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El ciervo de los pantanos, ese vecino silencioso
A kilómetros del Obelisco porteño, habita el ciervo autóctono más grande de Sudamérica. Expertos lo estudian para su conservación y puesta en valor.
Navegábamos en un día lluvioso por el Paraná Miní rumbo a la boca con el Río de la Plata, cuando, cerca del arroyo Diablo, el guía de pesca grita: ‘¡Ciervo!’. En efecto, la cabeza del animal asomaba en el agua, a la altura de la mitad del curso. Al sentir el ruido de la lancha, apuró la natación, por lo que apagamos el motor y nos dejamos acercar por la corriente hasta poder visualizar a pocos metros este maravilloso ejemplar, el cérvido más grande de Sudamérica. Y este era un macho, dado que tenía cornamenta. Nos dedicamos a filmarlo y fotografiarlo. El ciervo terminó su trayecto y, de un salto veloz, se perdió en la espesura del monte isleño. Tuvo suerte de toparse con gente con cámaras de fotos y no con escopetas. Invitamos a los pescadores e isleños a cuidar esta especie con estatus de Monumento Natural, porque, aunque su caza esté absolutamente prohibida, su población del Delta está amenazada”.
Así, Christian “el Poyo” Veltri, guía de pesca, y el tenista correntino Leonardo Mayer repasaron este emocionante hallazgo en una jornada de pesca de corvina, en ocasión del aniversario de un suplemento de un diario.
El ciervo de los pantanos (Blastocerus dichotomus para la ciencia) es un animal hermoso e imponente que se pasea por esta zona desde tiempos inmemoriales, tanto que Lobodón Garra, seudónimo que usó el escritor Liborio Justo, hijo de Agustín P. Justo, lo menciona como un habitué del Litoral profundo en su libro Río Abajo, editado en 1955. “De tanto en tanto seguía sendas que señalaban el frecuente paso de los ciervos”, cita en su relato Nutrieros.
Hoy, pese a urbanizaciones y producciones forestales intensivas, sobrevive, tímido y anónimo, en los humedales del Delta Inferior, superficie que ocupan los municipios bonaerenses de San Fernando, Campana y Zárate. En el país, la mayor parte de su población está en los esteros del Iberá, pero aquí, a tan solo cuarenta kilómetros del Obelisco, unos mil quinientos ejemplares viven, se desarrollan, buscan pareja y se reproducen. Pertenece al singular grupo de los “ciervos anfibios”, junto al Barasingha de la India y Nepal –almuerzo corriente del tigre de Bengala– y el ciervo acuático chino, dueño de asombrosos colmillos. En Sudamérica es el máximo exponente de los ciervos nativos: puede pesar hasta ciento cuarenta kilos, los machos tienen astas y las hembras tienen cría cada nueve meses. Antiguamente, se radicaban desde el sur del Amazonas y el sur de Perú hasta el Delta del Paraná.
Con el progreso de las ciudades, su presencia fue mermando y solo quedan por estos pagos poblaciones importantes en los ya nombrados esteros del Iberá, en Formosa y en el Delta Inferior del río Paraná, este último, objeto de estudio de Proyecto Pantano. “Sacamos ciervos de canchas de tenis, piletas de natación y galpones, porque cuando sube el agua, el ciervo se refugia donde puede”, revela Javier Pereira, director del Proyecto Pantano. Y enfatiza: “Cuando nosotros arrancamos con esta labor, se creía que aquí había unos quinientos animales; ahora se estima que serían unos mil quinientos. Su distribución se restringe al Bajo Delta, limitado por Zárate, la zona de los puentes y la ruta 12 hasta el Río de la Plata; tanto en Buenos Aires como en Entre Ríos”.
Desde hace unos años, investigadores del Conicet, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), ONG ambientalistas, productores y empresas forestales, además de veterinarios y guardaparques, encabezaron este ambicioso “Proyecto Pantano”, con el propósito de examinar al ciervo, analizar su ecología espacial, su genética poblacional y los factores que afectan su supervivencia en el área. Con estos datos aspiran a planificar el desarrollo sostenible de la región y proteger al ciervo de la caza furtiva y de la persecución innecesaria. Su director, Javier Pereira, aclara: “Hablamos del ciervo nativo más grande de Sudamérica y una de las especies más carismáticas de la fauna argentina. Pero fue perdiendo terreno hasta quedar relegado a lugares inaccesibles o en el interior de plantaciones con escaso manejo. Los inicios de esta movida se remontan a mediados de la década de los noventa, con la creación de la Reserva de Biósfera Delta del Paraná, en San Fernando. Pese a ello, las noticias de matanzas de ciervos continuaban y era difícil poder plantear medidas adecuadas. Ante este panorama, investigadores del INTA Delta y del Conicet pusieron en marcha, en 2012, varias líneas de trabajo para tratar de optimizar la situación de este animal. Así se fueron sentando las bases del Proyecto Pantano, que se materializó formalmente en 2015, tras la financiación del Banco Mundial”.
