13 años. “Si bien llegué por una necesidad, para estar más cerca de mi trabajo, terminé queriendo mucho este lugar y no queriendo irme&#8221;, agrega.</p>
<p>Es docente jubilada y narradora oral. Hace 10 años que trabaja contando cuentos en la zona.</p>
<p><strong>La obra según su autora</strong></p>
<p>El relato que elegí para participar en este concurso, lo escribí a partir de mi experiencia como docente de educación especial, no es un relato real, o sea, las cosas que allí aparecen no sucedieron, pero sí están basadas en muchas experiencias que tuve durante mis años como maestra y profesora de discapacitados visuales.</p>
<p>Quiero aprovechar para agradecer mucho por este concurso, por haber podido participar, ha sido una experiencia muy grata.</p>
<p>*El presente cuento fue preseleccionado en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
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		<title>Pescador de recuerdos</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Mar 2025 11:00:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[ESCRITORES]]></category>
		<category><![CDATA[concurso]]></category>
		<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
		<category><![CDATA[Te cuento San Fernando]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Beatriz del Rosario Garay Cada mañana, luego de dejar a sus niños en la escuela, atravesaba la calle Del Arca, que rodea la costanera de San Fernando para ir a]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Beatriz del Rosario Garay</strong></p>
<p>Cada mañana, luego de dejar a sus niños en la escuela, atravesaba la calle Del Arca, que rodea la costanera de San Fernando para ir a su trabajo. Lo hacía con su bicicleta roja, pedaleando con fuerzas. Para Etelvina la vida era urgencia, compromiso, siempre llevando como estandarte su mirada en lo simple que muchas veces se convertía en profundo. En ese ir y venir a su trabajo veía a aquel hombre mayor que cruzaba la calle llevando una reposera, una caña de pescar y una boina color marrón. Cuando ella regresó de su trabajo, entrada la tarde, este hombre seguía allí sentado detrás de las gruesas barandas, cerca de la orilla mirando el río. Nada tenía de extraordinario ver a un hombre sentado a orilla del río, lo que sí extrañaba a Etelvina, era verlo siempre en la misma posición, como si fuese una figura tallada en madera.</p>
<p>La rutina y el cansancio se repetían en aquellos pedales, que cortaban el espacio cada día, y también aquella postal de ese enigmático hombre. Septiembre, se acercaba con su brisa cálida. Aquella costanera abrazada por los árboles con pequeños brotes, el río manso salpicando su costa, las embarcaciones surcando su cauce con el vaivén de sus aguas, y los turistas y vecinos que se acercaban a disfrutar del lugar, anunciaban la temporada de visitantes. Aquella calesita apostada en la entrada se preparaba para comenzar a girar, llevando risas y ternura a manos llenas, Alexis Trocotolis, el calesitero preparaba el lugar con mucha dedicación. Los pájaros revoloteaban sobre ella, con la certeza que allí encontraría migajas para su sustento.</p>
<p>Un día, no como cualquier otro porque ese día Etelvina sintió la necesidad de acercarse a aquel hombre, tal vez por curiosidad o por intuición de descubrir algo en él. Así fue que aquel día, cuando regresaba de su trabajo, bajó de su bicicleta y se dirigió donde este estaba. ¡Buenas Tardes! -dijo sonriendo Etelvina ¿Se pesca mucho aquí? -agregó sonriendo, como para comenzar una conversación. Este hombre se levantó suavemente de su reposera, se lo notaba vulnerable y débil, se sacó su gorra marrón e inclinó su cabeza como señal de cortesía y le respondió. “No lo sé señorita, no vengo a pescar”. La sorpresa se hizo notar en la cara de Etelvina, y como para corroborar lo que había dicho, el señor levantó la caña de pescar mostrando que no tenía anzuelo, y con voz suave y pausada, como quien reza una letanía, le contó que en este lugar se dieron el primer beso con Luisa, que sería su esposa por cuarenta años, y desde que ella murió, él viene todos los días a revivir recuerdos.</p>
<p>Etelvina levanto su brazo y se despidió. Comenzó a caminar por aquella costanera llevando su bicicleta a su lado. Sintió un soplo de ternura en su pecho, una lágrima se anunciaba. Se sentó en un banco de cemento y dejó que su mirada descansara por un rato en aquel río. El bullicio, los días luminosos daban un marco colorido a la costanera, que Etelvina con su bicicleta atravesaba todos los días con la cotidianeidad en sus pedales.</p>
<p>De pronto noto que aquel enigmático hombre ya no estaba sentado en aquella orilla. Pasaban los días y la mirada de Etelvina se perdía en el vacío. Así como aquel día sintió la necesidad de acercarse y saludarlo, ahora sentía que nunca más lo vería en aquel lugar porque ya estaba descansando junto a Luisa en un cielo prometido.</p>
<p>Algo había cambiado en ese ir y venir de Etelvina por la costanera, ahora cada vez que pasaba por allí, aminoraba la marcha, lo hacía suavemente como quien pasa por un templo sagrado. Quizá para Etelvina lo fuese. Su pecho se llenaba de emoción al recordar aquel anciano sentado a orilla del río recordando el primer beso que lo uniría a un amor eterno, Algo que Etelvina no había tenido la dicha de conocer.</p>
<h3>Sobre la autora</h3>
<p>Beatriz del Rosario Garay nació en el Paraná Miní, en el Delta de San Fernando. Cuando se casó se mudó al continente, donde vive desde hace 42 años. Es ama de casa, jubilada, tiene tres hijos y dos nietas. Hace seis años comenzó a escribir, dice que lo hace de manera “amateur” y que como le gusta leer y escribir trato de ir a todos los talleres literarios que se ofrecen.</p>
<p>Tiene una gran pasión: escribir sobre el río y sobre San Fernando. “Me encanta”, dice.</p>
<p><strong>La obra según su autora</strong></p>
<p>Amo el río. Siempre escribo sobre el río, las lanchas, la costa, las madreselvas, todo lo que sea autóctono. Debe ser por mis orígenes.</p>
<p>Me inspiré en la costanera porque mi esposo hace siete años que partió y en la última etapa, mi hijo nos llevaba en el auto a recorrer ahí, tomar el heladito. Entonces inventé toda una historia de Etelvina, del beso, de un amor eterno.</p>
<p>Creo que en todo eso hay un poquito de mi vida, de mi marido y mía, una historia de amor romántico, inspirado en el tema del río que me apasiona.</p>
<p>*El presente cuento fue preseleccionado en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
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		<title>Una ciudad, un río, una historia</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Mar 2025 11:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[ESCRITORES]]></category>
