by Sabrina Garcia | 15 mayo, 2017 12:01 am
Por Sabrina García
Seguramente más de uno ha pasado por Kennedy desde Libertador hacia Perón y ha detenido la mirada en el mural, ese mismo que se nos aparece entre los autos para mostrarnos el rosto de una mujer en blanco y negro, con ruleros desde los cuales salen pájaros carpinteros a color. El fondo de verde intenso y esos sonidos de la naturaleza que toman fuerza en la pintura, nos permiten disfrutar de una una pared distinta, sin ladrillos a la vista, ni el clásico blanco que no dice nada. Muchas veces pasé por esa misma esquina y me detuve contemplando en medio de nuestra ciudad aquel ‘cuadro’ que nos permite descubrir que las obras no sólo está en las galerías de arte.
Con la imagen de aquella mujer y con la clara ubicación de la esquina, busqué a su artista sin resultados satisfactorios en un primer momento. Una tarde en algún posteo de Facebook la imagen me llegó nuevamente y esta vez sí pude llegar a ella. Así es como conocí a Mabel Vicentef, una joven de 28 años que dedica su vida a pintar ‘a lo grande’ en distintas paredes de la ciudad. Actualmente vive en San Fernando. Le gusta viajar y pintar. Con ella dialogamos sobre ésto que conocemos como ‘arte urbano’
¿En qué momento tomaste la decisión de dedicarte a pintar? Si es eso exclusivamente lo que hacés…
Ahora sí. Cuando era chica pensaba que iba a ser música, violinista. En los últimos años del colegio había una rama de arte plástico y me empezó a gustar. Terminé el secundario, estudié seis meses de Filosofía y Música hasta que me di cuenta de que no. Vos ves mis apuntes de la carrera y eran dibujos.
Después estudié escenografía, ahí me enganché un poco más aunque la carrera no me termina de cerrar. Comencé a trabajar con Juan Dana, que es un escenógrafo, realizador y pintor que hace proyectos gigantes. Trabajando con él aprendí un montón sobre materiales, trabajar en grande y me gustó mucho. Empecé observando y después me encerré a pintar. Sentía que estaba atrasada en el mundo de la pintura, que lo hacía mal y entonces le dediqué horas y horas a pintar. Como si fuera un ejercicio. Decir ‘bueno, soy pintora’ es difícil, porque da miedo
Es interesante lo que decís porque uno creería que los deportistas dedican muchas horas a entrenar, los músicos a ensayar pero que el pintor tiene un don.
Muchos creen que se nace con un talento impresionante pero para mí no. Siento que todo lo aprendí, horas en casa probando, practicando, preguntar, mirar. Es clave el estudio.
¿Para quién pintabas?
Primero para mí. El primer mural que hice fue para el cuarto del bebé de una amiga. Después fue la casa de otra amiga, se corrió la voz entre los conocidos, yo llevaba las pinturas.
Me uní a un movimiento internacional de muralistas que viajan a distintos puntos y capaz caen en un pueblo y 70 muralistas van y le cambian la cara. En esa oportunidad fuimos a Cosquín en Córdoba, el tema era ‘tributo a los pueblos originarios’ y ahí hice mi primer mural afuera y me sentí segura.
Ahí empecé a combinar viajes con pintura. Pinto, viajo, vuelvo. Estoy en esa dinámica.
¿Por dónde viajaste?
En Nueva Zelanda, en México. Empecé a conocer gente y a pintar. Es mucho de suerte. Cuando llegué a Nueva Zelanda no tenía un amigo, un contacto. Me mudé a una isla que era como un paraíso, muy lindo. Tenían un Facebook con las noticias del lugar, me contacté, me presenté, subí fotos y me llamaron para hacer un mural. Después vendí dibujos hasta que me aburrí de la isla y me mudé al sur y empecé todo de nuevo.
En Nueva Zelanda no pinté todo lo que hubiese querido pintar pero estaba en un país poco artístico (sonrie) y me volví. Estando acá, entre amigos y contactos amplié el círculo y pinté para la Municipalidad de Vicente López.
¿Qué trabajos te encargó la Municipalidad de Vicente López?
Dos murales en el Hospital Houssay y un tributo a Malvinas
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¿Te piden puntualmente un trabajo o te dicen: ‘Tengo esta pared, quiero un mural, creá’?
Generalmente primero me dicen ‘hacé lo que vos quieras’ y después capaz te dicen me gustó el mural que hiciste en tal lugar. Depende mucho de la persona.
Hay personalidades. Alguno te dice quiero una taza con un gato arriba y al lado un perro. Y yo ahí digo ‘veámoslo’ y tratamos de encontrar un punto en donde me guste a mí y a la otra parte. Si realmente no me gusta no lo haría. Igual nunca me pasó de decir ‘no, esto no me gusta’.
En el último mural me pidieron que pinte perros, porque es una empresa que vende productos para animales. Y no sé si es lo que más me interesa en el mundo pero al final me encantó como quedó. Te tenés que adaptar.
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Tengo un límite para pintar, no hago armas, por ejemplo y cuando me pidieron el mural de los ex combatientes se los dije. No les pareció mal y llegamos a un equilibrio. El mural de San Fernando (Ricardo Rojas y Marín) fue un día que dije ‘quiero hacer algo y que nadie me pida nada’. Esa casa es de un amigo y me dijo: ‘Hacé lo que quieras’
Fue tu iniciativa…
Claro, algo que sea más propio. Es una mujer que tiene ruleros y le salen pájaros carpinteros del pelo. Porque conecté al rulero como el agujero típico que hacen estos pájaros.
