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El rey de las Tempestades, por Daniel Gurtler

El rey de las Tempestades, por Daniel Gurtler

Nunca olvidaré a mi padre, aquel duro Capitán de Mar y Guerra que participó en la Primera Guerra Mundial y que navegó por los siete mares del mundo. Si no hubiese sido por él, ni mis hermanos ni yo hubiésemos vivido las aventuras que pasamos aquel año en las Islas Encantadas, cuando siguiendo las pistas que el legendario pirata Mac Gow dejara plasmadas en un burdo mapa del tesoro, dibujado con trazos temblorosos, con una carbonilla sobre un tosco pedazo de papel, emprendió la más descabellada empresa en busca de esa mítica riqueza perdida.

Pero déjenme contarles la historia tal como ocurrió:

Cuando mi padre navegaba como Comandante de una corbeta a vela y vapor, perteneciente a la armada chilena, quiso el destino que una tormenta los azotara en medio del Pacífico y los obligara a recalar en la isla más cercana para reparar la nave.

El temporal había sido despiadado, y por más que mi padre, el Capitán Goyo, era un experimentado navegante, no pudo evitar que las fuertes rachas arrancaran los aparejos, rasgaran las velas, y que las grandes olas retorcieran el casco haciendo que el mar se filtrara entre el calafateado de las tablas. Aunque mantuvieron las bombas de achique funcionando las veinticuatro horas, el agua siguió subiendo en la sentina y amenazaba con hundir la nave.

Después de que fijara su ubicación sobre las cartas náuticas, el Capitán buscó la tierra más cercana para dirigir la nave, y allí apareció el archipiélago de las Galápagos. Un centenar de islas e islotes que se encuentran a unos novecientos kilómetros de la costa de Ecuador. Sin dudarlo puso proa a las islas y navegó a toda marcha hacia ellas, en una lucha contra el tiempo, jugando una pulseada con el mar que luchaba por inundar su buque. Si el agua llegaba a las calderas, ya no podría navegar a vapor y sólo le quedaría la arrasada arboladura para que el viento los llevara.

Finalmente, al tercer día, y tras la ardua tarea de los fogoneros y maquinistas, que alimentaron la caldera sin descanso, la corbeta atracaba en el Puerto de Villamil, en Isabella, la mayor de las islas del archipiélago. Aquel hecho fue una suerte para toda la tripulación, y el comienzo de la aventura para mi familia. Lo que aconteció en esa isla hizo que mi padre se obsesionara y marcara para siempre el destino de todos nosotros. El resto de su vida fue una búsqueda incansable por descubrir el secreto que lo llevara a encontrar el tesoro perdido de la Catedral de Lima.

La nave fue conducida a dique seco para su reparación, cosa que demandaría varias semanas, así que tanto mi padre como el resto de la tripulación tuvieron unas obligadas, aunque merecidas vacaciones en la isla. No había mucho para hacer allí, ni muchos lugares para frecuentar. Así que por lo general comían en la taberna del puerto, y por las noches, después de la cena, se armaban partidas de naipes y dados hasta altas horas de la noche.

Fue en esa taberna donde mi padre conoció a un extraño personaje, habitante de la isla, que solía frecuentar el lugar. Un viejo marinero inglés llamado Lewis, al que le gustaban tanto el juego de cartas, como el licor. El hombre era de una edad difícil de definir; si bien el rostro apergaminado como un mapa, y el cabello ceniciento delataban el paso del tiempo, los ojos vivaces y pícaros, de un celeste intenso, conservaban la energía de la juventud. Hablaba bien el español, pues llevaba muchos años viviendo en la isla, y la pasión por el mar y los barcos a vela, hizo que pronto el Capitán Goyo y él, entablaran una amistad.

Una noche, en la que el juego de póker se dilató más de lo previsto, y el whisky Escocés pasó varias veces por la mesa, los comensales hablaban sobre la guerra, y los actos de barbarie muchas veces cometidos en ella. El Capitán Goyo había participado en la Primera Gran Guerra, enrolado en las fuerzas de Italia, pues si bien había nacido en Chile, sus padres eran italianos y por lo tanto sentía la obligación moral de defender su patria sanguínea. Estaba contando, cómo un oficial que lo despreciaba por ser hijo de emigrantes, lo había enviado en una misión suicida, a buscar a los soldados quemados por el gas sarín en las trincheras, cuando el viejo Lewis lo interrumpió diciendo con una voz áspera y tétrica que les heló la sangre: “-Ustedes no saben lo que puede hacer la codicia, la ambición y la maldad desenfrenada en el corazón de un hombre.” “-No conocen la barbarie, ni han convivido con ella” “-Es un demonio. Astuto, cruel, sin sentimientos ni remordimientos. Sus ojos emanan maldad, y pueden escudriñar en tu alma. Sabe lo que piensas antes incluso de que lo pienses, pues ve directo a tu corazón. No lo puedes engañar, ni persuadir. Navegué con él, y sólo yo sobreviví.”