		<category><![CDATA[concurso]]></category>
		<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
		<category><![CDATA[Te cuento San Fernando]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Marta Celina Gaddi &#8220;Con los pies dentro del río como cuando eras niño&#8221; Teresa Parodi Nació acunado por los sauces llorones de la orilla justo después de que su madre]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marta Celina Gaddi</strong></p>
<blockquote><p>&#8220;Con los pies dentro del río<br />
como cuando eras niño&#8221;<br />
Teresa Parodi</p></blockquote>
<p>Nació acunado por los sauces llorones de la orilla justo después de que su madre lavara en el río la ropa tan gastada de juntar fruta. Y respiró barro, agua dulce, ciruelas, naranjas. Así, arropado por sus jóvenes manos ajadas de trenzar mimbre y por el viento que movía las cañas, así, entró a la vida.</p>
<p>Su abuelo había llegado como tantos en un barco desbordado de jornaleros con la piel curtida de los campos de Italia. Y buscó sustento en las islas agrestes y abundantes cultivando manzanas, peras, membrillos, mandarinas, limones. Una vida desmalezando, hachando y abriendo caminos en el monte enmarañado.</p>
<p>La infancia fue una aventura de pies descalzos, de árboles domados, de canoa y pleno sol. Pero la felicidad inundaba fresca como la marea cuando llegaba la hora de pescar. Buscar su cañita de boya roja, su latita oxidada con las lombrices atrapadas y el balde de la ropa que llenaba con agua para guardar el botín. A los seis años ya era pescador, se paraba en el precario muelle bien a la vista para que de la lancha almacenera lo vieran, lo saludaran y supieran quién era. Las mojarritas y los bagres saltaban en el agua marrón buscando escapar y él los miraba orgulloso sabiendo que volverían al río en unos minutos. Todavía no podía ir por otros peces, esos que mamá cocinaba y se atrapaban con las cañas que usaban los grandes. Ya tendría algún día la cajita de pescar con muchos anzuelos, plomaditas y tanzas para preparar las líneas, una caña con reel y hasta un bichero para la pesca mayor.</p>
<p>Las siestas eran la zona del tiempo liberada para escalar higueras generosas o durazneros abarrotados de fruta dulce, carnosa. O para perseguir cuises en el monte que exploraba sólo unos metros por miedo a los bichos grandes. O para subirse a la pila más alta de madera cortada para clavar la vista lejos para ver pasar las chatas atiborradas de palotes enfilados. Fue el tiempo de ser amigo de los pájaros, zorzales y cardenales que sobrevolaban su pelo enrulado, despeinado, libre. Infancia de perfumes isleños, de pies húmedos de barro, de presente infinito.</p>
<p>No hubo adolescencia, un día mamá murió. Demasiado pronto. Unos cuantos empujones de realidad y tuvo que abandonar al niño, saltar a la tierra firme a una nueva vida sin espineles, sin remos, sin soles destellando en el agua. Cambió el polvo apisonado por el cemento urbano.</p>
<p>Bajó de la lanchita islera que lo llevó hasta la terminal. Subió al primer tren que vio intentando comprender el nuevo mundo que caminaba. Atardecía. Llegó a San Fernando donde lo esperaban para un trabajo en uno de los aserraderos del lugar. Frente a las escaleras de la estación, bajó la cabeza, cerró los ojos, respiró todo el aire que pudo y levantó la vista como si estuviera naciendo otra vez. Entonces, la vio. Vio su cuerpo joven y su cabello suelto, vio el rostro que sonreía porque sí, vio una pollera que se mecía como sus sauces. Siguió su paso con la mirada hasta que ella ya no estuvo a su alcance. Sintió que esa ciudad ajena se había vuelto bella de golpe. Estuvo inmóvil unos segundos, parado en el último escalón, con su bolsito lleno de temores y penas al hombro.</p>
<p>Sus diecisiete años comenzaron a caminar las calles sin brújula, cruzó la plaza principal, se detuvo frente a la Iglesia que era más alta que sus álamos y llegó a una pensión. No era su lugar, todo era distinto, sin embargo, sentía en el aire aromas cercanos, alguna ráfaga le traía el olor de los azares o un zorzal despertaba el día con su canto, a veces creía percibir el olor espeso del barro.</p>
<p>La primera tarde que tuvo libre su caminata lo llevó otra vez hasta el río. Descendió por Del Arca unas cuadras con paso agitado por la emoción de lo que vendría. El río otra vez, su río, igual pero distinto, con los camalotes en flor atracados en la costa y los pescadores alineados con sus aparejos. Pensó que se compraría una caña de esas grandes cuando cobrara su primer sueldo.</p>
<p>Cortando y apilando maderas, yendo a pescar cada día a la salida del aserradero, vivió los siguientes años en esa ciudad que ya había dejado de ser extraña.</p>
<p>Un sábado de verano por la mañana la volvió a ver cuándo vagaba por la calle Constitución mirando sin atención las vidrieras. Era ella. La mitad de su cuerpo se destacaba detrás del mostrador de una mercería. No supo explicarse qué lo empujó a entrar y preguntarle su nombre. Ella le respondió&#8230;</p>
<p>Levantaron un hogar modesto, tuvieron tres hijos que ella llevaba todos los días a la hora de la siesta a la plaza de los juegos, la de la calesita, y que los domingos tenían listas sus cañitas con boyas redondas que papá encarnaba para pasar la tarde en algún arroyito. Los veía divertirse, competir por quién pescaba más, hundir los pies en el arenal, en esos momentos sentía que su niño de ayer le guiñaba un ojo. Era algo que llamaban felicidad: trabajar mucho poniendo el cuerpo largas horas, llegar tarde a casa donde estaba ella esperando para recalentar la comida, ver crecer a sus niños sanos, ir a pescar de vez en cuando.</p>
<p>Disfrutaba de la vista desde la costanera, él allí, en la ciudad que lo adoptó, mirando la isla que lo engendró. Y entre ellas, el río Luján como frontera, como bálsamo, como confesor de esas tristezas que no decía en voz alta.</p>
<p>No pudo hacer nada, un día ella también murió. Lo dejó huérfano otra vez, ya hombre, pero hombre joven, lleno de vida, lleno de amor. Pronto se fue. Volvió a recorrer su ciudad y su barrio, pero ya sin mirar, sin levantar la vista casi.<br />
Inexorablemente los años hicieron su trabajo. Él, una sombra taciturna que respiraba. Sin embargo, siempre estaba el agua marrón, el olor a barro, los anzuelos, las plomadas y los peces. Hizo de la orilla agreste en esas épocas, su refugio.</p>
<p>Y un día de tantos sintió que la tanza tiraba con fuerza intermitente, alzó la cabeza y comenzó a enrollar. Alcanzó a ver un pequeño dorado que saltaba y se desenganchaba del aparejo, alcanzó a ver el río, los sauces, el juncal. Nada más.</p>