¿Te llama la gente?
Sí, un montón. Me escriben por Facebook para saludarme o para decirte que les gustó el mural. Cuando estuve trabajando en el hospital mucha gente me agradecía. El año pasado vino un señor a hacerme un regalo porque me dijo que cuando su mamá estaba mal, salían a pasear, ella en silla de ruedas y me veían pintar. Yo ni me enteré en ese momento.
Un año después el hijo me trajo un pañuelo y me agradeció por ese momento. A veces uno se plantea para qué o por qué pinto y aparecen estas personas entonces decís: ‘Ah, bueno. esto vale la pena’.
El arte es muy sutil. A veces es difícil saber si sirve, si es funcional. Obvio que para mí si lo es pero lo planteo en términos del otro. Yo pinto para los demás.
Cuánto impacta y de qué forma….
Claro. Soy consciente de que no voy a cambiar el mundo, como lo ha sido la revolución mejicana. Hoy en día con todo el choque de imágenes creo que los murales son como un descanso visual, que te armonice el día, que te despierten sensaciones.
¿Tenés referentes?
Tengo miles. Te puedo citar a Martín Ron, a Telmo Miel.
¿Seguis pintando con el grupo que fuiste a Córdoba?
Fuimos a Córdoba y después yo me fui de viaje. El Movimiento Internacional de Muralistas Italo Grassi, tienen una imagen que es un poco distinta a la mía. Es una teoría de muralista latinoamericano, más relacionado con lo social pero desde una vista como ‘el mensaje de los pueblos’.
Tenemos buena onda, hacen cosas muy lindas. Van a pueblos que no va nadie y les cambia la cara. Imaginate un lugar en Formosa al que le caen 70 muralistas y le pintan todo. Los cambios son impresionantes.
Mi género siento que es más street art. Si bien no hay nombres que lo dividan, hay diferencias entre el muralismo y el street art.
¿Cuáles serían esas diferencias?
Creo que el street art es impacto visual, imagen, en cambio el muralismo está relacionado con la historia, la sociedad, transformar, un mensaje, compromiso social. Así lo veo yo y obviamente hay que hablar con cada uno, habrá otras miradas.
Me decís que te gusta pintar en la calle que en interiores. ¿Qué te genera?
En la calle hay gente y pasan cosas. Cuando estas pintando te llevas una historia de algún personaje loco. Hay un movimiento interesante de gente.
¿Te ha tocado que alguien se sume a pintar?
Sí, no es que pinta todo el mundo pero me ha pasado. Uno de los últimos murales que hice justo dormía un chico allí, vivía ahí. Yo pinto con una amiga y estábamos esperando que se despierte. Era el mediodía y nosotras seguíamos esperando (sonrie). Cuando se levantó, conversamos y lo terminamos contratando para que pinte con nosotras. Era un genio. Nos contó mil historias. Un amigo de él nos dijo que había tenido una historia de vida muy fuerte. Por pintar en la calle siento que la gente se te acerca para hablar, no hay tanta distancia. Te llevás muchas experiencias.
Hay días que necesito terminar el trabajo y quiero que no me interrumpan pero en general es entretenido, inspirador. Son historias. Me da más energía, se suman al sol, la lluvia.
¿Ese contexto influye en la pintura?
A veces sí. Generalmente tengo una idea que la llevo armada pero el resto lo creo en el lugar. Y me puede pasar que el exterior termine influyendo y modifica la idea original.
Entre lo que uno se imagina y lo que pasa, cambia un montón. Pero bueno, a mí me gusta hacer figuras grandes y si yo tengo que ir a pintar una figura de 8 metros tengo que tener clara la idea porque si no me queda deforme. Alrededor de esa persona puede haber mil variantes como la ropa, hasta la expresión, los colores, el fondo. Eso sí cambia.
¿Utilizas mucha técnica a la hora de pensar esa imagen en grande?
Si tengo una pared de 30 metro me voy a photoshop y hago un lienzo. Calculo, ejemplo, esta figura tiene que medir 8 metros para quedar bien. Yo soy bastante esquemática para eso, no quiero que quede desequilibrado en la composición. Cuando es tan grande si no medís, perdés
¿Por qué en grande?
Si vos me decís que te haga una cara en un espacio chico siento que se me pega todo. Lo hago pero cuando tenés espacio me sale mejor, me gusta el trazo brutal y en grande tenes lugar para hacer todo. Disfruto más pintar una cara de un metro que de 25 centímetros.
¿Cuáles son tus próximos desafíos?
Pensaba viajar a Europa pero lo tengo que decidir. También me llamaron de una fundación para pintar sobre el cáncer de mama y estoy buscando paredes de San Fernando para pintar. Como me mudé acá, me gustaría pintar cerca de mi casa, paredes altas en la vía pública.
Ahora estoy con una marca de ropa, la diseñadora agarra mi arte y lo lleva a la ropa. Nunca sabés, voy viendo el momento.
(*) Más info en mabelvicentef.com[5], en Instagram @mabelvicentef[6] y facebook.com/mabelvicentef[7]
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