INFORMACIÓN GENERAL

A 50 años del último golpe de Estado: El Silencio, en medio de nuestro Delta

A 50 años del último golpe de Estado: El Silencio, en medio de nuestro Delta

Por Sabrina García

Los números redondos suelen ser más significativos. Claro está que no significa lo mismo un aniversario de nacimiento, por ejemplo, que el inicio de un genocidio. Lo cierto es que en ambas situaciones la fecha no pasa inadvertida. El 24 de marzo es una jornada que sirve para traer al presente algo de esa historia que nos marcó como país. En el Mes de la Memoria y a 50 años del último y más salvaje golpe de Estado, recuperamos una parte de la historia de nuestro Delta y de la función que cumplió la Quinta El Silencio.

Este 24 de marzo no es un aniversario más. Se cumplen cinco décadas desde que un golpe de Estado se llevó puesta nuestra democracia, instauró el terror y la persecución, desapareció, violó, torturó y asesinó a personas de todas las edades y condiciones sociales, obligó a las mujeres embarazadas a parir en cautiverio y a apropiarse de esas niñas y niños a quienes además les robaron su identidad.

Nuestra ciudad no estuvo al margen de ese clima de época. El corredor norte estuvo signado por la reivindicación de la lucha de los obreros navales –principalmente de los Astilleros Astarsa-, ceramistas y automotriz -como fue el caso de Ford-. Muchos de esos trabajadores, militantes sindicales, políticos y sociales, continúan desaparecidos. Sumada a esas historias hay otra huella que nos lleva al corazón del Delta sobre el arroyo Tuyú Paré en tercera sección.

En medio de ríos, barro y cañaverales se encuentra la Quinta El Silencio. Su nombre, seguramente fue elegido para representar lo que la naturaleza ha indicado para ese lugar: apenas un silbido del viento cruzando entre las hojas, el golpeteo del agua, algún motor a lo lejos, el cantar de los pájaros. Pero la historia también quiso que ese silencio también fuera implementado como disciplinador para aquellos isleños que debieron ‘mirar para otro lado’ cuando el lugar se convirtió en no fuera en un centro clandestino de detención.

El refugio del horror

La historia de El Silencio está intrínsecamente ligada a uno de los momentos clave de la resistencia por los derechos humanos: la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en 1979. Recordemos que el golpe de Estado se produce el 24 de marzo de 1976 y dos años más tarde la Argentina era sede del Mundial ’78. La disputa deportiva permitió que en el mundo algunos países hablaran sobre los delitos de lesa humanidad que se vivían en nuestro país.

Mientras el periodista Joaquín Morales Sola escribía en Clarín sobre la inauguración del Mundial ’78 en la cancha de River: “Videla, en su primera experiencia multitudinaria improvisó un breve discurso que sirvió la línea conciliadora y pacifista (…). Argentina es capaz de reponerse , erguirse sobre sus frustraciones y recomponer el espíritu cuando algo definido le da una razón para resistir, cuando en el horizonte tiene un objetivo para alcanzar”, a poco más de 10 cuadras se encontraba la ESMA, el centro clandestino de detención, tortura y exterminio.

Del otro lado del océano el matutino francés Le Fígaro hacía una encuesta donde consultaba a sus lectores si la selección de Francia debía renunciar a su participación del Mundial ’78 como muestra de rechazo al régimen no democrático de Argentina. En mayo del ’78 (un mes antes del comienzo del mundial) la BBC puso al aire un informe sobre los campos de concentración. Y mientras la pelota rodada en el estadio un equipo de la Televisión Holandesa liderado por el periodista Jan Van der Putten entrevistó a las Madres de Plaza de Mayo. El documental visibilizó internacionalmente las desapariciones forzadas.

‘No se puede tapar el sol con la mano’, dice el dicho popular y a partir de los cientos de denuncias de violaciones de derechos humanos que recibían a diario, una comitiva de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) visitó nuestro país en septiembre de 1979. Uno de los destinos de visita era la ESMA, uno de los principales centros clandestinos de detención.

Víctor Basterra tenía 35 años, era obrero gráfico y militaba en el Peronismo de Base, cuando el 10 de agosto de 1979 fue secuestrado junto a su mujer, Dora Laura Seoane, y su hija María Eva, de apenas dos meses, por un grupo de tareas de la ESMA que irrumpió en su casa de la localidad bonaerense de Valentín Alsina.

