OPINIÓN

El tóxico en las palabras: los medios, las políticas y las adicciones

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Por Félix Chiaramonte (*)

Mientras los viejos canales de televisión reviven en cada noticia catastrófica las muertes reales conviven con el espanto y el cinismo popular. Las redes sociales reproducen, reinventan y mienten la verdad de una juventud intoxicada, mientras los mayores se envenenan con drogas lícitas y de nombres muy farmacéuticos.

En los noticieros algunos psicólogos y varios psiquiatras, por qué no, aconsejan el equilibrio justo como si fuese una propaganda de antiguos cigarrillos; nos informan una vez más que el deber ser no es lo que estamos haciendo, y que el placer termina en un más allá excesivo del que no nos damos cuenta porque no los vamos a consultar a ellos. Algún que otro “adiccionista” (que vive de las adicciones de los otros y es adicionista de los que “recupera” en la caja registradora de su institución) hará algún negocio con la publicidad de su establecimiento último modelo y nos dirá que ya no hacen falta palabras: una imagen cerebral resonante, el marketing de algún testimonio desgarrador y un buen programa comporta-mental (hay que portarse bien y hacer los deberes) nos harán sobrevivir.

La triste noche de abril de 2016 en que murieron cinco jóvenes en la fiesta electrónica Time Warp en Buenos Aires, tal vez pase a la historia como un desastre más sin otras consecuencias que un gobierno prohibiendo los festivales con música electrónica, un increíble disparate, y unas acciones judiciales desesperadas por culpar a dealers, encarcelando por unos días a abogados mediáticos, en un intercambio para disimular ante una opinión pública que oscila entre la ira y el olvido. Seguramente como los muertos no se cuentan de a decenas como en la masacre de Cromagnon, la noticia desfallece. Por otra parte, también se silencia el dolor de los que sobreviven y mueren con el “paco”, en el colmo de la basura social, invisibilizados por la miseria y la marginalidad.

Pocas esperanzas si es que alguien se ha ilusionado con políticas de prohibiciones restauradoras, pero también pocas ilusiones frente a los impostores que levantan banderas de moderación y progresismo cuando lo único que han hecho es abandonar a los que sufren con las drogas a su suerte.

La sociedad del pensamiento fácil, aquella que adora el sentido común, sin saber que su discurso es el que diseñan las clases dominantes y los medios oligopólicos, sostiene que aquel que se intoxica tiene merecido su sufrimiento y así también la muerte ya que cada individuo elige libremente su destino. Las almas sensibles que reposan en los buenos sentimientos de su religión, intentan con su solidaridad llenar los agujeros de los vacíos existenciales, pero con eso demuestran una ética más interesante que la del cinismo posmoderno que no se conmueve ante nada ni nadie.

Sigmund Freud, tan citado como difamado, tan tergiversado como poco leído, decía que desechó la hipnosis y toda cura por sugestión a partir de ver la violencia que ejercía el hipnotizador, como parte del sometimiento necesario a toda terapia de ese estilo. Supo que la sugestión estaba presente en todo vínculo, pero ubicó en lo que llamó la “transferencia” la oportunidad de un análisis para cada sujeto, que le devolviera la dignidad a la palabra, a los sueños, a la angustia. Elaboró una forma de escuchar y de responder a los síntomas que trascendió a su época y se instaló en la cultura mundial. Generó una clínica que toma en cuenta la deriva del que naufraga en su “dejarse llevar”, para permitir que cada cual asuma su deseo inconsciente, que no tiene que ver con la voluntad ni con la domesticación de pacientes.

Desde una perspectiva psicoanalítica digo lo siguiente: si no se confunde el consumo con la adicción, si se entiende que hay usos heterogéneos de múltiples productos, si verificamos que no se puede generalizar porque hay individuos, grupos, sectores, comunidades, todos distintos y particulares, si captamos que hay historias singulares, si sabemos que cada persona tiene sobredeterminaciones simbólicas que solamente puede descifrar con un analista en privado, si admitimos que se trata de hacer una experiencia subjetiva en vez de obedecer a un tratamiento “Ludovico” como en la película La naranja mecánica de Stanley Kubrick, si aceptamos que cada quien debe asumir sus responsabilidades específicas (gobernantes, profesionales de la salud y la promoción social, funcionarios judiciales, directores de instituciones terapéuticas, asistidos y usuarios, etc), iniciaremos un camino diferente y más esclarecido que el de la “guerra a las drogas” o el del liberal “sálvese quien pueda”.

(*) Félix Chiaramonte. Miembro del Centro Descartes. Presidente de la Asociación de Psicoanálisis San Fernando-Tigre

Nota publicada en el boletín ‘El psicoanálisis en la ciudad’, de la APSaT


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