NUESTROS ESCRITORES

Recuerdos, por Daniel Gurtler

Recuerdos, por Daniel Gurtler

Hace muchos años, más de los que quizás pueda recordar, yo fui un niño. Medía poco más de un metro y pesaba menos que un zapallo. Nací en una casa enorme, iluminada con candelabros y entibiada por un gran hogar de piedra. Los ventanales eran altos, y a través de sus vidrios biselados podía verse toda la pradera.

Los días allí transcurrían lentos, con la parsimonia y la perseverancia de la naturaleza. Ya no recuerdo el nombre de mis padres… pero sé que fueron buenos y me criaron con esmero. Mi madre me enseñó a escribir y a tener buenos modales. Mi padre, a cabalgar y el arte de la caza. En aquel entonces con arco.

Todo parecía transcurrir bien: el campo producía, las cuentas cerraban, y mi madre estaba embarazada. Hasta que un día llegaron ellos. Quien sabe de dónde. Una jauría de lobos comenzó a hacer estragos con los animales: primero las ovejas, luego los terneros, otra noche le llegó el turno a la vaca… y así, en poco tiempo, mis padres estaban al borde de la ruina.

Por ese entonces yo ya estaba a punto de cumplir los doce años. Era un jovencito esmirriado, pero obediente y dispuesto para obedecer a mi padre sin cuestionamientos. Este organizó una batida. No había más remedio que dar con la jauría y acabar con esas fieras antes de que ellas acabasen con nosotros. Pronto llegaría el invierno y, si continuábamos perdiendo nuestros animales, moriríamos de hambre.

Mi padre ensilló al viejo percherón que usaba para tirar del arado: parecía un coloso negro de patas peludas. Para mí, preparó la yegua árabe: era un animal pequeño, grácil, resistente y ágil. Nada podía alcanzarla a la carrera. Luego me vendó los brazos con cintas de grueso cuero y lo mismo hizo con mi cuello. Una poderosa pechera me cubría desde la barbilla hasta el tórax. Me dio las mejores botas de montar que me protegían hasta las rodillas, y me ordenó que por nada del mundo bajase de Zaira.

Partimos siguiendo las huellas de la jauría, cruzamos la pradera y llegamos a los límites del mundo conocido por mí. El bosque nos esperaba, oscuro y tenebroso. Allí se internaban las huellas y allí nos adentramos. Mi padre iba al frente; avanzaba lentamente, escrutando cada oscura sombra. Yo debía quedarme detrás de él, lo más pegado posible a la grupa de Aquiles.

Seguíamos un sendero: las ramas rotas, las hojas aplastadas y las huellas en el suelo blando nos indicaban que estábamos en el camino correcto. Pero las horas transcurrían y las bestias no aparecían. Pronto oscurecería, así que debíamos desandar el camino antes que la noche nos atrapara allí.

Justo cuando mi padre se detuvo y me ordenó dar media vuelta para regresar a casa, un espeluznante aullido sonó en el bosque. Se me heló la sangre. La yegua movió las orejas hacia atrás y estuvo a punto de salir desbocada si no la hubiese sostenido con todas mis fuerzas. Mi padre cargó el arco y, enceguecido por el odio, giró, manejando a Aquiles con las rodillas y lo hizo avanzar hacia el interior del bosque en busca de los lobos.

Cuanto más avanzábamos, los animales más se alejaban sin dejarse ver. A veces solo una sombra que se escurría delante de nosotros, otras veces ni siquiera eso. Sólo jadeos y ese canto. Ese lamento milenario que te erizaba la piel. Era como si todo el dolor de la tragedia que es la vida salvaje se expresara a través de esos aullidos.

Mi padre estaba enloquecido; azuzaba al caballo en un intento inútil de alcanzarlos. Yo cabalgaba detrás de él, muerto de miedo e intentando no quedarme atrás. Cuando la luz comenzó a desvanecer y el crepúsculo ya no me permitía distinguir la silueta de mi padre, comencé a pedirle que volviésemos. Le rogué, le grité, traté de convencerlo por todos los medios de que desistiera de su loca carrera hacia el interior del bosque; pero nada parecía detenerlo. Ya no había sendero, no había huellas, no había norte ni sur. Sólo el sonido de los aullidos que nos guiaban hacia la tragedia.

De repente los sonidos cesaron. Nada se escuchaba: ni pájaros, ni grillos, ni alimañas, ni siquiera el viento en las ramas. Mi padre se detuvo. No sabía hacia adónde cabalgar. Los caballos resoplaban exhaustos y de sus hollares surgían nubes de vapor. Los flancos chorreaban de sudor y el pelo empapado se pegaba a sus cuerpos. Estaban al límite de su resistencia. Mi padre, sobre Aquiles, giraba en círculos hacia uno y otro lado sin saber hacia qué lugar ir o disparar. Yo estaba a unos metros detrás de él. Estático, muerto de miedo, sin casi poder distinguir nada entre la penumbra. Busqué las huellas de Zaira para poder desandar el camino, pero estaban pisoteadas por el andar nervioso y en círculos de Aquiles. Miré hacia el cielo quizás en busca de ayuda y descubrí que estábamos en un claro. Entre las ramas podía verse parte del firmamento donde las primeras estrellas comenzaban a asomar tímidamente. En cuestión de minutos sería de noche.

