NUESTROS ESCRITORES

El canal de San Fernando, de Roberto Arlt

El canal de San Fernando, de Roberto Arlt

Diario El Mundo, 3 de agosto 1933

Le parecerá mentira, se resistirá a creerlo, pero en el canal de San Fernando, amarrado, duerme a la orilla un pailebot que se llama “Siempre Republicano” y con más colorinches que una negra disfrazada para un baile de carnestolendas, pues tiene sirena de color, iniciales de bronce en la chimenea y pinturita por todas las puertas como un paisaje de barbería.

También le parecerá mentira si le digo que ayer a la tarde, el canal de San Fernando no parecía un canal, sino un bosque derrumbado, talado, que hachado, en estacas, formaba en las bodegas de las lanchas y chatas montes de leña, y todas las embarcaciones estaban tan apretadas una contra otra que por momentos el agua aceitunada del canal se columbraba por varas entre el maderamen rojizo y azul pluma del loro.

Y cuando no eran las pilastronas de sauce y álamo, eran los haces de mimbre superando las escotillas y tocando con la punta de sus plumeros las bordas de las otras balandras, o si no también eran cargamentos de caña tacuara, aún verdosa.

Gente que come

No es que trate de alacranear al proletariado marítimo, ¡no! ¡Pero qué hermosa vida se da esta gente! Qué suculentamente se alimentan. Con qué voracidad devoran.

Bajo los toldos de lona no encuentro nada más que gente ocupada en embuchar algo. Son las cuatro de la tarde, ni un minuto menos y veo este cuadro, al cual el resplandor del sol le presta la debida magnificencia.

A bordo de un lanchón, un viejo se ha puesto en cuclillas en la cubierta frente a una cocina mistonga, por cierto tan atorranta la cocineja dicha que tiene una chimenea formada por latas vacías de aceite.

El viejo en cuclillas ha retirado del horno una fuente donde se tuesta un guiso fantástico, un guiso tan brutal que a un vago que está parado a mi lado se le llenan los ojos de lágrimas. Y estornuda de emoción.

El viejo con una delicadeza maravillosa, ayudándose de un tenedor da vuelta las patatas que se cocinan en un razonable lecho de tomates, entre amarillentos miembros de un volátil cuya raza no puedo precisar. Luego el viejo se lame los dedos negruzcos y cierra escrupulosamente el hornillo. Y su alma bendice al Dios de los trabajadores del mar, si es posible que estos tengan algún dios.

Más allá, el maquinista de “Siempre Republicano” lleva a cabo una función más o menos similar.

Observa un calentador a nafta, donde humea una pava gigantesca. Encima de la mesa hay una bolsa de yerba, unas tazas de hierro enlozado de medio litro de capacidad y una ristra de chorizos que el hombre mira y remira con atención evidentemente amistosa. Y mientras el agua se calienta, el maquinista de “Siempre Republicano” se pasea con el aspecto satisfecho de un horticultor que examina la huerta y ve que prospera.

Un paso más allá se encuentra una chata cargada de pedregullo, se diría por completo abandonada si una inspección un poco más detenida no nos permitiera descubrir que, atadas por un piolín al cabo del velamen, se pasean melancólicamente dos gallinas, a las que sus amables propietarios han puesto debajo de los picos fuentes cargadas de requechos. En fija, la travesía significará la defunción de ambos volátiles, posiblemente una muerte violenta.

Enfrente se mece en el agua un pailebot. Cuatro hombres y un chico, con el sombrero requintado sobre la frente, reposan sentados en la borda de la popa. Un viejo, con gorra de visera de hule, hace girar un mate, mientras que otro atiza los tizones del cocinín y observa los misteriosos efectos del fuego sobre algo que se me figura una pierna de carnero, pues no podría admitir ni por un minuto que se tratara de un miembro humano esa magnífica presa de carne que inunda la atmósfera de un olorcillo desesperante.

Y son las cuatro de la tarde. Sí, señor, las cuatro de la tarde. El agua olivácea corre rumorosa entre las dos murallas de ladrillo del canal, algunos sauces sombrean el ribazo de tierra carbonosa, hacia el sur, se extiende una sombreada empalizada de arbustos, y estos hombres de la ribera, como si no existiera la crisis, enfrentan a formidables vituallas con una simplicidad franciscana.

Y por donde se mira, fiambreras con alambre tejido, ensaladeras cargadas de lechuga y rodajas de tomate, y cocinitas que humean y fulanos que toman mate, y miran silenciosamente el agua aceitunada, y son las cuatro de la tarde.

Y de pronto…

Y de pronto parece que la personalidad se evaporara, que el caudal de agua y la inmensa cantidad de madera estibada, y el cielo celeste claro, y los mástiles le arrebataran a uno la memoria de las cosas ciudadanas, y uno se siente absorbido por la naturaleza sin afeites ni remiendos.

Estas barcas (cuántas hay aquí en el canal de San Fernando parecidas a aquella en que navegaba la Anna Christie del drama de O’Neill, con su casona sobre la cubierta) se diría vienen de tierras vírgenes por ríos de orillas arboladas que aún no conocen la civilización, y sus maderas huelen como purificadas por las linfas de las fuentes y por el sol más flamante de las grandes llanuras herbosas del norte tropical.

Y de pronto se comprende que sería una felicidad poder vivir allí siempre, a la sombra de sus toldos, y dormir en sus cuchetas tan reducidas como perreras y confortables como casas de muñecas.


Sobre el autor

roberto arltRoberto Arlt

Nacido el 26 de abril de 1900, hijo de inmigrantes, vivió en el barrio porteño de Flores. A los ocho años de edad fue expulsado de la escuela, pero continuó su educación de manera autodidacta. Se dedicó al periodismo y enseguida destacó con su pluma. Entre la década del veinte y el treinta participó del mítico grupo literario de Boedo -junto con otros escritores, como Raúl González Tuñón, César Tiempo, Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque, entre muchos otros-, en el que ejercitaron una literatura de vanguardia.

Influenciado por autores como el ruso Dostoievski y los franceses Zola y Balzac, Arlt fue uno de los primeros escritores en tomar lo urbano como semillero de conflictos. Las novelas de Ricardo Güiraldes, según algunos especialistas, fueron el canto del cisne de la literatura rural, mientras que la primera obra de Arlt dio comienzo a una literatura urbana con toda una poética narrativa extraordinaria y original.

Aquellas preocupaciones y motivaciones que Arlt registró en su literatura son parte de muchos de sus textos que, hoy, se consideran clásicos de la literatura argentina. Por ejemplo, sus Aguafuertes porteñas, publicadas en el diario El Mundo (1928 y 1933), o sus novelas como El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931).

(*) El texto publicado forma parte del libro Aguafuertes bonaerenses de Ediciones Bonaerenses. Descarga gratuita


Sin Comentarios

Escribí un comentario
Todavía no hay comentarios! Vos podés ser el primero en comentar este post!

Escribí un comentario

Tu e-mail no será publicado.
Los campos obligatorios están marcados con*


3 + = 4