by Sabrina Garcia | 29 diciembre, 2014 12:01 am
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Por Walter Duer *
El aeropuerto de San Fernando, a apenas 30 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, no es sólo un pequeño espacio del que salen aeronaves, principalmente de corto alcance. Es un portal que lleva al ser humano a ver todo con otra perspectiva.
Desde su restaurante, cuyo menú tiene gaseosas, sándwiches de jamón y queso, medialunas y nada más, pero que se promociona como “Gastronomía de alto vuelo”, hasta los controles policiales, que se hacen a dos mil metros de los hangares, a los que uno puede acceder después con un auto que nadie revisa, en cuyo interior pueden llevarse desde cadáveres hasta merca o incluso, dependiendo de la habilidad que haya tenido uno en la infancia con los juegos de encastre, cadáveres rellenos de merca, pasando por un hangar que no es otra cosa que un centro de servicios Rolls-Royce, todo está teñido de una irrealidad feroz.
“Es todo un show”, dice mi piloto, una experimentada mujer, específicamente sobre el punto de los policías aeronáuticos. “Acá a quince minutos está el aeropuerto de Don Torcuato, desde donde se despega sin ningún control”, agrega.
Ese desapego del universo tal como lo conocemos se refuerza aún más si uno tiene la posibilidad de subirse a un helicóptero para hacer un paseo por el vecino Delta. Esa forma de despegar recto hacia arriba, esa sensación de estar volando de verdad y no dentro de un aparato, esa placidez de ser arrullado a 170 metros de altura, esas conversaciones entre el piloto y la torre de control en las que cada letra es reemplazada por una palabra para que no existan confusiones (“bravo” corresponde a la “b”… y sólo pude pensar en un torristadecontrol semianalfabeto seguro de que “bravo” se escribe con “v” y que, en ese mínimo detalle ortográfico estuviera sellada mi muerte prematura).
Me dirijo al Hangar Uno, el último de la fila. Adentro, aire acondicionado, muebles de estilo restó palermitano y hombres en uniforme de piloto que toman café. En la pista, dos jóvenes empujan una avioneta hasta su lugar de estacionamiento. El mismo helicóptero, de la empresa Baires Helicopter, parece de mentira: es apenas un pequeño juguete amarillo en el que caben cuatro personas, incluyendo a quien maneja.
En el cielo, irónicamente, la perspectiva irreal ofrece una dimensión demasiado real de lo que sucede en tierra firme. Es imposible no ver, a menos que uno realmente desee ser ciego, que cada propiedad de Nordelta ocupa el mismo espacio que un par de manzanas repletas de casillas precarizadas de las villas circundantes. Los optimistas podrán visualizar, por su parte, la democracia del Delta: una mansión opulenta, gigante, inabarcable para los ojos, se ubica a pocos metros de una casilla con techo de chapa.
El helicóptero avanza a unos 160 kilómetros por hora. Su sombra se refleja en el agua marrón y su movimiento, en una pequeña estela de viento que hace dibujos en el río y menea a las embarcaciones que pasan por debajo. Cuando comienza el descenso, tan vertical como el despegue, uno siente un deseo incontenible de que no se termine.
Una vez en tierra, tomando un café en unos sillones –también de corte Palermo Hollywood- que hay frente a la pista, lamenté que nadie en las cercanías pudiese alquilarme un traje de piloto, para terminar mi jornada de irrealidad al tope de mis expectativas.
* Walter Duer. Nació en Buenos Aires en 1974. Se dedica al periodismo desde 1992 y al periodismo de viajes desde 2004. Autor de Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004), Marcados por el destino (Asunto Impreso, 2006), Manual del buen judío (Sudamericana, 2007), Judíos in love (Sudamericana, 2009) y Fulbo (Asunto Impreso, 2012), entre otros libros.
Fuente: Bastión Digital
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