Hay equipo
Algunos pueden pensar que es ciencia ficción. Pero no. En 2015, especialistas de Proyecto Pantano capturaron a cinco ejemplares del ciervo y le pusieron un transmisor con un GPS. “Tenemos que estar muy agradecidos con estos cinco animales, ya que nos dieron muchas respuestas, como que habitan principalmente en zonas de pajonal –donde comen plantas nativas– y en el corazón de explotaciones forestales, aunque a priori podría suponerse lo contrario. Hay pequeñas urbanizaciones, muchos campos ganaderos y pastizales abiertos, pero allí no se meten –ahonda Pereira, quien, a su vez, se desempeña en el Grupo de Genética y Ecología en Conservación y Biodiversidad (GECOBI) del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia–. Con los transmisores también descubrimos que los ciervos son habilidosos para nadar y cruzar ríos, como el Paraná de las Palmas, que tiene un kilómetro de ancho. Consideremos que es el corredor fluvial del Mercosur y cruzan nadando entre buques de gran calado… ¡Imagino lo que debe ser para ellos esa travesía!”.
–¿Qué se sabe sobre su alimentación?
–Había un mito acerca de que el ciervo come mucha forestación, daña o hace perder rentabilidad. Por eso nos adentramos en su dieta para chequear si ese consumo podía causar un impacto peligroso. Después de un año, comprobamos que prefiere plantas nativas y las especies comerciales abarcan menos del uno por ciento.
–Aun así los productores se quejan…
–Sí, porque, por ejemplo, cuando las astas están en su etapa de crecimiento, lo hacen con una felpa que genera picazón, por lo que los ciervos se frotan contra los árboles de determinado tamaño, usualmente los más chiquitos. Eso sí puede provocarle problemas al productor. Por eso es fundamental que ellos, sean pequeños, medianos o grandes, tengan un rol activo en Proyecto Pantano, para que juntos podamos buscar alternativas para disminuir los riesgos y para que la producción forestal sea rentable, no solo desde el punto de vista económico, sino que sea compatible con la conservación de la naturaleza.
–La filosofía es que las soluciones surjan en el propio campo
–Es que así es posible entender qué medidas pueden ser aplicables en sus esquemas de producción y cuáles pueden ser los inconvenientes para la conservación. Consensuamos con grandes empresas que dejen sectores dentro de sus predios como reservas, donde las especies silvestres puedan resguardarse. Pero a un productor con pocas hectáreas no se le puede pedir ese esfuerzo. Sin embargo, todos deben colaborar para reducir el ingreso de cazadores furtivos, o avisar cuando ven actitudes sospechosas. A cambio, los ayudamos a diseñar sus producciones para que sean amigables con la naturaleza local.
La meta es transformar al ciervo de los pantanos en una herramienta que promueva el desarrollo y nuevas fuentes de trabajo. Por caso, los pescadores deportivos se dieron cuenta de que poder advertir a los ciervos durante sus excursiones le da un plus a la experiencia. “Otro punto que nos interesa es incentivar el ecoturismo. Esteros del Iberá es un destino ecoturístico internacional gracias a su paisaje y la extraordinaria fauna que alberga. Eso permitió el crecimiento de algunos pueblos cercanos. El Delta tiene el mismo potencial, pero no está del todo aprovechado, salvo pocas excepciones. Apelamos a que el ciervo pueda motorizar no solo el turismo nacional, sino internacional”, se ilusiona Pereira.
Cerrando el 2018, se consolidó el sueño de tener el Parque Nacional Ciervo de los Pantanos, que une la reserva Otamendi con la del río Luján. “Eso pone en valor a la especie. A su alrededor residimos catorce millones de personas, pero, según una encuesta reciente, menos del uno por ciento sabe de su existencia. En épocas en las que abundan proyectos de emprendimientos naúticos o countries, se trata de definir el modelo de mundo en el que queremos vivir. O seguimos avanzando hacia el concreto, los monocultivos y la tierra arrasada, o integramos a nuestra vida los servicios que la naturaleza puede brindarnos”, concluye Pereira.
Fuente: Andrea Albertano para Revista Nueva | Fotos: Roberto Rainer Cinti para Proyecto Pantano

