by Manuela Herrera | 17 abril, 2021 8:40 pm
Por Manuela Herrera
Luego de dos meses vacunando, la posta situada en la calle Constitución se mudará al Centro Universitario Municipal para seguir haciéndole frente a la pandemia.
Varias filas de sillas de plástico blancas. Se llenan de a poco. Se vacían de golpe. Unos quince minutos pasaron; la coreografía se vuelve a repetir. Normalmente las sillas de plástico no llaman la atención de nadie, pero estas relatan una historia diferente: en ellas se sientan las personas que se van a vacunar contra el Covid-19. Entonces cuentan sobre ojos nerviosos y bocas que charlan escondidas detrás de un tapabocas. Cuentan sobre caras pintadas con expectativas que a veces se nombran y otras veces no. Cuentan sobre nudos en la garganta, llamadas telefónicas ansiosas y sueños de volver a abrazar. Cuentan cuentos que emocionan.
El centro de vacunación de la Parroquia Nuestra Señora de Aránzazu está situado en el corazón de San Fernando: Constitución 960. Está abierto de lunes a lunes de 8 a 20 horas, y cumple con un objetivo puntual: vacunar contra el Covid-19 a los vecinos del distrito de acuerdo a lo establecido en el Plan de Vacunación de la Provincia de Buenos Aires.
Objetivo con gusto a compromiso y organización para cumplir con los entre doscientos y quinientos turnos que se dan por día aproximadamente. Objetivo que para realizarse se tiñe de amabilidad y cuidado hacia el otro. Objetivo que tiene mucho que ver con la palabra que más se escucha repetir entre quienes trabajan en el vacunatorio de la Parroquia de Aránzazu: esperanza. No coronavirus. No pandemia. No miedo. Esperanza.
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Valentina trabaja ahí. No tiene una función concreta definida, ayuda con todo lo que puede. Entre los gazebos blancos, con su mirada redondeada y amistosa y su paciencia en forma de sonrisa, contesta las preguntas de las múltiples personas que se acercan con alguna inquietud. Son muchas las personas. Son ansiedad y nervios, a veces. Son confusión y apuro, otras. Pero Valen y sus compañeros del vacunatorio tratan de resolver todas las dudas que se presentan. “Intentamos darles la respuesta más clara y esperanzadora posible”, asegura. Y por eso cuando habla de lo que hacen en el centro de vacunación, donde en los dos meses que llevan ya se vacunaron unas 5000 personas, usa la expresión “rayito de sol”.
En gran parte por su ubicación en pleno casco histórico de San Fernando, conviven en el vacunatorio la tensión y el enojo de quienes se acercan en busca de más información con la profunda alegría de quienes ya tienen turno para vacunarse. Diego, sanfernandino de 68 años con un enfisema pulmonar, se vacunó en Aránzazu el pasado 9 de abril. “Consultaba el Vacunate como diez veces por día para ver si me aparecía el turno y el horario, hasta que finalmente me apareció. Y la verdad que, como cada uno de los que van, fui ansioso y esperanzado. Creo que esos son los dos términos: ansioso y esperanzado”, comenta, la voz ronca, la expresión comprimida de sonreír.
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Sonreír, porque si hay algo que deja en claro el centro vacunatorio de Aránzazu es que vacunarse puede ser una fiesta. O por lo menos así lo relata Julián, otro de los trabajadores del lugar, al compartir una de las anécdotas más recientes de su larga lista: el día que una mujer a punto de vacunarse le pidió hacerlo escuchando Los Palmeras. Él puso El Bombón y la filmó mientras le daban la vacuna.
Las risas y los chistes son moneda corriente, así como las facturas que regalan los vacunados al personal en forma de agradecimiento por hacer de las carcajadas y el cuidado del otro pautas de trabajo. Ricardo, ochenta y tantos años, abuelo de varios, esposo de María, vacunado el mes pasado, lo dice claramente: “lo que más me gustó de la experiencia de la vacunación fue la atención de las chicas, sobre todo las que eran voluntarias. Muy buena atención y muy buena contención”. También se escucha a una señora de anteojos ovalados, recién vacunada, resaltar la organización y la calidad del trato mientras comparte lo vivido desde su celular. Diego coincide, dice que en Aránzazu le ponen amor al trabajo.
