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Navegar cuatro horas para dar clases en las islas: así es el día de un docente en el Delta de San Fernando
Hay días en los que para ir a trabajar no alcanza con tomar un colectivo o caminar unas cuadras. Para Nacho Morgantini, profesor de Educación Física, dar clases implica subirse a una lancha y navegar durante horas por los ríos y arroyos de la segunda y tercera sección del Delta de San Fernando. La distancia, el clima y las dificultades de la vida isleña no lo frenan: “Lo que me mueve todos los días es el compromiso con los chicos”.
Eso es lo que hace Nacho Morgantini, profesor de Educación Física, cuatro veces por semana: recorre el Delta para llegar a distintas escuelas de la segunda y tercera sección de San Fernando, donde da clases y comparte buena parte de la vida cotidiana de la comunidad isleña.
Detrás de los videos que Morgantini comparte en Kay Pes Camp -donde documenta el canotaje y la naturaleza-, hay una rutina docente exigente. Llegar a las escuelas, ubicadas mucho más adentro que su casa en la primera sección, “implica todo un despliegue de tiempos y traslados por río”, explica.
No siempre realiza el recorrido de la misma manera. Hay días en los que utiliza su propia embarcación, algo que implica un gasto importante y también un riesgo permanente por los árboles caídos que hay en ríos y arroyos de la segunda y tercera sección del Delta.
“Hay días que voy en mi lancha particular, pero eso me representa un consumo de un tanque de 25 litros, unos $50.000 de nafta entre ida y vuelta, más el riesgo constante de pegarle a un tronco sumergido o romper la hélice”, relata.
Y agrega que “en épocas de lindo clima o verano también he ido remando en mi bote, lo cual me implica varias horas de navegación”.
Morgantini practica canotaje desde hace años. Su vínculo con esa actividad comenzó en Tigre, en la escuela y guardería de kayak A Remar, y continuó hasta convertirse también en una parte de su vida cotidiana.
El traslado docente en lanchas colectivas o escolares es gratuito. Pero llegar a las escuelas más alejadas no siempre es sencillo. “Para llegar a las escuelas del Delta profundo o arroyos más chicos hay que tomar una lancha de pasajeros y, tras varias horas de navegación, hacer trasbordo a una embarcación más chica para poder entrar”, explica y agrega: “Cuando el río baja, la lancha escolar no puede ingresar a ciertos arroyos”.
La neblina también puede complicar los viajes. En algunos casos puede provocar el cierre del puerto y, en otros, obligar a las embarcaciones a esperar en el río antes de cruzar cauces anchos como el Paraná de las Palmas. “Puede pasar que tengamos que esperar 45 minutos o una hora antes de cruzar”, cuenta.
Cuando llega una sudestada, la situación es todavía más compleja. “Con la sudestada la isla se inunda, lo que impide que los chicos salgan de sus casas y muchas veces obliga a suspender las clases”, explica. En las islas, el reloj no siempre manda. Muchas veces, quien decide cuándo se llega a la escuela es el río.
Las distancias, los horarios de las lanchas y los costos que implicaría realizar el trayecto todos los días hacen inviable el viaje de ida y vuelta, por lo que la escuela se convierte durante buena parte de la semana en un lugar de trabajo y convivencia.
“Hay docentes que ingresan a la escuela los días lunes y permanecen en la institución hasta el viernes”, cuenta Morgantini. Son jornadas que implican quedarse lejos de sus casas durante toda la semana y sostener la tarea cotidiana en un territorio donde llegar y volver también forma parte del desafío.
Para Nacho, ese esfuerzo merece ser destacado. La tarea de sus colegas, que dejan sus hogares y permanecen en las escuelas durante varios días para garantizar las clases, también forma parte de la realidad particular de enseñar en el Delta.
La dinámica de esas escuelas también está marcada por sus pequeñas comunidades y por una organización diferente a la de los establecimientos del continente. “Son instituciones con matrículas pequeñas, alrededor de 12 alumnos, y en muchos casos las directoras cumplen simultáneamente el rol de maestras a cargo de aula”, explica.
“Se trabaja mediante agrupamientos integrados, como primer, segundo y tercer grado por un lado, y cuarto, quinto y sexto por otro”, detalla Morgantini.
La modalidad alcanza a todas las áreas del diseño curricular, incluidas materias especiales como Educación Física y Música. La escuela también cuenta con comedor y se convierte durante buena parte de la semana en un espacio de convivencia entre quienes trabajan allí y los alumnos.
Pero hay necesidades básicas que siguen sin resolverse. En las aulas hay estufas, pero no hay gas para poder utilizarlas, una situación que se vuelve especialmente dura durante los días de frío. “Es una realidad lamentable”, resume Morgantini.
Esa realidad escolar está atravesada, además, por las condiciones en las que viven muchas de las familias del Delta. En distintas zonas no hay luz eléctrica y, donde existe, los cortes pueden ser constantes. La calefacción de las casas suele hacerse con salamandras a leña.
En ese contexto, el vínculo con la comunidad adquiere una dimensión especial. “Existe un profundo respeto hacia la figura del docente, tanto por parte de los alumnos como de las familias y la comunidad”, sostiene.
El trabajo, al igual que la escuela, está profundamente ligado al territorio. Familias y jóvenes se dedican a actividades vinculadas con el monte, como el corte de caña, junco y mimbre. “La pesca y la caza se realizan de forma artesanal y principalmente para subsistencia, para obtener la proteína y la carne del día a día”, describe.
“La vida escolar transcurre en un ambiente tranquilo e integrado con la naturaleza”, cuenta Morgantini. Es habitual encontrarse con pavas de monte, gallinetas y distintas especies de aves. También aparecen zorros, carpinchos y nutrias. Y, dentro del monte, en los días más calmos, puede aparecer incluso el ciervo de los pantanos.
Para Morgantini, ese paisaje también transforma la manera de enseñar. “Dar Educación Física al aire libre en este entorno tiene una magia única”, explica. Para los chicos, la clase se convierte en un espacio de encuentro, juego y aprendizaje que adquiere un sentido diferente en un territorio donde la naturaleza forma parte de la vida cotidiana.
Su mirada sobre la docencia también está atravesada por experiencias anteriores. Además de su trabajo como profesor de Educación Física en las escuelas de la isla, participó como docente en programas y propuestas sociales desarrolladas en cárceles y otros contextos de encierro, una experiencia que, según cuenta, tuvo un fuerte impacto en su formación humana y en su manera de vincularse con los demás. Hoy lleva esa experiencia a las escuelas del Delta.
“Más allá del esfuerzo, los tiempos de navegación y el gasto que significa el traslado continuo, lo que me mueve todos los días es el compromiso con los chicos y con la comunidad de la isla”, sostiene.
Fuente: Christian Thomsen Hall para La Noticia 1
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