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El mensajero del rey, por Daniel Gurtler

El mensajero del rey, por Daniel Gurtler

El rey recorría las murallas que unían las torres del castillo. La noche era clara y fresca. Unas rachas del norte soplaban anunciando la pronta llegada del invierno. Los guardias lo saludaban con una leve inclinación de cabeza; se los veía agotados y al límite de sus fuerzas. Unos pasos por detrás lo seguían sus dos principales consejeros, Caballeros de su mayor confianza y miembros de la Orden. Esperaban una decisión de su Señor.

-Hay que tomar una decisión, mi Lord. – le dijo uno de los consultores.

-No podemos dejar que el enemigo se apodere del Arca. Ya no podemos seguir esperando la ayuda del cielo. – le dijo el otro Caballero.

El rey se detuvo, apoyó ambas manos sobre la muralla y observó al enemigo. Cientos de tiendas de campaña y fogatas se extendían hasta el horizonte. Estaban sitiados, llevaban meses resistiendo pero las reservas se agotaban. Ya no quedaba comida, los arqueros habían agotado sus flechas, y las catapultas ya no tenían proyectiles. Los sajones en cambio, recibían constantes refuerzos, estaban abastecidos y habían hecho uso de los campos de cultivo. Ahora dormían, pero eran muchos y poderosos.

El soberano levantó la vista al cielo y suspiró… Estaba tan cansado de cargar con ese peso. Había sido nombrado Caballero a los veintiún años, y hoy a sus ya sesenta y tres, con innumerables batallas ganadas, se encontraba al borde de ser derrotado. Su cabello y barba, en un tiempo, rubios, se le habían encanecido totalmente, y unos surcos cruzaban su frente cansada. Se sentía de cien años o más. Hasta la cota de malla y la espada le pesaban. Habían transcurrido ya más de treinta años desde que ocupara el mando de Caballero de la Orden del Santo Grial en el año 432 de nuestro Señor. Desde entonces, y hasta el día de hoy, había cumplido con el juramento de defender el Arca Sagrada. Ahora debía tomar una decisión. Miró a la luna, enorme y amarilla que pronto se ocultaría en el horizonte tornando a la noche más oscura, y dando media vuelta, se dirigió al salón principal.

Las antorchas y los candelabros iluminaban el recinto, los Caballeros lo estaban aguardando. Todos se pusieron de pie en cuanto vieron a su rey traspasar la puerta. Se hizo un silencio tal, que podían oírse las respiraciones y hasta el roce de las capas. Expectantes, esperaban a que su majestad hablase.

-En una hora se ocultará la luna. Será el momento de sacar el Arca y llevarla lejos de aquí. – dijo el rey.

-Pero, ¿Cómo lo sacaremos? ¿A dónde lo llevaremos? – preguntaron los miembros de la corte.

-El lugar sólo lo sabrá el que cargue con la misión. Y lo llevaremos a través de las líneas enemigas. – contestó el rey.

-¿Quién de todos nosotros tendrá el honor? – preguntó uno de los Caballeros.

-No serán ustedes. Si no el jinete más veloz del reino.

Los Caballeros se miraron unos a otros confundidos. ¿Quién si no alguno de ellos podría cumplir con semejante misión?

-Pero, nosotros somos Caballeros del Santo Grial. Juramos defenderlo con nuestras vidas. – dijo uno de ellos.

-Y yo soy vuestro rey y quien decide por la suerte de todos ustedes. Ya no hay tiempo. Traed a Arturo.

-¿Arturo? ¿El joven escudero? – preguntó uno de los Caballeros – Pero si es sólo un muchacho.

-Lo es. Pero su corazón es noble y puro. Además de ser el mejor jinete que haya existido en años. Nadie puede entenderse con los caballos como él. Los animales le responden como una extensión de su propio cuerpo. Y correrán hasta que les explote el corazón si él se los pide. – explicó el rey.