Y no es casualidad; es una decisión. Así lo explica Flor Rubinich, coordinadora del centro de vacunación de Aránzazu de lunes a lunes de 8 a 14 horas: “Para muchas personas esta es la primera experiencia que tienen de vinculación con el Estado y eso es lo que todo el tiempo laburamos con el equipo: la amabilidad, la excelencia. Porque somos el Estado”.
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Flor pareciera estar intentando poner constantemente en jaque al tiempo: cuenta con muy poco, pero lo dedica por completo. Su mirada tranquila trae implícita la calma de las soluciones. Así es como habla y trata de tranquilizar a quienes se acercan a la posta enojados o indignados, generalmente por no tener turno todavía. Y casi siempre lo logra, quizás en parte porque cree en una solución: “Acá hay una respuesta concreta que es la vacuna. Entonces poder laburar con una respuesta concreta como trabajadora social es una recontra satisfacción”.
A esa respuesta concreta se dedican diariamente -a través de turnos que van desde las 9 hasta las 18 hs- en los cuatro box que conforman el vacunatorio, además de una especie de “quinto box” que consiste en acercarse hasta las puertas de la Parroquia para inmunizar a aquellos con movilidad reducida. “Esto es un hecho histórico y hay que ayudarnos entre todos”, afirma Macarena Pittaluga. Es la encargada del frío, es decir, la responsable de las vacunas que se encuentran en las heladeras del fondo del espacio de Cáritas donde está el vacunatorio. Una enorme responsabilidad, no sólo por tener que cuidar las dosis, sino también desde el esfuerzo de tranquilizar a la gente: Maca cuenta que le dejan una cajita a la vacuna para que las personas sepan de dónde viene y no desconfíen.
El recorrido que debe seguir una persona para vacunarse una vez que tiene su turno consta de pasos definidos. Primero se va a admisión, donde quienes se encuentran en las dos mesas que forman este sector piden el documento y completan el cartón de vacunación. Después, el segundo paso es ir a triage, las mesas donde se realizan preguntas de protocolo acerca de alergias, contactos estrechos con alguien con Covid, otras vacunaciones en los últimos quince días y enfermedades oncológicas en tratamiento o enfermedades autoinmunes.
[4]Luego de una pequeña espera, llega el momento de acceder al sitio de la vacunación propiamente dicho. El pasillo que separa el frente de la Parroquia de Aránzazu -lugar de los gazebos blancos bajo los cuales se realizan los primeros trámites- del Desayunador Santa Cecilia -donde se encuentran los boxs- se recorre rápidamente. Moderadamente luminoso, salpicado con plantas verde brillante y bancos de madera, sus banderines de colores tiñen la escena de un aire de felicidad casi infantil. Adentro hay sillas, una cocina, miembros de la Cruz Roja, voces de los empleados, vacunadores vestidos de blanco impoluto. Tras ser vacunada, la persona es ingresada al sistema y se le asigna un número con el cual acceder a la información para el segundo turno. Finalmente debe permanecer sentado unos treinta minutos y se le controla la presión.
No todo es risas; también está permitido llorar. “Lloramos una vez por día. Las personas que han perdido familiares por COVID y reciben la vacuna vienen con mucha emoción y muy conmovidos. Y nosotros lloramos con ellos”, comparte Flor, y casi que a modo de ejemplo se le llenan los ojos de lágrimas. Así como también le pasa a Diego, cuya hermana falleció por coronavirus once días antes de que él recibiera la vacuna. “Tenemos toda la esperanza de que esta vacuna nos va a ayudar para seguir viviendo”, dice.
Quizás en un contexto donde todo pareciera catalogarse como terrible, difícil o inevitable resulta difícil pensar en fórmulas mágicas que nos ayuden a mantener la confianza en un futuro mejor; y probablemente sea porque no las hay. Pero lo que sí hay son pequeñas acciones. Como brindar alegría y contención a aquellas personas que están yendo a vacunarse. Como ayudar a informarse y disipar dudas a quienes todavía están esperando su turno y sienten la ansiedad de creer que no hay solución. Como detenerse a escuchar las historias que cuentan esas sillas de plástico blancas, tan diferentes entre sí, pero con una cosa en común: las une la esperanza.
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