<p>El pescador regresó a descansar al río, sus hijos lo llevaron una mañana del sol y frío. Duerme eterno entre su isla y su ciudad.</p>
<h3>Sobre la autora</h3>
<p>Marta Celina Gaddi, tiene 57 años, es profesora de Literatura, le apasiona escribir. Vivió en San Fernando, ahora reside en Victoria.</p>
<p>“Me gusta mucho leer y escribir”, dice.</p>
<p>“Me inspiró la idea (el concurso Te cuento San Fernando) y contar un poco la historia de que tiene que ver con nuestra familia, con nuestros orígenes. Básicamente es la historia de mi papá”, afirma.</p>
<p><strong>La obra según su autora</strong></p>
<p>La historia tiene mucho que ver con San Fernando y los orígenes en la isla, los inmigrantes que llegaron, como tuvieron que sobrevivir en ese ámbito inhóspito, en ese momento y cómo fue viendo también el personaje, cómo fue cambiando la ciudad junto con él (su padre).</p>
<p>El relato lo pensé como un homenaje a mi papá.</p>
<p>Yo diría que mi papá fue un hombre anónimo, como la mayoría de nosotros, que nos hizo, a sus tres hijos, querer este lugar tanto el río como la ciudad. Lugar de donde nunca se fue y de la que nunca nos fuimos sus hijos. No fue nadie especialmente conocido, simplemente un laburante y un tipo que amaba su terruño, su lugar.</p>
<p>Son esas personas las que han hecho este lugar: los anónimos.</p>
<p>*El presente cuento fue preseleccionado en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
<p>Foto: Pablo Bethular</p>
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		<title>Victoria</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Mar 2025 11:00:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[concurso]]></category>
		<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
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		<description><![CDATA[Por Belén Elizabeth Borsani La última vez que me viste usaba la camiseta de Tigre del 67’. Me la regalaste a los catorce años. Dijiste que Fortunato se la había regalado]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Belén Elizabeth Borsani</strong></p>
<p>La última vez que me viste usaba la camiseta de Tigre del 67’. Me la regalaste a los catorce años. Dijiste que Fortunato se la había regalado al abuelo años después del ascenso.</p>
<p>Los veranos en la cancha eran calurosos. Mamá siempre me llenaba de protector solar. “Dormir en percha por un partido no vale la pena. Si te vas a quemar así, que sea en la lancha”. Siempre dijiste que ella no entendía. “Es de Boca tu vieja. No entiende a Tigre, no nos entiende a nosotros”. Mamá no iba a la bombonera, decía que no tenía ganas, que había mucho ruido.</p>
<p>Empezaste a llevarme al colegio cuando te echaron de la fábrica. Mamá decía que era bueno, que así salías de casa y te despejabas un poco. Cuando estabas solo se te daba por cambiar los muebles de lugar, tirar cosas o pintar las paredes de colores. Una vez, en vez de ir para el lado de la escuela, nos subimos al colectivo para el lado de Victoria. El de la puerta nos dejó entrar con la mochila del colegio. En el entretiempo escribiste una nota en mi cuaderno para avisarle a la directora que había faltado porque estaba enfermo.</p>
<p>En el verano del 2009 le pusimos mosquiteros a las ventanas de la casa. Decías que los mosquitos ya eran aviones y que así no se podía dormir. Vos querías llevarlos en un solo viaje. Mamá dijo que en uno no iban a entrar. Se nos cayeron dos al río y tuviste que tirarte a buscarlos. “Cuando tenés razón, tenés razón”, le dijiste. Chorreabas agua cuando llegamos a casa y recién ahí mamá se rió un poco. Dijo que no tenías arreglo. Creo que siempre estuve un poco de acuerdo con ella.</p>
<p>A los diez años me enseñaste a pescar con cebo. Mamá sacó un montón, vos no tantos. Yo descubrí que la pesca no era lo mío, pero me gustaba salir con la lancha temprano e ir al muelle de los abuelos con nuestra canasta de picnic y una pelota de fútbol. Desde entonces, fuimos a pescar una vez al mes sí o sí. Mamá dijo que podía ser nuestra tradición. Me gustaba cómo sonaba.</p>
<p>Un día mamá dijo que necesitábamos más historias de continente y nos fuimos a pasear sin lancha. Yo quería entrar al Bingo y me dijiste que no me apurara, que faltaban años para eso. Mamá dijo que a vos te faltaban años también para eso. Vos te reíste. Yo no entendí el chiste.</p>
<p>Visitamos la parroquia Nuestra Señora de Aránzazu y mamá dijo que no podía entrar a la capilla con la camiseta, que era una falta de respeto. “A la virgencita le vendrían bien alegrías como las de Tigre”. Ella no se rió. Yo te dije que quizás la virgencita era de Boca, como mamá.</p>
<p>Un invierno, mientras ayudaba a mamá a ordenar unas cajas y vos estabas trabajando, encontré el carnet de socia de mamá. Dijo que lo tenía desde que te había conocido, pero que nunca te acompañó a la cancha. “Él sabía que yo era de Boca. Me hice socia para acompañarlo, pero él quería que me hiciera de Tigre. No iba a darle el gusto. Nunca le dije que lo tengo, pero todavía pago todos los meses”. Nunca dejó de pagarlo, jamás llegaste a enterarte. En el fondo, le simpatizaba Tigre porque le gustabas vos.</p>
<p>Entramos al Palacio Sans Souci. Yo te pregunté por qué no teníamos una casa tan grande. Dijiste que en la isla no se necesita tanto, que para qué tanto chiche, tanta ventana, tanto piso lindo. “Con una casa así, no podríamos ir a pescar, nos la pasaríamos limpiando. Con esas ventanas no se puede ni hacer un pase adentro, ni en el patio, ni en ningún lado por las dudas”. Mamá dijo que igual no podíamos hacer pases adentro, vos no dijiste nada más. Mamá nos escondió la pelota apenas volvimos.</p>
<p>En nuestra última foto tengo la camiseta de Fortunato y vos la del 95’. Estamos en Coelho con las cañas. Mamá no tiene ninguna camiseta. Está abrazada a los dos y tiene los anteojos en la cabeza. Volvimos a casa ese día con las manos vacías. Dejamos las cañas en la lancha. Las bajaste al día siguiente antes de irte a trabajar.</p>
<p>El 10 de noviembre del 22’ nos llamaron del hospital. Ya era tarde. Mamá dijo que era raro que no hubieras vuelto. No lloró hasta que los abuelos llegaron al hospital y el abuelo me pidió que lo acompañe. Yo todavía tenía puesta nuestra camiseta.</p>
<p>El 16 de noviembre murió Fortunato. Mamá sacó entradas para la cancha. Fue la primera vez de ella. Yo me subí al alambrado y colgué la remera lo más alto que pude. Nos quedamos en la T hasta que la gente se fue. Nuestra camiseta quedó en la cancha ese día. En nuestra casa. Mamá todavía dice que esa tarde te escuchó alentar a tu equipo en la popular.</p>
<p>A mí todavía me parece escucharte entre la barra cada vez que vuelvo a casa.</p>