En la Escuela de Mecánica de la Armada fue torturado durante días y sobrevivió de milagro: tuvo dos paros cardíacos mientras le aplicaban la picana eléctrica. Fue uno de los sobrevivientes que pudo explicar lo que significó esa visita de la CIDH: “Nos llevaron de la ESMA a la Quinta El Silencio en la isla porque venía la CIDH y querían ocultarnos”.

En aquel entonces, el Grupo de Tareas de la Marina trasladó a un grupo de detenidos-desaparecidos hacia el corazón de nuestro Delta. Allí, en una propiedad que pertenecía al Arzobispado de Buenos Aires y que fue cedida a la Armada, los prisioneros fueron obligados a realizar trabajos forzados mientras en Buenos Aires los militares repetían el eslogan “Los argentinos somos derechos y humanos”.

“Salimos en dos tandas: primero salió una de ‘Capucha’ (*) y al otro día salió la otra tanda en la que iba yo. Estábamos encapuchados a la orilla del río, yo pensaba ‘ahora nos pegan un tiro en la cabeza’. Era lo más seguro. Sentíamos la proximidad del agua, no se oía nada, solo las voces de los milicos que hablaban entre ellos”, declaró Basterra en varias oportunidades.

Basterra fue uno de los 15 detenidos-desaparecidos que vivieron acinados bajo la casa construida sobre parafitos en el Delta. Sobre el barro que dejaba la marea, sin poderse poner de pie porque se los impedía la altura del lugar, permanecieron encerrados mientras se llevó a cabo la visita de la CIDH.

[Ver: Víctor Basterra: “Nos llevaron de la ESMA a la quinta´El Silencio´en la isla porque venía la CIDH y querían ocultarnos”]

Señalizar para reconstruir la historia

Carlos Muñoz fue otro de los sobrevivientes. Regresó a El Silencio en el 2019 cuando se llevó a cabo la señalización como Sitio de Memoria. “Volver por primera vez a El Silencio fue enfrentarse a los fantasmas, pero también reafirmar que estamos vivos para contarlo”, dice y hace referencia a los otros detenidos-desaparecidos que fueron “trasladados” (eufemismo utilizado por los represores para referirse al asesinato).

[Ver: Carlos Muñoz, volver por primera vez a ‘El Silencio’]

Durante décadas lo ocurrido en el Delta sanfernandino permaneció bajo un manto de olvido, del silencio. La lucha de los organismos de derechos humanos y la decisión política permitieron que la Quinta El Silencio fuera finalmente señalizada como Sitio de Memoria.

Como destacamos en notas anteriores, esta señalización fue fundamental. No se trató solo de colocar un cartel en medio del río, sino de recuperar un territorio para la verdad. Tal como se dijo en aquel acto que esperó 40 años para concretarse: “La señalización de la Quinta El Silencio es fundamental porque nos permite sembrar un futuro diferente”, dijo aquel día Graciela Villalba, hija de Mauricio Villalba (detenido-desaparecido) e integrante de la Comisión por la Memoria, Verdad y Justicia zona norte (CMVJZN).

En tanto, Raque Witis, también integrante de CMVJZN, dijo en aquella oportunidad: “Las señalizaciones marcan el horror, señalan a quiénes lo perpetraron, buscan verdad y justicia, porque cuando uno señaliza o coloca una baldoza siempre alguien se acerca y brinda su testimonio de lo que vio o escuchó. Las señalizaciones son fundamentales porque permiten que las generaciones se apropien de la historia, nos permite sembrar un futuro diferente y construir un país sin exclusiones”.

[Ver: “La señalización de la Quinta ‘El Silencio’ es fundamental porque nos permite sembrar un futuro diferente”]

Quienes hacemos San Fernando Nuestro tenemos un compromiso con la democracia y los derechos humanos. A 50 años del golpe militar reafirmamos nuestro compromiso. Por eso decimos ‘Nunca Más’.

(*) Capucha estaba ubicado en el tercer piso de la ESMA. Allí las personas detenidas desaparecidas permanecían esposadas de pies y de manos, con una capucha o antifaz de tela en la cara. Ubicadas sobre colchones en el piso y aisladas en cubículos, cuando ingresaban a este lugar ya no eran reconocidas por sus nombres, sino identificadas por un número. Los prisioneros permanecieron en Capucha horas, días, meses y, algunos, hasta años.


Sin Comentarios

Escribí un comentario
Todavía no hay comentarios! Vos podés ser el primero en comentar este post!

Escribí un comentario

Tu e-mail no será publicado.
Los campos obligatorios están marcados con*


+ 5 = 14