by Sabrina Garcia | 24 noviembre, 2020 12:59 am
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Alejandro Biondi y Luciana Petrone*
Las normas sociales de género conforman uno de los tres grandes determinantes que condicionan la autonomía económica de las mujeres, junto con las tareas de cuidado y la educación. Estas normas refieren al comportamiento esperado de cada persona según su género, entendido de forma binaria, en un contexto social específico. Su reproducción limita las oportunidades, la autonomía y el pleno goce de derechos de quienes se alejan de estos mandatos. Los perjuicios son aún mayores para las personas transgénero o con identidades de género no binarias, comúnmente invisibilizadas en las representaciones culturales patriarcales.
Las personas internalizan estas representaciones sobre los géneros desde edades muy tempranas y, a lo largo de la vida, el entramado de normas se reproduce y refuerza en la interacción social y con el entorno. Por lo tanto, los sistemas educativos tienen un rol clave para revertir su reproducción. Los programas de educación sexual son una gran herramienta en este sentido, para lo cual es muy importante prestar atención a su diseño e implementación. La evidencia indica que para maximizar su potencial para desnaturalizar y deconstruir las normas sociales de género es necesario reforzar el enfoque integral y la transversalización de las perspectivas de género y derechos.
Argentina fue pionera en la región con la promoción de la Educación Sexual Integral (ESI) mediante la creación del Programa Nacional homónimo en 2006. Las potencialidades y desafíos de la ESI pueden ser abordadas en cuatro dimensiones: normativa e institucionalidad, abordaje conceptual, líneas de acción, y seguimiento y evaluación. En estas cuatro áreas se observan grandes avances en los últimos años. Particularmente se destaca el abordaje conceptual, en línea con la más avanzada evidencia y recomendaciones internacionales, y el aumento de la oferta de capacitaciones a la comunidad educativa, principalmente a las y los docentes.
Sin embargo, aún falta recorrer un largo trecho para que el programa se universalice de manera integral y transversal en todas las escuelas del país, tal que pueda desplegar todo su potencial en la deconstrucción de las normas sociales patriarcales.
Existe una creciente brecha entre las percepciones de estudiantes y docentes respecto a cómo se imparte la ESI en Argentina. El Programa Nacional de Educación Sexual Integral cuenta con distintas líneas de acción, como el apoyo a equipos provinciales, la producción de materiales áulicos y las capacitaciones a trabajadores/as escolares, principalmente docentes. Si bien la oferta de estos cursos aumentó significativamente, no alcanza a cubrir la alta demanda de los docentes”, sostiene el documento.
Un segundo desafío es cómo potenciar el vínculo entre las capacitaciones y las prácticas docentes para que la ESI trascienda las instancias específicas de formación y recorra la última milla para llegar efectivamente a los/as estudiantes con el enfoque deseado. Para eso sería útil reforzar los mecanismos de seguimiento y evaluación para conocer y analizar en profundidad las percepciones y necesidades del alumnado y el cuerpo docente para tomar decisiones de política pública informadas.
(*) Alejandro Biondi. Licenciado en Estudios Internacionales por la Universidad Torcuato di Tella (Buenos Aires). Se desempeñó como asistente de docencia e investigación en las licenciaturas en Ciencia Política y Estudios Internacionales (UTDT) y como analista y pasante en el Programa de Protección Social. Becario Fulbright (2017) y del Instituto Francés (2019).
Luciana Petrone. Licenciada en Economía (Universidad de Buenos Aires). En 2016 fue becaria de la comisión Fulbright Argentina y el Departamento de Estado de Estados Unidos para participar del programa Study of the US Institute en Amherst College, Massachusetts.
Nota publicada en CIPPEC
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