<h3>Sobre la autora</h3>
<p>Belen Elizabeth Borsani es vecina de Tigre “de toda la vida”, dice. Escritora y amante de los libros. Fotógrafa cuentista, de las que ven historias en los detalles y personajes reflejados en las nubes. “La fotografía me dio una nueva forma de contar, de describir todo aquello que con las palabras no puedo”, comenta y agrega que llegó al concurso por recomendación de su mamá “que lo vio en redes”.</p>
<p>Amante de los libros comenzó su camino en la escritura en el año 2015, en un taller literario municipal, en la biblioteca Juan José Castelli. “Entre letras, risas y amigos, llegué a la Licenciatura en Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes, carrera que disfruté y que finalicé en diciembre de 2021”, sostiene y añade que “fantasía, terror y teatro griego son mis tres grandes amores”.</p>
<p>Belen participó de ambos concursos: el de relatos breves y el de fotografía. Ambas propuestas fueron preseleccionadas por el jurado.</p>
<h3>La obra según la autora</h3>
<p>El texto refleja un poco la identidad del fútbol. Mi novio es de Tigre, desde la cuna, tiene una foto en la que es muy chiquito y está en la cancha con su abuelo. Pensé en esa foto mientras escribía el texto, en Victoria, en la cancha, en la forma que tiene el fútbol de contar la historia de tantas familias.</p>
<p>*El presente cuento fue preseleccionado en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
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		<title>Discusión territorial</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Mar 2025 11:00:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[ESCRITORES]]></category>
		<category><![CDATA[concurso]]></category>
		<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
		<category><![CDATA[Te cuento San Fernando]]></category>

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		<description><![CDATA[Por María Luisa Bordolini -¡¡¡GOOOLL…GOLAZOOOO!!! Tiemblan las tribunas del estadio del Club Tigre. Abrazados los amigos de toda una vida se ponen y se sacan las gorras de sus cabezas grises,]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por María Luisa Bordolini</strong></p>
<p>-¡¡¡GOOOLL…GOLAZOOOO!!! Tiemblan las tribunas del estadio del Club Tigre.</p>
<p>Abrazados los amigos de toda una vida se ponen y se sacan las gorras de sus cabezas grises, porque ya no están para saltar.</p>
<p>Socios vitalicios…guardan como reliquias aquellos carnecitos de cuerina marrón cuyas fotos, avejentadas, los reflejan mozos en la mejor época de su juventud. Ah…qué años aquellos.</p>
<p>¿En qué momento empezaron a amainar sus fuerzas, a reducirse sus capacidades, a aflojarse? Para descubrir, ahora, que a los que antes en la tribuna pechaban arrebatados hoy les dicen: “Cuidado abuelo, no se vaya a caer”.</p>
<p>Pero la hinchada que los cuida sabe que la pasión no claudica con los años y festejan juntos a gritos vociferados:</p>
<p>-¡¡¡Tigre campeón!!! Tigre campeón!!! en un aullido ensordecedor.</p>
<p>-¡Cuánta felicidad!</p>
<p>Doña Cora había mirado el partido en la tele y juntando sus manos como para rezar se dijo: “menos mal”. Es que es sabido que después del partido vendrán para su casa. Y una cosa es cuando Tigre gana y otra muy distinta cuando pierde.</p>
<p>Pone el mantelito en la mesa chica, los vasos y queda esperando. Al rato llegan los amigos radiantes, aunque ella conoce de memoria el recorrido que están por iniciar y que terminará agotándola. Pero al menos con Tigre campeón llegará más tarde el fatal desenlace que tanto la incómoda.</p>
<p>Ya sentados a la mesita, dándole a la picada y a la cerveza, surgen los primeros comentarios sobre el partido: “que el árbitro, que sus fallos (acertados o no), que los jugadores (los propios o los contrarios), que la tribuna…” y con los efectos de la bebida el tono sube, se va tensando y empiezan a aparecer las puteadas.</p>
<p>Doña Cora comprende que está por empezar la irresoluble disputa con que terminan habitualmente estos encuentros. Se levanta, va hasta el patio a tomar un poco de aire, hasta que siente que llegan los griteríos.</p>
<p>-¡Otra vez se armó la gresca!&#8230;ya lo decía yo. Siempre lo mismo.</p>
<p>-Y a ver decime: ¿Por qué el Club Atlético Tigre está en San Fernando?</p>
<p>-Nooo… ¿otra vez con el temita de Tigre/San Fernando? Me tenés podrido, lo discutimos un millón de veces y vos dale que dale…cortala de una buena vez.</p>
<p>-¡No la corto nada!</p>
<p>-Vos porque sos de Milberg y tenés la sangre en el ojo, pero eso ya es prehistoria.</p>
<p>-Prehistoria las pelotas: si no hubiera sido por José Dellagiovanna el Club no existiría. ¿Cómo se llama el estadio?</p>
<p>-José Dellagiovanna.</p>
<p>-Y ahí la tenés. Y ¿dónde se fundó el Club?</p>
<p>-En Rincón de Milberg…1912…el siglo recontrapasado.</p>
<p>-¡Eso se llama historia! O sea que el Club Atlético Tigre pertenecía al Partido de Tigre.</p>
<p>-Pertenecía, decís muy bien, porque les llegó el desalojo, las calles eran de tierra y el Reconquista tenía esas crecidas que convertían al barrio en un lodazal intransitable. Muchas veces tuvieron que jugar en canchas mejor ubicadas porque estaba todo inundado. ¿Y? ¿Cómo apodaban al estadio de Milberg?</p>
<p>-El lechero ahogado. ¡Pero esas son puras mentiras! Nadie comprobó que el repartidor de leche que comerciaba en la cancha se hubiera ahogado en un día de lluvia.</p>
<p>-Ahogado o no, ya pasaron más de 100 años y el Club ahora está en Victoria, ¿de cuál partido? de San Fernando y tiene tribunas de cemento, capacidad para casi 30.000 espectadores. ¿Y dónde queda? sobre Avenida Perón esquina Guido Spano, V-I-C-T-O-R-I-A, o sea San Fernando y José Dellagiovanna murió antes de trasladarse el Club. Él fue el pionero, jugó de half izquierdo, fue presidente, tesorero, buen administrador y el más grande afiliador de socios, por eso es merecido que le pusieran su nombre al estadio. Pero…¡ya pasó! ¡ya pasó! Y el estadio ahora se apoda el Coliseo de Victoria.</p>
<p>Cada vez más afectados por la cerveza su capacidad discursiva va menguando y guardan silencio por un buen rato.</p>
<p>Por fin, con la poca fuerza que le resta, el que inició la discusión comenta cabizbajo:</p>
<p>-Está bien, no peleemos más, toda una vida de hermandad no debe malograrse. Total, yo siempre llevo las de perder</p>
<p>-¡Venga un abrazo, amigazo!</p>
<p>-¡VIVA TIGRE…CARAJO!!!</p>
<p>Y como pueden, medio zigzagueantes, se acompañan abrazados hasta la puerta de salida donde hay un auto esperando al invitado.</p>
<p>Doña Cora entra a la casa y se pone a recoger los vasos, los platillos de la picada y las botellas, mientras escucha la ruidosa despedida que viene desde afuera:</p>
