OPINIÓN

Contra la corriente

Ingrid Sarchman

Por Ingrid Sarchman*

El río, de Débora Mundani, recupera los cruces entre literatura y política, y Los estudios culturales, de Frederic Jameson, va en la misma dirección.

La primera vez que escuché la palabra “posmodernidad” estaba empezando la carrera de Ciencias de la Comunicación a comienzos de los ‘90. La materia se llamaba Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo (se abrevia como “PCPC” y se pronuncia “pecepecé”) y teniendo en cuenta el contexto y la época, leíamos a Marx para entender de qué hablaban y sobre qué discutían los posmarxistas. Lo “pos” estaba tan de moda como la palabra “globalización”, y en las aulas del viejo edificio de Marcelo T de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, ambas eran sometidas a diversas críticas. En una de esas aulas, y en la misma época, conocí a Débora Mundani. Hoy en día, cuando nos preguntan cómo nos hicimos íntimas amigas, adornamos la anécdota inicial, le agregamos detalles coloridos, y hasta es probable que inventemos alguna situación que nunca existió. Al fin y al cabo, ella ya había empezado, aunque no lo supiera formalmente, su carrera como escritora de ficción; y yo, aunque después giré un poco el volante, siempre tuve una imaginación muy fecunda. De todas maneras, no puedo decir que eso haya sido lo que nos hizo hablar la primera vez, ni la segunda, ni todo lo que vendría después. Prefiero pensar que la amistad es algo más que una coincidencia de época y lugar.

En todo caso, la Facultad de Sociales era un lugar ecléctico donde convivían las teorías críticas de los ’60 y ’70 con nuevas perspectivas sobre el análisis de la cultura. Si la El ríonoción de clase ya no bastaba para explicar las lógicas sociales, tampoco eran suficientes las teorías de comunicación que asumían la existencia de un emisor omnipresente y una audiencia pasiva. Y cuando los esquemas se complejizaron, aparecieron en nuestros programas los Estudios Culturales.

Richard Hoggart, Raymond Williams, Stuart Hall y Edward P. Thompson fundaron, en el contexto de la crisis de posguerra, lo que se conoció como la Escuela de Birmingham: un centro de estudios orientado a pensar los nuevos sentidos en una sociedad en reconstrucción. La primera vez que leímos La cultura obrera en la sociedad de masas, de Hoggart, el docente nos insistió en que prestáramos atención a la forma en la que el autor describía a la clase obrera: “Hoggart describe el hogar de su infancia, pero lo hace desde su doble lugar de hijo de obreros que ha llegado a la universidad. Proviene de las clases bajas pero ha podido ascender socialmente, y por eso su análisis puede leerse como una autobiografía, pero también como el síntoma de una época y de una clase social. Los Estudios Culturales son el síntoma de una Europa que pone en crisis todas sus categorías, especialmente la de clase social, y la reemplaza por ‘cultura’ y ‘subculturas’”. Algo así nos decían.

Creo que para esa época, Débora empezó a escribir El río, novela que por esas cosas del destino se publicó hace sólo unos meses por Corregidor. Por eso, y aunque en la solapa del libro diga que es su segunda novela (en el 2012 había publicado Batán), en sentido estricto esta se gestó mucho antes. El río fue escrita en esa época donde los Estudios Culturales hacían mella justo ahí donde los grandes relatos se ponían en crisis. Y entonces, en la misma semana que me sentaba a reseñarlo, con todos los problemas que implica hacerlo con un autor que uno conoce demasiado, Ediciones Godot sacó Los estudios culturales de Frederic Jameson, académico norteamericano, heredero de esta corriente. No pude evitar pensar que ambos libros estaban conectados, de alguna manera. No sólo coincidían en haber sido escritos casi veinte años antes de su publicación, sino que, y a pesar de las diferencias de género, de tono, de ambiente, e incluso de lectores ideales, los dos reformulaban la idea de relato lineal, aunque llegaran a conclusiones distintas.

Porque El río cuenta tres historias, aunque sean la misma; como el caudal de un río, va cambiando de color según sea la profundidad del fondo. Y aunque las tres narraciones tienen un orden cronológico, todo parece estar sucediendo en el mismo plano, aquel que advierte una y otra vez que el destino, si es que existiera, tiene reglas de las que no se puede huir. Así aparece Horacio, un taciturno isleño que debe cumplir con el deseo de su madre de ser enterrada en Trinidad, su pueblo de origen, y que para eso deberá navegar río arriba bajo las peores condiciones climáticas con Los estudios culturalesel ataúd que no se anima a cerrar del todo. En un canal fluvial paralelo, y muchos años antes, Juan se emplea como yerbatero en condiciones casi esclavas. Luego una huida, una historia de amor inconclusa y otra vez Horacio, ahora sí, en tiempo de presente absoluto, navegando sin brújula con el cajón de su madre. Un cuerpo que pivotea entre el cadáver que, acorde con las leyes de la física, se va pudriendo, y la imagen de la madre idealizada. Y entonces el encuentro final con un personaje que conectará los tres afluentes como evidencia de que a veces las cartas ya están marcadas antes de empezar la partida.

