OPINIÓN

Ahora nos volvimos a ilusionar y a emocionar

Por Sabrina García

Son las once de la noche el cuerpo agotado por tanta tensión, los párpados duros se caen de las lágrimas derramadas.

Fue un día cargado de emoción: alegría, sufrimiento, alegría, nuevamente sufrimiento, y así hasta finalmente habernos coronados campeones. Los festejos, en nuestro caso en las cinco esquinas, de autos cargados con personas vistiendo la albiceleste, bocinas, vuvucelas, saltar, gritar, cantar. Los pibes de la camioneta que llevan el equipo de música y ‘ordenan’ un poco los festejos, la nena de unos 3 años que despliega su baile de carnaval, el loco que se vino con un cuadro de Maradona, los que trajeron las siluetas de Messi en tamaño real, las señoras que se asomaron por la terraza del edificio de La Barbería y recibieron a coro el cántico ‘Abuela, la, la, la, la, la’. Todos fuimos parte de la fiesta. Un domingo hermoso, inolvidable.

Volver a ver cientos de veces la repetición de los goles, los festejos en todas partes del mundo, a nuestros jugadores y sus primeras palabras. No nos alcanza el tiempo para poder estar en todos lados, en todos los festejos. Es tan grande la alegría que queremos compartirla con todos.

De a poco las bocinas empiezan a sonar más dispersas, el silencio de la noche se hace presente. Me acuesto repasando cada momento, cada situación, como si quisiera grabarlas a fuego en la mente. De repente un hombre solo canta con gran emoción: “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar…”. La voz se acerca y se aleja, pienso en aquel vecino del edificio que suele compartir los partidos con amigos pero no, no es él. Me asomo por la ventana y lo veo al recolector, con la camiseta de Argentina y cantándole al viento como si estuviera en Qatar y frente a él la selección. Con una mano junta bolsas que las lleva al centro de la calle para hacer el ‘achique’ y con la otra revolea una remera. El camión, en la esquina y a punto de ingresar, lo segundea con la bocina mientras otro compañero viene corriendo a su encuentro.

Y así, cantando y felices, se llevan los desechos de la cuadra. Cuando vos creíste haber visto todo esta imagen se te mete de prepo por los ojos y te vuelve a emocionar. La felicidad de ustedes, muchachos, que salieron a laburar después de una jornada agotadora para todos y que lo hicieron así cantando y felices es lo que necesitaba para cerrar el día.

Después de tantas palabras dichas y tanta moralidad puesta sobre la mesa en estos días, lo más hermoso que nos regaló la selección fue permitirnos disfrutar y festejar con otros, sin importar lo que cada uno piensa en particular. Nos pudimos fundir en un abrazo, compartir la misma alegría. Porque la alegría es más hermosa si es compartida.


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