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El reposo del guerrero, por Daniel Gurtler

El reposo del guerrero, por Daniel Gurtler

El viento castigaba las desnudas laderas de roca arremolinando los copos de nieve, que como papel picado, se elevaban en danzarines remolinos intentando infructuosamente regresar al cielo de donde habían caído.

El anciano se alejó de la ventana y arrojó otro leño al fuego. Pronto la montaña se cubriría completamente con su manto blanco como la mortaja del caído y los pasos quedarían cerrados hasta el fin del invierno. El hombre sonrió por dentro, pero era una sonrisa resignada y melancólica que no llegó a dibujarse en su rostro. Allí estaba él, en su última morada, en la montaña que lo había iniciado en el arte de la guerra, donde se había convertido en hombre y en guerrero, oculto de sus enemigos; pues sabía que si bien la guerra había concluido, el vencedor nunca se detendría hasta acabar con todo vestigio de esa estirpe de valientes que había osado intentar cambiar el orden de las cosas. Y casi lo logran. Hoy ya estaba viejo para iniciar una nueva lucha, sus ejércitos reposaban bajo un manto de polvo y las almas de los soldados habían sido recogidas del campo de batalla por las Valquirias en sus etéreos corceles.

Sobre el fuego, colgada en la pared, reposaba su espada. Las llamas se reflejaban sobre la hoja, tiñendo de rojo el metal y rememorando tiempos de gloria, cuando la sangre cubría el acero y el sudor empapaba la empuñadura.

A pesar de los años, el veterano guerrero añoraba aquellos tiempos de grandeza, cuando el vigor corría por sus venas y la convicción de la victoria movía sus pasos. Él sabía que la batalla final aún no se había librado, pero también que ya no estaría en este mundo para verla. Los designios del destino son difíciles de vislumbrar para el hombre común, pero si había algo que él sabía era que había sembrado la semilla de la Verdad, y que si bien ahora estaba sepultada bajo un manto de mentiras, tarde o temprano germinaría llevando claridad a un mundo atormentado por falsos dioses e inmerso en las tinieblas, librando así a la humanidad de la cruel tiranía de la peor de las esclavitudes: la del espíritu atrapado en un carrusel de eternos comienzos, donde la luz interior se va extinguiendo poco a poco, dejando al ser exhausto de esperanzas hasta convertirlo en un simple fantoche sin valor ni grandeza.

En las llamas refulgentes que se reflejaban en su espada, el venerable guerrero veía imágenes de lejanas batallas, libradas por antiguos dioses que se disputaban las almas de los hombres, cuando aún las civilizaciones no poblaban la Tierra. Inmerso en sus pensamientos, y absorto por lo que contemplaba, supo que era más viejo de lo que podía imaginar, siempre había sido un soldado y su eterna lucha no culminaría con su efímera vida corporal.

Ahora era el tiempo del descanso, había subestimado a su enemigo, no imaginó que fueran tantos ni tan fuertes. Cuando creyó ver el sol de la victoria brillar sobre su pueblo, una horda de guerreros sin alma, manejados como títeres por un espíritu maligno y seductor, llegó de más allá del mar, con armas que lanzaban un fuego capaz de hacer desaparecer ciudades enteras. Las mismas puertas del infierno se habían abierto sembrando muerte y destrucción a su paso. Desde el cielo bajaban como rayos mortales, dos ángeles infernales: la gran desolación y la oscuridad. En ese momento, el guerrero supo que algo había sucedido en los cielos, donde los dioses estaban luchando. Su dios se retiraba vencido, y sin su ayuda, su pueblo era masacrado sin piedad.

Desde aquel momento han pasado muchos años, el vencedor tomó el control del mundo y de sus hombres. Los engañó, los pervirtió, los esclavizó y los hizo perder sus almas en pos de efímeros tesoros que no pueden llevarse tras su corta y miserable vida. Estaban destinados a ser dioses, hoy solo son sombras que deambulan sin sentido ni destino. El vencedor ríe en silencio y se regocija de su triunfo. Otra vez ha crucificado al mesías. Ha recuperado su séquito de sirvientes. Les exigirá adoración y les extraerá su energía. Seguirá alimentándose de los dormidos, haciéndose cada vez más poderoso y sanguinario. Antiguamente se alimentaba de la sangre de los sacrificios, hoy se alimenta del sufrimiento de las razas. Su gula no tiene límites y necesita pervertir todo, desde la cuna, para saciar su sed. Está embriagado de sangre, y el anciano lo sabe. Se dormirá en algún momento, y su ojo omnisciente se cerrará un segundo. Será el momento de volver a la lucha, de tomar su espada, y de ir a enfrentarlo a su propio dominio, donde no puede llegar con su deteriorado cuerpo, pero sí con su alma forjada en miles de batallas y templada a través de innumerables encarnaciones. Ahí el guerrero sabe que es mucho más peligroso para su enemigo, que ya no tiene limitaciones, que su mente estará lúcida y que recobrará todos los recuerdos. Desde ese infinito lugar ejecutará su último duelo, se enfrentará al mismísimo amo del mundo, peleará con el corazón, y sabrá que esta vez el triunfo será inevitable.

El viejo apartó la vista de la espada y las imágenes desaparecieron. Esta vez logró sonreír, solo era cuestión de tiempo. Ahora el mundo lo recordaba como a un Judas, pero hasta Judas tuvo que servir a Cristo y acatar las órdenes de su maestro que le pidió que lo entregara. Acarició su anillo y recorrió el relieve del símbolo con la yema del dedo. El renacer, tal era su significado. Pronto llegaría ese momento, pero ahora se sentía muy cansado. Era el tiempo del reposo, y sentándose frente al fuego, cerró lentamente los ojos y se quedó dormido sintiendo el calor de las llamas. Su rostro, sereno al fin, esbozaba una sonrisa.


Sobre el autor

Daniel GurtlerDaniel Gurtler. Escritor y novelista de zona norte, presidente del Círculo de Escritores de San Fernando Atilio Betti y miembro de la Comisión Directiva de S,A.D.E Delta Bonaerense.

En 2012 participó de la Feria Internacional del Libro en el stand de Bs. As. Cultura acompañando al Municipio de Tigre. Desde entonces participó todos los años en la Feria del libro en los stands de S.A.D.E. y de la editorial de los Cuatro Vientos firmando ejemplares de sus novelas “Sallmo 91 La ira de Dios” “El Señor del Fuego” y “La leyenda del Eleonora”.

Participó en varias antologías, publicó los cuentos: “La llave mágica”, “Un cuento para Trinidad”, “Recuerdos”, “El Patriarca de la Guerra”, “Revolución”, “El rey de las tempestades” y “El mensajero del rey”.

Es autor de las siguientes novelas inéditas: “El espíritu de la montaña”, “El rey de las Tempestades”, “La llave Mágica” y “Salmo 91 parte II Abadón el ángel del Abismo”.

(*) Cuento publicado en la antología 2016 de SADE Delta

 


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