Construyendo un relato tan clásico donde cada elemento, aunque pareciera a la deriva, terminaba anudándose al final, Débora escribía contra el canon, contra esa impronta deconstructiva de los relatos de fin del siglo XX que se sentían tan cómodos definiéndose por la negativa. En ese sentido, Jameson afirmaba: “Sean lo que sean, los Estudios Culturales emergieron como resultado de la insatisfacción producida por las otras disciplinas. (…) Definirlos significa dejar de lado lo que no son”. Porque esta recopilación de conferencias y de críticas que forman parte de este libro no hacen más que mostrar las dificultades que tienen las disciplinas tradicionales en ciencias sociales para definir objetos de estudio: los negros, las mujeres, los obreros, los jóvenes de los suburbios, cualquier grupo subalterno, pero también los problemas para identificarse con el propio territorio y de establecer diferencias con los demás. Cada capítulo del libro apunta a la imposibilidad de definir categorías estancas y cerradas.

El río va contra la corriente en varias de esas cuestiones porque, reconociéndose heredera de Haroldo Conti y Enrique Wernicke, entre otros, recupera los cruces entre literatura y política de la década del ’70; aquella corriente que tomaba la metáfora de lo fluvial para plantear la construcción de una identidad latinoamericana definida por un destino común y diferenciado de lo eurocéntrico. Discusiones que, veinte años después y con la caída del muro, no sólo se ponían en crisis sino que parecían haber quedado viejas a la luz de las nuevas teorías sociales. ¿Era casualidad que El río hubiera sido escrito mientras Jameson pensaba la figura del intelectual, del profesor, e incluso de la función de la universidad en un mundo en crisis? Ahora creo, y a lo mejor se lo pregunto directamente a Débora, que su novela es un manifiesto que cuestionaba nuestro propio lugar como estudiantes universitarios de ciencias sociales, medio progres y un poco posmodernos.

Las preguntas que persistían en cada aula eran cómo hacer teoría social en un mundo que ha perdido sus certezas, cómo entender la política y la economía por fuera de las clásicas definiciones de derecha o izquierda. Es por eso que los estudios culturales insistían y siguen insistiendo con el problema de la identidad. Jameson concluye que la función de esta corriente, si es que tuviera alguna, es la de elaborar una agenda que pueda abarcar los temas y asuntos nacidos a la luz de la época. Un tipo de teoría social que pueda establecer relaciones y diálogos entre las distintas disciplinas para integrar los nuevos síntomas sociales.

Veinte años después los síntomas han cambiado, el derrumbe de certezas fue reemplazado por un mundo hipertextualizado e hipertecnologizado donde todos somos emisores, receptores y productores de contenido, pero especialmente, donde todo está disponible a un click de distancia. La política, en parte, se ha vuelto pura exhibición y las identidades ciudadanas son, en su mayoría, largos posteos en los muros de Facebook, de intenciones subjetivas o demostraciones empíricas que, para el caso, son más o menos lo mismo.

Tal vez sea un buen momento para revisar la historia de las ideas, de los relatos construidos a lo largo del siglo pasado, desnaturalizando un presente que, por momentos, resulta un tanto acrítico y con tendencias a suponer que “siempre ha sido así”. Después de todo, recuperar la dimensión histórica de las prácticas actuales es un buen ejercicio de lectura. Así dispuestos, los dos libros no sólo recuperan su actualidad, sino que muestran, cada uno desde su registro, que escribir siempre es un saludable signo de crisis, de incertezas, y por qué no, de una búsqueda colectiva y situada. Y si los ’90 fueron un semillero de ideas nuevas, de discusiones sobre lo que se dejaba y se tomaba, ahora, mirando mi biblioteca, puedo suponer por qué veo conexiones entre libros que en apariencia no las tienen y por qué con Débora conservamos la saludable costumbre de seguir pasándonos textos y discutir, a veces, fervorosamente, como si todavía cursáramos en Marcelo T.

(*) Ingrid Sarchman es ensayista, docente e investigadora en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). En Twitter es @gridsar.

Nota publicada en La agenda Buenos Aires


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