Un gruñido espeluznante se oyó a pocos metros, entre la espesura. Luego otro y otro más. Estábamos rodeados. Nos habían conducido a una trampa y mi padre, en su ciega sed de venganza, había caído en ella. Al advertir el peligro y sentirse acorralado, descargó su arco contra aquellas sombras de donde provenían los gruñidos. Pero la flecha se perdió en la maleza. Luego disparó otra con el mismo resultado. Los animales estaban allí, acechando, esperando pacientemente a que la oscuridad los cubriese y pudieran dar caza a la mayor presa de la naturaleza: el humano.

Aquiles estaba asustado, y al igual que Zaira, no se quedaba quieto. Relinchaban, resoplaban, corcoveaban y querían alzarse de manos. A medida que la oscuridad avanzaba, comenzamos a ver sus ojos: Refulgentes, demoníacos, amenazadores. Primero un par, luego otro y otros más. Pronto divisamos más de diez pares de ojos centellantes como el mismo infierno, anhelantes por enviarnos a él.

Mi padre comenzó a disparar y a su orden yo comencé a hacer lo mismo con mi arco. Pero las flechas no daban en el blanco. Además, ellos giraban alrededor nuestro sin dejar de mirarnos y gruñirnos. Era como disparar contra fantasmas. Una horda infernal nos acechaba sin remedio. Los carcajes quedaron vacíos y mi padre desenvainó el sable. No alcanzó a usarlo. Un enorme lobo de más de cuarenta kilos saltó sobre él derribándolo limpiamente del caballo. Aquiles salió corriendo desbocado y se quebró una pata unos pocos metros más adelante. Pude escuchar cómo los lobos acababan prontamente con él. Yo intentaba mantenerme sobre la yegua, pero no podía controlarla. Quería ayudar a mi padre, pero no sabía cómo. Pude ver que intentaba llegar a tomar el sable del piso pero no lo logró. Un lobo le arrancó la mano y salió corriendo con ella. Luego, toda la jauría saltó sobre él y comenzó a destrozarlo. Escuché, entre los feroces gruñidos, la voz de mi padre ordenándome que huyera. Luego, solo el sonido de la carne al desgarrarse y el de los huesos al romperse como ramas secas. Arrojé el arco, taconeé a Zaira y salí disparado sin saber hacia dónde. Una gruesa rama de pino me derribó del caballo y lo último que recuerdo, antes de desmayarme, son las fauces de un lobo a punto de atacarme, con los colmillos grandes y amarillos y unos ojos centellantes de salvaje furia.

No sé que sucedió luego. No sé qué fue de aquel niño, ni de su madre. Pero ahora corro con la manada, canto a la luz de la luna, me alimento de venados, puedo oler a varios kilómetros, bebo agua de los manantiales, duermo sobre la hierba fresca, corro durante toda la noche y soy el padre de decenas de cachorros. Conozco muy bien a los humanos y jamás como de sus animales.

Algunas noches siento nostalgia y me acerco hasta aquella enorme casa solitaria en la pradera. Deseo ver una vez más a aquella mujer y a ese niño que alguna vez fui. Pero ellos ya no están. Otras personas la habitan. Sé que jamás los volveré a ver, ni sabré que fue de ellos. Ahora soy un lobo, pienso como lobo y vivo como lobo. Pero una vez, hace mucho tiempo… tanto que ya casi no recuerdo, yo fui un niño humano.


Sobre el autor

Daniel GurtlerDaniel Gurtler. Escritor y novelista de zona norte, presidente del Círculo de Escritores de San Fernando Atilio Betti y miembro de la Comisión Directiva de S,A.D.E Delta Bonaerense.

En 2012 participó de la Feria Internacional del Libro en el stand de Bs. As. Cultura acompañando al Municipio de Tigre. Desde entonces participó todos los años en la Feria del libro en los stands de S.A.D.E. y de la editorial de los Cuatro Vientos firmando ejemplares de sus novelas “Sallmo 91 La ira de Dios” “El Señor del Fuego” y “La leyenda del Eleonora”.

Participó en varias antologías, publicó los cuentos: “La llave mágica”, “Un cuento para Trinidad”, “Recuerdos”, “El Patriarca de la Guerra”, “Revolución”, “El rey de las tempestades” y “El mensajero del rey”.

Es autor de las siguientes novelas inéditas: “El espíritu de la montaña”, “El rey de las Tempestades”, “La llave Mágica” y “Salmo 91 parte II Abadón el ángel del Abismo”.


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