Qué pasó en las PASO

by Sabrina Garcia | 16 agosto, 2019 12:01 am

Marí Esperanza Casullo[1]

Por María Esperanza Casullo*

Los y las argentinas estamos enamorados de la idea de que la política de nuestro país es tremendamente complicada, excepcional, imposible de entender para alguien que llega desde fuera de nuestras fronteras. Sin duda, la política argentina no es simple, como no lo es la de ningún país latinoamericano en donde las expectativas son altas y los recursos escasos; tampoco se trata, sin embargo, de un arte arcano y complicado. Las decisiones de los actores de nuestro sistema político se guían por una racionalidad instrumental muy parecida a las de cualquier otro en una democracia electoral; los y las electores deciden su voto con dosis parecidas de razonamiento, emoción e intuición a
los de otras latitudes. Las negociaciones de los y las políticos fuera de la esfera pública (“la rosca”, “la mesa chica”, “el círculo rojo”) por supuesto que existen y condicionan, pero no se trata tampoco de códigos arcanos e inaccesibles para el ciudadano común. No hay una realpolitik secreta, fuera de la caverna, a la que advienen sólo los que accedieron al password secreto y la señal para los iniciados. Una buena regla para leer sobre política es que si el análisis es demasiado complicado, mas que análisis en buena prosa, se trata de poesía creativa, o, en vernacular, verso. En la época de la información constante, de los diarios y portales online que se actualizan durante todo el día, de Twitter y noticieros del cable, es compresible que la pulsión por generar contenido sea muy fuerte; en este caso, a veces menos es más.

No hubo mejor ejemplo de la simplicidad estructural de la política que el resultado de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO). En los meses que precedieron a las primarias pudieron leerse una cantidad de análisis que hubieran desafiado al bueno del Maestro de Ockham y su navaja: que los resultados de las elecciones provinciales estaban desconectados de la elección nacional; que los y las votantes priorizarían a la hora del voto cuestiones no económicas; que los gobernadores peronistas y los intendentes de la provincia de Buenos Aires de ese signo preferían que Mauricio Macri fuera reelecto a que ganara Alberto Fernández; que la votación sería definida mediante cadenas de Whatsapp de los grupos de mamás de la escuela (¡Como si a la gente le encantara recibir o debatir esos mensajes!); que el gobierno lograría una buena diferencia de votos en la región patagónica (a pesar de que en ésta fue en donde sistemáticamente tuvo peores cifras de  aprobación desde el año 2015); que Vidal ganaría con 7 u 8 puntos de corte de boleta; que Vidal perdería la provincial pero aún así Macri ganaría la nacional; que esta elección y la de octubre se tratan de una lucha épica entre la república democrática y el totalitarismo populista -antes que de una bastante rutinaria competencia entre dos partidos políticos, ambos repletos de candidatos que son insiders de la política: autoridades y funcionarios en ejercicio; senadores, diputados, gente del riñón de un sistema que conocen desde adentro.

Tal vez lo mejor que tienen las elecciones es el efecto astringente y objetivador contra el vendaval de especulaciones que nosotros, los analistas, somos propensos a producir. Y estas elecciones nos dejaron la certeza de que tres principios, muy simples, muy claros, muy poco ideológicos, siguen explicando a grandes rasgos la política nacional.

El primer principio: es la economía, estúpido. Las elecciones presidenciales son centralmente plebiscitos en donde se juzga la gestión del gobierno en ejercicio. Si los y las votantes encuentran que el gobierno les facilitó la vida, les hizo mas llevadera la lucha cotidiana, les generó horizontes de futuro, lo premian con su voto. Si no, no, y que pase el que sigue. Los y las votantes argentinos son killers implacables. En 2015
juzgaron que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner encarnaba un ciclo agotado, y votaron para darle una oportunidad a Cambiemos, un partido nuevo con un liderazgo fresco en Mauricio Macri. Este gobierno ganó en 2017 pero nunca pudo recuperarse del impacto de la devaluación de mayo del 2018 en el ingreso de las familias y los hogares y, por lo tanto, el domingo no lo votaron. Simple. Paradójicamente, esto lo sabía el Cambiemos del 2015, que centró su discurso en el “podemos vivir mejor”, en el control de la inflación y en la promesa de “resolver problemas”. El Gobierno quiso verter sobre las grietas del empeoramiento económico dosis cada vez mayores de la plasticola de la
épica (tal vez fuera esto inevitable), pero las elecciones no se ganan con el núcleo duro, sino con los votantes más o menos flotantes que eligen de manera mas orientada a resultados.

El segundo principio simple pero efectivo es que es muy difícil (no imposible, pero si muy difícil) ganarle elecciones nacionales a un peronismo unido. En el 2013, 2015 y 2017 el peronismo había explotado en un archipiélago de islas enfrentadas por mil y una internas y recorridas por resentimientos de antiguas heridas; el dulce olor de la victoria posible, sin embargo, restañó las lesiones y ofreció un poderoso incentivo a la coordinación. El primer lugar del Frente de Todos en las PASO se explica menos por un derrumbe electoral de Juntos por El Cambio que por una trepada en la cantidad de votos del peronismo. Esto fue aún mas notable en la provincia de Buenos Aires, donde Axel Kicillof mejoró notoriamente la performance peronista del 2015.

El tercer principio, casi evidente de tan obvio, es que una elección presidencial en un sistema presidencialista (perdón por la redundancia) se trata básicamente de un juicio retrospectivo sobre la figura del presidente. Puede que esto sea un problema, como dicen los críticos del presidencialismo, pero no cabe duda de que así se estructura la cuestión. Hay una razón por la que las boletas electorales llevan impreso el rostro de los y las candidatas: la dimensión personal de la política sigue siendo ineludible. Se trata, en realidad, de algo muy básico: quien entra al cuarto oscuro debe estirar la mano y elegir, si se quiere, una cara, una imagen, una persona. Cambiemos tuvo problemas con esto, como quedó claro en la peculiar decisión de doblar las boletas de tal manera que no se viera la cara del Presidente. Mauricio Macri fue en estos años perdiendo los atributos de frescura y cercanía para ganar en rigidez y distancia.

Estos tres principios (performance económica, unidad de la oposición y personalización de la política) alcanzan para explicar los resultados de la elección, a grandes rasgos. La hipótesis más simple es que los tres seguirán operando en octubre. En la elección de primera ronda la sociedad argentina tendrá que responder a una pregunta también bastante sencilla: ¿Quiero que Mauricio Macri siga siendo el presidente, o preferimos cambiarlo? La contundencia de los resultados de las PASO lleva a pensar que el Gobierno no logrará resultados diferentes si no ofrece algo radicalmente distinto en algunas de estas dimensiones. Dado que su candidato es su Presidente y líder indiscutible, y que es muy poco lo que hoy puede hacer para incentivar la fragmentación opositora, sólo le queda concentrarse en estabilizar la economía y mejorar la situación económica de los sectores sociales mas amplios posibles de la manera mas rápida que pueda. Claro está, que sea simple decirlo no significa que sea simple hacerlo. Esa es la ventaja de ser analista y no político.

(*) María Esperanza Casullo. Doctora en ciencia política por la Universidad de Georgetown, aunque sus estudios de grado fueron en Comunicación. Es docente en la Universidad Nacional de Río Negro y ha sido profesora invitada en la Universidad de Richmond y Brown University. Escribe en distintos medios con regularidad sobre populismo, democracia y sistema de partidos.

Nota publicada en La Nación

Endnotes:
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