<p>-¡VIVA TIGRE! ¡TIGRE CAMPEON!</p>
<p>Al rato siente los pasos cansados de su marido que se dirige al dormitorio. Nuevamente junta sus manos y repite: “menos mal”.</p>
<h3>Sobre la autora</h3>
<p>María Luisa Bordolini tiene 76 años, es docente jubilada y ha realizado talleres literarios a lo largo de su vida: “Mientras trabajaba menos pero cuando me jubilé sí en forma más constante”, dice.</p>
<p>Se crió en Olivos y en la actualidad vive en Don Torcuato, partido de Tigre.</p>
<p>Su padre y su familia eran de Victoria. “Era la familia a la que nosotros visitábamos más porque mi mamá no tenía familia porque habían fallecido todos”, dice y recuerda que eran de la zona de “las cuatro barreras, lo que ahora es un túnel”.</p>
<p>Victoria es el lugar de encuentro con su familia. “Los esposos de mis tías fueron ferroviarios en los talleres de Victoria”, dice y agrega recuerdos: “Mi hijo aprendió a andar en triciclo en la estación de Victoria”.</p>
<p>Su obra ‘Discusión territorial’ fue preseleccionada por el jurado.</p>
<h3>La obra según su autora</h3>
<p>La familia de mi papá eran del Club Atlético Tigre y por lo que yo estuve averiguando mi viejo, que nació en el año 1911, estaba en plena época de seguir el fútbol cuando Tigre pasó su sede a Victoria (1935).</p>
<p>Si bien mi viejo era de Boca, siempre su club del corazón fue Tigre.</p>
<p>A mí me llamaba la atención porque el club de Tigre estaba en San Fernando. Nunca se me ocurrió averiguar hasta que surgió el tema del concurso de San Fernando Nuestro y entonces me puse a googlear (buscar en internet). Además, mi hija estuvo casada con un fanático de Tigre. Entonces yo le consultaba cosas a mi nieto, que ahora tiene 20 años, porque yo no entiendo tanto de fútbol.</p>
<p>Me interesó la historia entonces por eso escribí algo que me parecía característico de San Fernando que es la cancha de Tigre.</p>
<p>*El presente cuento fue preseleccionado en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
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		<title>Crónica de una persecución</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Feb 2025 11:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[ESCRITORES]]></category>
		<category><![CDATA[concurso]]></category>
		<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
		<category><![CDATA[Te cuento San Fernando]]></category>

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		<description><![CDATA[Por José Luis Medan En una mañana triste y húmeda de invierno, en un descampado del otro lado del Riachuelo, se repetía una vez más el oscuro ritual de una pira]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por José Luis Medan</strong></p>
<p>En una mañana triste y húmeda de invierno, en un descampado del otro lado del Riachuelo, se repetía una vez más el oscuro ritual de una pira funeraria. Aquel 26 de julio de 1980 la dictadura quemaba un millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina, en un acto público ordenado por un juzgado de La Plata. Era un acto más para infundir miedo, mucho más leve que otros, pero de amplia difusión.</p>
<p>Los protagonistas habían nacido hacía años en distintas latitudes, de la mano de distintos padres, y fueron reunidos por la editorial cuyos lemas eran: “Más libros para más”. “Un libro por el precio de un kilo de pan”. Hechos para soñar, viajar, crear nuevos pensamientos, o nivelar la pata de una mesa, ahora estaban en el trance de sobrevivir. Una empleada de la editorial que estuvo presente evoca, los libros no se acababan de quemar porque había cosas húmedas.</p>
<p>La dictadura militar había contratado a una organización dedicada a la quema de libros del hemisferio norte. A la Argentina llegó encubierta en la novela “Faherenheit 451” con los bomberos quemadores de libros comandados por Guy Montag.</p>
<p>Entre los presentes se encontraba don Adolfo Salvatierra, vestía un sobretodo con solapas levantadas y barba de varios días. Vivía en una vieja casona de San Fernando Arriba. Desde hacía unos diez años su única tarea y obsesión, era juntar libros y esconderlos, convencido de que estaba presenciando algo que se seguiría repitiendo en la vida de los pueblos. Cuando los milicos abandonaron la escena recogió cinco, disimuladamente, con sus tapas chamuscadas.<br />
Adolfo llevo a estos cinco libros, hermanados en la temática y la desgracia, hasta su honorable residencia. Donde los cobijó, reparó y ocultó bajo una encuadernación marrón con letras doradas que rezan “El Cuento, antología y crítica literaria” pero ninguno con sus tapas originales.</p>
<p>A la muerte de su protector, sintiéndose perseguidos y despreciados fueron abandonados un 25 de agosto del 2015 en una escondida Biblioteca Popular en algún lugar de San Fernando. Ahí se sentían seguros y amparados por una colección mayor del Centro Editor. Pero quince días después de su llegada aparecieron dos ejemplares de “Fahrenheit 451 “de Ray Bradbury con sus bomberos quemadores de libros. Los Guy Montag, continuaban con la tarea encomendada hace cuarenta y cuatro años&#8230;</p>
<p>En estos últimos nueve años se pudo comprobar que desaparecieron un ejemplar de “Fahrenheit 451” junto con su bombero-quema libros. “El cuento argentino” de Beatriz Sarlo, colaboradora del centro Editor de América Latina en la década del setenta; fueron vistos por última vez el 14 de junio de 2022.</p>
<p>Hasta el día de hoy sigue el acoso y persecución entre los estantes húmedos y los lectores infinitos de la Biblioteca Popular Rómulo S. Naón, de Victoria.</p>
<p>&#8212;-</p>
<p>Este texto se escribió luego de consultar el catálogo y los registros de la Biblioteca Popular Rómulo S. Naón, que proporcionó los datos en los que se basa la historia. Otras fuentes utilizadas fueron las siguientes:</p>
<p>&#8211; Lorenzón C. (6 de abril 2023). Dos muestras resinifican la quema de más de un millón de libros durante la dictadura militar. Infobae<span style="color: #0000ff;"> <a style="color: #0000ff;" href="https://www.infobae.com/cultura/2023/04/06/dos-muestras-resignifican-la-quema-de-mas-de-un-millon-de-libros-durante-la-dictadura/#:~:text=La%20quema%20de%20un%20mill%C3%B3n,violencia%2C%20el%20despojo%20y%20la" target="_blank">https://www.infobae.com/cultura/2023/04/06/dos-muestras-resignifican-la-quema-de-mas-de-un-millon-de-libros-durante-la-dictadura/#:~:text=La%20quema%20de%20un%20mill%C3%B3n,violencia%2C%20el%20despojo%20y%20la</a></span></p>
<p>&#8211; Ávila A. (1julio 2017). Los libros del Centro Editor: La memoria que arde. Agencia Paco Urondo. <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/los-libros-del-centro-editor-la-memoria-que-arde" target="_blank">https://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/los-libros-del-centro-editor-la-memoria-que-arde</a></span></p>