El joven fue traído a la corte, y allí se le explicó la misión que tenía que cumplir. Se le colocó una cota de malla, un manto negro que cubría todo su cuerpo, y una espada. Recibió la bendición del rey, quien en privado le indicó el lugar al que debía llevar el Santo Cofre. Luego se le entregó el mejor corcel del reino, un frisón negro, brioso y fuerte, capaz de cabalgar días enteros sin descansar.

Arturo cargó el Arca en su espalda, y junto con el caballo, fue conducido por un túnel secreto, escoltado por soldados portando antorchas, hasta llegar al exterior, en donde en una cueva oculta entre los riscos, a orillas de un arroyo, lo despidieron a su suerte. El joven vadeó el río y cabalgó como un rayo en medio de la noche, cruzando las líneas enemigas. Caballo y jinete eran como un fantasma en la oscuridad. Pasaron entre las tiendas y brincaron por encima de las fogatas. Los cascos del jamelgo resonaban y levantaban terrones a su paso. Los enemigos que se encontraban de guardia descargaron sus arcos contra esa sombra que cruzaba rauda entre ellos, otros salieron con sus caballos tras él, pero por más que lo siguieron con sus mejores bestias, no lograron alcanzarlo.

Durante tres días y tres noches cabalgó sin detenerse hasta llegar a una abadía que se erguía sobre unos acantilados frente al mar. Allí desmontó y llevó a su caballo de la brida hasta la pesada puerta de roble, donde llamó dando unos golpes con el puño. Dos monjes salieron a su encuentro invitando a pasar al agotado joven y al exhausto animal.

-Bienvenido a Ávalon. – fueron las palabras del religioso.

-El rey de Britania me ha enviado a entregarles la custodia del Santo Cofre. – les dijo Arturo.

El rostro del clérigo se iluminó en cuanto tuvo en sus manos, al venerado objeto, depositándolo con cuidado sobre un altar. Los monjes se reunieron en torno al Arca esperando a que el obispo la abriese. Con temor reverencial, el monje levantó la tapa, y todos los presentes, menos Arturo, cayeron de rodillas en cuanto vieron en el interior un cáliz, un cuenco y la punta de una lanza.

El valiente mensajero aún no lo sabía, pero acababa de salvar de ser fundidos en la hoguera: al cáliz utilizado en la última cena, el cuenco con el que recogieron la sangre de Cristo, y la punta de la lanza que había atravesado su cuerpo.

Años después Arturo sería nombrado rey, y su doctrina de justicia, lealtad, honor y fe, serían recordadas por siempre, junto a sus grandes proezas en el campo de batalla.

El Arca conteniendo el Santo Grial, se conserva en una solitaria y olvidada abadía a orillas del mar. Son muy pocos los que la han visto, y dice la leyenda que esos antiguos y nobles caballeros aún viven, ocultos para el resto de la sociedad, para protegerlo de quienes desean destruirlo. Mientras el Grial se conserve, la Tierra todavía guarda esperanzas de que algún día, el mal se aleje para siempre de ella.


Sobre el autor

Daniel GurtlerDaniel Gurtler. Escritor y novelista de zona norte, presidente del Círculo de Escritores de San Fernando Atilio Betti y miembro de la Comisión Directiva de S,A.D.E Delta Bonaerense.

En 2012 participó de la Feria Internacional del Libro en el stand de Bs. As. Cultura acompañando al Municipio de Tigre. Desde entonces participó todos los años en la Feria del libro en los stands de S.A.D.E. y de la editorial de los Cuatro Vientos firmando ejemplares de sus novelas “Sallmo 91 La ira de Dios” “El Señor del Fuego” y “La leyenda del Eleonora”.

Participó en varias antologías, publicó los cuentos: “La llave mágica”, “Un cuento para Trinidad”, “Recuerdos”, “El Patriarca de la Guerra”, “Revolución”, “El rey de las tempestades” y “El mensajero del rey”.

Es autor de las siguientes novelas inéditas: “El espíritu de la montaña”, “El rey de las Tempestades”, “La llave Mágica” y “Salmo 91 parte II Abadón el ángel del Abismo”.

 


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