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Cuidados especiales (Esteban Valentino)

Cuidados especiales (Esteban Valentino)

Hay veces que pasan cosas raras. Pero vienen solas y no llaman mucho la atención. Pasan y listo. Sanseacabó. Chaupinela. Pero también hay veces que pasan muchas cosas raras juntas. Entonces se hace más difícil mirar para otro lado y hacerse el que no se sabe nada.

Ese amanecer, por ejemplo, no prometía demasiado. El sol salió por el este y empezó a repartir su calorcito por todo el pueblo. La gente se levantaba de la cama, se lavaba la cara, desayunaba café con leche con tostadas y salía. Luis al menos hacía así.

Pero esa mañana tomó la leche con más calma que de costumbre, porque tenía tiempo de sobra. Se puso
el guardapolvo, le dio un beso a la mamá y se fue.

Esperó, como todos los días que iba a la escuela, el colectivo en la esquina de su casa.

Pero algo debió de haber pasado, porque no había caso: no venía y no venía. Y encima ya se le hacía tarde.

Entonces pasó la primera cosa rara de esos días. De la casa de enfrente salió Carlitos en su silla de ruedas. Carlitos es lisiado, así que no era eso lo extraño. No.Lo curioso era que esa silla venía con un motorcito que la hacía andar como si fuera una motoneta. Y encima Carlitos le había puesto un cartel que decía: “Colectivo línea 0: esta unidad dispone de un lugar para personas no discapacitadas.”

Paró al lado de Luis.–Voy a la escuela, ¿venís? El boleto es gratis.

Luis se subió a la parte de atrás de la silla y ese día felizmente no llegó tarde. Lo bueno fue que los demás días tampoco llegó tarde, porque la línea 0 los llevaba siempre a los dos a la escuela y los traía de vuelta a casa. Todo andaba bárbaro.

Hasta que pasó la segunda cosa rara de esos días. Fue un viernes. Luis esperó y esperó, pero nada: Carlitos no aparecía. Al fin se cansó y lo fue a buscar. Lo encontró en la cama, y con cara de enojado.

–¿Y, viejo?–preguntó

–Andá, salí –dijo Carlitos–. Se me rompió la silla y hubo que mandarla al taller. Tiene para varios días. Chau línea 0 por un tiempo.

“Chau tres pepinos”, pensó Luis mientras se iba. “Si se acaba la línea 0 hay que crear otra línea.

“Y entonces pasó la tercera cosa rara de esos días. Luis fue corriendo a hablar con el otro compinche, el gordo Barreiro, y ese fin de semana se encerraron en el taller del fondo a darle con todo al serrucho, a los clavos y al martillo. Cuando la mamá y el papá de Luis preguntaban qué estaban fabricando, el gordo ponía su mejor cara de misterio y decía:

Menos adivina Dios y pregunta.

Y se metían de vuelta en el taller a seguir con las herramientas y los ruidos raros. Al rato aparecía de vuelta el gordo.

–Señora, este trabajo está a punto de matarnos. Digo yo, ¿no tendría un par de panes con manteca y azúcar o algo parecido?

En fin, el caso es que el domingo a la noche sacaron al patio uno de esos cargadores que usaban los reyes de antes para que los llevaran, con dos palos largos en cada punta y una casita sin techo en el medio. Y además le pusieron un cartel que decía: “Colectivo línea 1000: esta unidad dispone de un lugar. Es para Carlitos.

“El lunes se aparecieron bien temprano con el colectivo número 1000, cargaron a su amigo y se lo llevaron entre los dos a la escuela.

Poco después, Carlitos volvió a tener el suyo, pero hubo que cambiar el cartel, que ahora decía:

“Colectivo línea 0: esta unidad dispone de dos lugares para personas no discapacitadas”, porque
también el gordo viajaba en esa línea.

Claro, los tres pasajeros de ahora pesan más que los dos pasajeros de antes y entonces el único colectivo de la línea 0 se rompe más seguido y tiene que ir al taller. Pero no hay problema. El único colectivo de la línea 1000 está guardado en el fondo de la casa de Luis, esperando. Y siempre que lo necesitan entra en servicio.

Esteban Valentino


Sobre el autor:

Esteban ValentinoEsteban Valentino nació el 11 de diciembre de 1956, en Capital Federal. Desde hace varios años reside en San Fernando.

Algunas de sus obras son: El hombre que creía en la luna; Las lágrimas nacen en Grecia; Caperucita Roja II; Sobre ruedas. Fue periodista de El Diario de Neuquén y también escribió una obra de títeres: La balada del pájaro caminador.

Entre los premios y distinciones que obtuvo figuran: Premio Nacional de Poesía, autores inéditos, 1983; Premio de la Universidad del Comahue, 1988; Premio Amnesty International 1995; Caperucita Roja II fue considerado por ALIJA entre los tres mejores libros de 1996.

Estuvo exiliado durante la Dictadura Militar en México y allí trabajo para Editoriales como prologuista y adaptador, entre sus adaptaciones más reconocidas hizo una del “Poema del Mio Cid”.

Es uno de los autores de literatura infantil y juvenil más editados y reconocidos de nuestro país, sus obras frecuentemente forman parte de los libros de textos y manuales de la escuela primaria y secundaria.

El presente cuento ha sido escogido por el Ministerio de Educación de Nación para formar parte del programa “Derechos de la Infancia”


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