<p>-Bradbury R. (1970). Fahrenheit 451. Ediciones Minotauro.</p>
<p>-Maunás D. (1995). Boris Spivacow, Memoria de un sueño argentino. Ediciones Coihué.</p>
<p>-Boris Spivacow, Memoria de un sueño argentino de Delia Maunas. Editorial Coihué.</p>
<h3>Sobre el autor</h3>
<p>José Luis Medan tiene 76 años, es del barrio de Victoria, cerca de lo que se conocía como ‘las cuatro barreras’ (donde desde hace varios años hay un túnel). Cursó sus estudios primarios en la Escuela N° 9 y la secundaria en el ‘Normal de San Fernando’ como bachiller, en el turno tarde.</p>
<p>Estudió ingeniería en la Universidad de Buenos Aires. Y a partir de allí (1971) su vida comenzó a girar en torno a la Ciudad de Buenos Aires por su trabajo: La Boca, el Puerto, eran los lugares más frecuentados.</p>
<p>En el ‘75 se mudó a San Isidro y recién en el 2014 regresó a Victoria, la zona del ‘Quintón’. “Sentía que tenía una deuda moral (por su alejamiento por tantos años) por eso me acerqué a la Biblioteca Popular Rómulo Naón de Victoria”, dice y recuerda que fue allí donde aprendió a leer a fines de los ‘50, cuando la Biblioteca funcionaba sobre la calle Santamarina, y ahora ’aprendió a escribir’”.</p>
<p>“Al día de hoy la biblioteca me enseñó a escribir. Me enseñó a leer y a escribir, porque yo, por mi trabajo, mi profesión, lo que escribí fue siempre fue más científico. No tengo experiencia de escritura literaria. Me agarró a la a la vejez”, expresa.</p>
<p>Y completa: “Tengo que agradecer a la biblioteca siempre por haberme dado la libertad de de leer libremente en su momento y ahora de escribir libremente”.</p>
<p>José Luis participó del concurso de relatos breves ‘Te cuento San Fernando’ con su obra ‘Crónica de una persecución’ que ha sido preseleccionada por el jurado.</p>
<p><strong>La obra según su autor</strong></p>
<p>El vínculo con la biblioteca me impactó mucho existencialmente en lo que escribí porque allí encontré un libro sobre una historia real, tanto la noticia del cuento como la existencia del libro.</p>
<p>Los libros que menciono de la biblioteca reflejan mucho mis sentimientos hacia ella y hacia mi posición de vida.</p>
<p>*El presente cuento fue preseleccionado en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
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		<title>Chofer de San Fernando</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Feb 2025 11:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[concuros]]></category>
		<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
		<category><![CDATA[Te cuento San Fernando]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Micaela Rosales El miércoles a la mañana, Lezcano, quien acababa de entrar en su sexta década, atropelló al cachorro de una muchacha en el cruce de Blanco Encalada y]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Micaela Rosales</strong></p>
<p>El miércoles a la mañana, Lezcano, quien acababa de entrar en su sexta década, atropelló al cachorro de una muchacha en el cruce de Blanco Encalada y Gilardoni. Lo había visto desde antes, un perro viejo y pequeño, con el pelaje enredado y mezcla de razas imposibles de descifrar. Siempre saltaba al asfalto con la misma vehemencia, como si cada día su único propósito fuese desafiar alguna de las ruedas delanteras del colectivo. Ese día no fue diferente, el perro saltó el murito de su chalet y corrió a la calle, y aunque él lo vio venir, no reaccionó a tiempo. El perro acabó bajo el caucho, y al mirar por el retrovisor, Lezcano vio a la muchacha acercarse con desesperación, aunque el asco reemplazó cualquier atisbo de compasión en su pecho y allí lo dejó. Lezcano alzó la cabeza y vio cómo ella hacía un ademán que reconoció al instante, el mismo gesto que le lanzaban los pasajeros que dejaba tirados cuando estaba apurado o cuando la formación estaba abarrotada. Intentó convencerse de que no lo había hecho a propósito, por más que odiaba a ese perro y no movió ni un dedo para esquivarlo, consciente de que se le abalanzaría en cuanto se acercara a la esquina. Quizás fue un impulso inconsciente, se dijo, pero la pregunta que lo atormentaba era si habría reaccionado (o más bien) paralizado igual si se hubiera tratado de un niño.</p>
<p>Blanco Encalada <em>del otro lado</em> de las vías se angostaba y se hacía más gris. Los árboles desaparecían y las primeras caras conocidas empezaban a asomar. Pedro, un viejo conocido de los choferes, estaría trabajando con alguna de las chatarras que obstruían la vereda. Pedro solía levantar la vista y saludar a cada colectivo que pasara, sin importar el ramal o el conductor, pero esa mañana no lo hizo. Lezcano notó la ausencia del gesto, se le hizo extraño. Claro que había días en que Pedro, absorto en sus cosas, no percibía ni los bocinazos ni los insultos de los conductores que esquivaban su inmovilidad en medio de la calle. Ese miércoles, después de atropellar al perro, la omisión del saludo lo inquietó. ¿Lo habría visto? Poco probable, pensó. El accidente ocurrió antes de cruzar las vías, antes incluso de dar la vuelta completa a la esquina. ¿Se vería desde tan lejos el colectivo? Lezcano no lo sabía; la mayoría del tiempo él estaba arriba, viendo subir a los albañiles, las docentes, los comerciantes, los estudiantes… No solía tener la perspectiva del que observa desde abajo. Quizás era solo una coincidencia, quizás Pedro estaba demasiado ocupado. Sintió alivio al saber que pronto dejaría Blanco Encalada para llegar a la avenida. Todo lo raro pasa en Blanco Encalada, pensó, como si la calle, con su atmósfera gris invitara a lo atípico.</p>
<p>Avellaneda le evocaba nostalgia. Recordó los paseos por el boulevard ancho de la mano de su abuelo, con pantalones acampanados y las patillas tapándole las orejas. De niño, imaginaba trenes suspendidos en el cielo, perros y gatos parlanchines y árboles tan altos con las copas tocando las nubes. Lo que nunca se imaginó fue que esos colectivos redondeados y fileteados se convertirían en las máquinas que él ahora timoneaba en soledad. Tampoco imaginó que Maipú, esa callecita de tierra que se inundaba y que todavía no había sido bautizada de esa manera, deveniría en una arteria crucial para su trabajo. La noche anterior soñó con Avellaneda, pero en su sueño el boulevard era angosto, con palmeras flacas en el centro. Se soñó caminando desde la treinta hasta la estación, dibujando de memoria cada casa, cada negocio, el hospital, la plazoleta de los excombatientes, las mil heladerías, las librerías de filas interminables… La avenida parecía un refugio, una especie de frontera donde lo macabro no tenía cabida. Cada vez que entraba en su amplio trazado, sentía que el peso de lo ominoso se quedaba relegado al otro lado del barrio. Pero esa ilusión se fundía con el eco sordo del caucho aplastando carne y hueso, ese recuerdo inmediato que dejaba de estar latente.</p>
<p>Cuando le dijeron que el recorrido incluiría Maipú, le pareció una locura. Les habló a sus compañeros y a sus superiores sobre las estrecheces de esas calles, las residencias improvisadas, los peatones que deambulaban fuera de las veredas, las jaurías que cazaban palomas y, de vez en cuando, se abalanzaban sobre algún tobillo para calmar el hambre. Les habló de las piedras y las grietas en el pavimento que hacían vibrar el chasis hasta dolerle las muñecas. Nadie le hizo caso. Hay que adaptarse, le decían. No le llevó mucho tiempo. El trayecto, antes tortuoso, se volvió automático, un descanso de las tensiones acumuladas. Los peatones, conscientes del colectivo, le daban el espacio justo para maniobrar, y las residencias improvisadas, con sus muros y sillas esparcidas, ya no eran un obstáculo, sino parte del paisaje. Incluso las jaurías parecían haberse replegado, más preocupadas porque no turben sus siestas. Sin embargo, esa mañana, después del incidente con el perro, ni siquiera allí se sentía tranquilo. La omisión del saludo de Pedro lo alteró más de lo que estaba dispuesto a admitir. Apenas giró en Maipú, la idea de haber atropellado deliberadamente al perro lo invadió una vez más, temió por los niños que jugaban a la pelota todas las mañanas en la esquina del polideportivo. La imagen lo inquietó tanto que cuando vio a uno de esos niños, el de los dientes torcidos, debajo de la misma rueda que había destrozado al perro minutos antes, tuvo que aguantar las arcadas. Esta vez, el cuerpito quedaba atascado, dejando a cada metro un rastro rojizo y visceral en el asfalto.</p>
<p>En Constitución se despojó de todo pensamiento intrusivo. El niño ya no estaba bajo la rueda, sino en el último asiento, al lado de su madre que ojeaba constantemente la hora. En ese tramo Lezcano dejó atrás lo sucedido en su primer viaje del día. No tanto por alguna característica particular de aquellas calles rosas, que después de todo eran donde vivía y poco tenían de asombro, sino por la repentina conversión de ese intervalo en uno peatonal. Necesitaba pensar rápido cómo reorientar el recorrido para finalizarlo de una vez y volverlo a empezar.</p>
<h3>Sobre la autora</h3>
<p>Micaela Rosales. Tiene 30 años, es sanfernandina, del barrio Fate. Desde hace casi dos años vive en Villa Urquiza (CABA) con su pareja. Es licenciada en Comunicación Social de la UBA, docente en el nivel secundario. Brinda clases en una secundaria en Munro y otra en Villa Adelina. Además, en San Fernando da clases en el Programa FinES en una materia que se llama Comunicación y Medios.</p>
<p>“En esa materia, que ya va a ser el tercer año que la doy, a fin de año hacemos siempre un proyecto de comunicación popular donde los estudiantes, jóvenes y adultos, hacen entrevistas, escriben noticias, crónicas, sobre algún hecho de su comunidad o de su barrio. Trabajando con con este proyecto, a partir de esta experiencia, fue que empecé a acercarme a los medios locales entre ellos, San Fernando Nuestro”, dice y agrega: “Empezamos a incorporar este medio en las clases para que conectaran más con esas historias, esas noticias de los lugares que ellos transitaban, que eran más cercanos a ellos, que ellos conocían. Siguiendo a San Fernando Nuestro en las redes fue que me enteré de la convocatoria y decidí participar”.</p>
<p>“Siempre me gustó leer”, comenta mientras repasa sus estudios primarios en el Normal de San Fernando “donde tuve docentes que incentivaban muchísimo a la lectura” y la secundaria en el Nacional de San Isidro donde comenzó a acercarse a la escritura de la mano de la materia Producción Literaria.</p>
<p>“Fue en la secundaria que le empecé a agarrar el gusto. Desde ahí que sigo escribiendo esporádicamente, aunque siempre que tengo la oportunidad de presentar algún escrito, algún relato, trato de hacerlo”, reconoce.</p>
<p>En el 2019 recibió su primera mención en un concurso sobre narrativa erótica en el que participó. En el concurso de relatos breves Te cuento San Fernando recibió una mención con su obra Chofer de San Fernando.</p>
<p><strong>La obra según su autora</strong></p>
<p>Lo que me inspiró para este relato específico, y quizás inconscientemente, es la historia de mi papá que fue colectivero de la línea 314. Ahora ya está jubilado pero siempre tiene mil historias sobre recorridos, pasajeros, la situación de trabajar en la calle que te hace tener mil historias. Y, por otro lado, me gustaba la idea de contar San Fernando desde un lugar tan rutinario y cotidiano como puede ser el colectivo que es algo tan vivenciado por los vecinos que bueno en algún punto llega casi a hacer un microcosmos de la vida cotidiana. Contar la ciudad, el barrio, desde ahí, desde ese lugar.</p>
<p>*El presente cuento obtuvo mención en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
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		<title>Un bombero para Margot</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Feb 2025 11:30:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Sabrina Garcia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[ESCRITORES]]></category>
		<category><![CDATA[concurso de relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[María Florencia Iñiguez]]></category>
		<category><![CDATA[San Fernando Nuestro]]></category>
		<category><![CDATA[Te cuento San Fernando]]></category>

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		<description><![CDATA[Por María Florencia Iñiguez Cuando mi marido por fin se fue y me quede libre pero sola, la casa se sintió vacía, las habitaciones enormes y desiertas y las noches]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por María Florencia Iñiguez</strong></p>
<p>Cuando mi marido por fin se fue y me quede libre pero sola, la casa se sintió vacía, las habitaciones enormes y desiertas y las noches eternas y silenciosas. Mi corazón quedó con un dolor latente que cabalga sobre sus frágiles latidos. Mi rutina era lamentarme y preguntarme por qué no había podido ser feliz. Entre angustia y desconsuelo giraba mi vida. Hasta que un día una vecina me sugirió ir con ella a un centro de jubilados llamado Guardia Vieja. No estaba muy convencida, pero acepte ir en esa tarde de lluvia.</p>
<p>El club era confortable y se sentía cálido. Allí encontré a mi mejor amiga Doña Consuelito que con sus juveniles ochenta y nueve años derrochaba alegría. Hacíamos muchas actividades como leer, tejer, mirar películas y los sábados de baile. Mi rutina había cambiado y mi corazón volvería a sentir el mismo amor que sintió a los veinticinco.</p>
<p>Me presento. Me llamo Margot Ledezma o Fueguito como me decía mi padre porque de pequeña era un cortocircuito con patas por mis múltiples travesuras que en cualquier momento desataban un incendio.</p>
<p>Y así pasaron los años y la pequeña Margot apagó su carácter rebelde para convertirlo en sumiso y dependiente sometido por un amor machista y controlador. Me casé a los dieciocho años y me mudé a una casa moderna en el centro de San Fernando, con el anhelo de ser feliz. Pero cuando te casas por capricho y no por amor las cosas no salen bien, y ese matrimonio se convirtió en un infierno lleno de golpes, gritos y humillaciones pues el ansiado bebe no llegaba.</p>
<p>Yo sufría en silencio al ver que mis primas ya iban por su tercer hijo y yo no podía ni embarazarme del primero. Creía que estaba fallada, que era un castigo de la vida por mis travesuras de niña o que mi esposo tenía un problema de fertilidad y yo no lo sabía. Y así por varios años viví entre la culpa y el castigo por no poder ser madre. Hasta que un día la mentira cayó por su propio peso. Aún recuerdo ese fatídico día, mi esposo estaba mirando el boxeo con su amigo en el living de mi casa, cuando escucho la declaración que hizo trizas mi vida. Aquel hombre que me golpeaba, gritaba y humillaba por no poder embarazarme, era estéril a causa de una enfermedad que tuvo de niño.</p>
<p>Recuerdo gritarle, maldecirlo y decirle que me marcharía de la casa. También recuerdo su cara desencajada, sus ojos llenos de furia y sus hirientes palabras diciéndome que me vaya, que una mujer sola no llega muy lejos y que sería una loca más que se queda sin marido.</p>
<p>Lejos de amedrentarme salí corriendo y me fui de la casa sin más posesión que la ropa que llevaba puesta. Fui caminando hasta Coelho y de allí bajé hacia el rio, quería suicidarme, acabar con todo, dejar atrás esa mentira. Unos pescadores me vieron y llamaron a la policía. Junto con ellos llegarían los bomberos.</p>
<p>Esperanzo Zubeldía fue aquel valiente bombero de gentiles ojos azules que cumpliendo con su deber me había salvado la vida.</p>
<p>Decidí no volver a la casa y me mudé a una pensión a metros del Canal. Pensión en la que también vivía ese bombero que días atrás había conocido. Decir como empezamos a salir sencillamente no lo sé, pero al cabo de un mes yo ya vivía con aquel hombre que se convertiría en el bombero de mi vida. Fue el tiempo de una felicidad absoluta, pero que se terminaría por las presiones constantes de sus padres y de los míos, pues yo no dejaba de ser una mujer casada, que avergonzaba a la familia.</p>
<p>Fui obligada a volver con mi marido. Y así pasaron los años viviendo en un matrimonio rutinario y aburrido, pero gracias a otra mujer un día terminaría. Pasaron un par de años más, hasta que llegué a ese centro de jubilados.</p>
<p>Y así fue que un sábado cualquiera bailando con doña Consuelito vi entrar por esa puerta a mi amado Esperanzo, que al ingresar me miró fijamente con esos mismos ojos gentiles en los que me refleje hace casi cuarenta años atrás.</p>
<p>Doña Consuelito me miró y me dijo:</p>
<p>&#8211; Margot querida, ese hombre que acaba de entrar que sonríe y viene hacia acá, se llama Esperanzo Zubeldía, es un bombero retirado, viudo y al igual que vos no tuvo la dicha de tener hijos. Tienen historias similares. Así que te lo quería presentar.</p>
<h3>Sobre la autora</h3>
<p>María Florencia Iñiguez, tiene 40 años, vive en San Fernando.</p>
<p>“Toda mi vida viví acá, primero cerca de Las Tropas, con mi mamá, y hace tres años que vivo en esta zona. No me voy más de San Fernando, soy muy de San Fernando y no me imagino viviendo en otro lugar. Es mi lugar en el mundo y no me imagino viviendo en otra localidad”, dice.</p>
<p>Y agrega: “Escribo desde que era adolescente, como pasatiempo y un día participé en el colegio. Fui al Artigas. Siempre tuve como un miedo, a que se conozca lo que escribo, el qué dirán, qué van a opinar. Por eso durante todos estos años tuve etapas donde escribía y donde no escribía. Hace tres años me mudé a vivir sola, empecé a escribir un poco más y participé, en pandemia, en un concurso que había de relatos”.</p>
<p>“Estoy estudiando coach ontológico profesional, tomé sesiones de coaching y pude como desbloquear ese miedo que yo tenía de que alguien más viera lo que yo yo escribía. Entonces me anoté en los talleres de la Biblioteca Rómulo Naón, estoy en un taller de escritura creativa y en taller de poesía. Me gusta mucho escribir relatos gracias a los profes, al grupo y a la biblioteca que me ayudaron muchísimo”, completa.</p>
<p><strong>La obra según su autora</strong></p>
<p>Cuando vi el concurso (de San Fernando Nuestro) me animé y participé. Era como como romper ese paradigma, ese miedo.</p>
<p>Lo que me impulsó a escribir &#8216;Un bombero para Margot&#8217; básicamente es el amor. Quería darle una connotación de que la vida no es fácil, que a veces por ahí se llega a una edad en donde no se es tan jovencito, más adulta, en este caso tercera edad y que nunca tiene que perder la esperanza en el amor. No hay edad para el amor, no hay tiempo para el amor. Que quizás cuando tenías por ahí veintipico por ahí ese amor, no se pudo dar, pero que la vida te puede dar una nueva oportunidad. Creo mucho en que la vida te da revancha y que por ahí la pasaste muy mal, por ahí sufriste mucho, pero que llega un momento donde la vida te da esa felicidad que tanto te mereces.</p>
<p>También quería marcar una realidad de muchas mujeres que viven por ahí en un matrimonio o en una pareja y sufren violencia de género. Margot vivía en un matrimonio atormentado por la violencia. Después pudo conocer ese amor, ver que había una vida diferente, que no se tenía que conformar con esto y que tardó, pero el amor se hizo realidad. La vida a pesar de todo lo malo siempre nos da una revancha y nos da una oportunidad de poder ser feliz.</p>
<p>*El presente cuento obtuvo mención en el certamen &#8216;Te cuento San Fernando&#8217; que organizó San Fernando Nuestro al cumplir el décimo aniversario del medio. La obra forma parte del libro digital que recopila las obras preseleccionadas en los concursos de fotografía y relatos breves. El trabajo se puede descargar en forma gratuita desde el <span style="color: #0000ff;"><a style="color: #0000ff;" href="https://drive.google.com/file/d/1F6rMN2ZIq56r_vDasPSrTj-5gHStfRXt/view" target="_blank">siguiente link</a></span></p>
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