Mientras el viejo hablaba, una sombra cubrió su rostro, volviendo fríos y oscuros los ojos del marino. Todos guardaron silencio esperando a que continuara con el relato, y tras una larga pausa que no hizo más que acrecentar la duda de los expectantes oyentes, Lewis continuó:

“- Si mal no recuerdo, era el año 1880. Yo era grumete en ese entonces, y estaba bajo el mando del Capitán Mac Gow, descendiente, según decía, del legendario pirata Morgan, y último filibustero que navegara por las aguas del Pacífico. Quiso Belcebú que nos topáramos con una fragata de la Armada del Perú, en ese tiempo en guerra con su país vecino, Chile. El Capitán Mac Gow, lejos de amedrentarse por tratarse de una nave de guerra, decidió engañarlos y atacarlos por sorpresa. La lucha fue cruel y encarnizada. No quedaron sobrevivientes entre los confundidos marinos peruanos. Nuestra tripulación estaba formada por bucaneros de la peor calaña. No tenían respeto ni consideración por nada, ni por nadie. Se divirtieron hasta con los cadáveres de sus enemigos, realizando siniestros juegos que helarían la sangre del más rudo de los hombres de esta taberna.”

El viejo hizo una pausa para volver a llenar su vaso con whisky, mientras todos esperaban en silencio a que continuara el relato. Dio un gran sorbo, y después de saborearlo con los ojos cerrados, apoyó el vaso golpeándolo contra la mesa, y recién en ese momento los abrió como si volviera de un placentero sueño.

“-El astuto Capitán, después de pedir que se deshagan de los cuerpos, mandó a revisar la bodega del barco, y para asombro de todos, halló el tesoro más grande que se pueda imaginar.” – Continuó diciendo el viejo, que ya se encontraba bastante ebrio y con ganas de hablar.

Al Capitán Goyo comenzó a interesarle la historia, ya que él era nacido en Chile y sabía bastante sobre la Guerra del Pacífico. Así que no dudó en comprar otra botella de licor para seguir compartiendo con el viejo Lewis, que agradecido, y con los ojos chispeantes por el delicioso whisky que bajaba por su garganta, continuó con su relato.

“-Veinte cofres llenos de monedas de oro y plata, además de adornos, brazaletes, collares y pecheras, con los más asombrosos tallados y engarces de piedras preciosas. Habíamos hallado el botín de nuestras vidas. Riquezas incalculables que despertaban la ambición y la codicia. Sin saberlo, toda la tripulación estaba firmando su sentencia de muerte al profanar esas joyas ancestrales, manchadas de sangre, que habían pertenecido a antiguos reyes sudamericanos.”

Lewis hizo otra pausa para saborear su bebida, y los marinos lo arengaron para que siguiera su relato. El Capitán Goyo los hizo callar, respetando los silencios del viejo marinero, mientras le volvía a llenar el vaso de licor.

“-Cargamos el tesoro en nuestra nave y hundimos a la fragata. El Capitán Mac Gow no quería dejar rastros ni testigos de lo acontecido. Luego puso proa hacia una isla desierta, desconocida por la mayoría, una isla que no tenía agua dulce y por lo tanto ni siquiera era utilizada para reabastecerse.”

Uno de los marineros perteneciente a la tripulación Chilena se atrevió a preguntar por el tesoro, y el Capitán Goyo lo fulminó con la mirada, obligándolo a guardar silencio.

“-El tesoro fue desembarcado y escondido en la isla, pero eso no era todo el plan que Mac Gow había ideado. Mientras navegaban hacia allí, toda la tripulación de la nave pirata estaba de fiesta y algarabía celebrando el triunfo, en el comedor del barco en donde servían la cena. Toda la tripulación menos yo, que me encontraba de guardia en lo alto del palo mayor. Quiso el destino que me quedara dormido en el carajo y no descendiera al caer la noche. Entonces me despertaron unas voces. Cuando estaba a punto de bajar, descubrí que los que estaban hablando eran el Capitán, el primer oficial y el contramaestre y timonel del barco. Estaban preparando un macabro plan para deshacerse de la tripulación y repartir el botín solo entre ellos tres. Me quedé paralizado. No podía creer lo que estaba escuchando. De pronto el pánico me invadió. Tenía miedo hasta de respirar. Si se les ocurría mirar hacia arriba y me descubrían, me matarían en ese mismo instante por temor a que los hubiera escuchado. Podía fingir dormir, pero ellos no correrían el riesgo de que les desbaratara sus planes. Creo que esa fue la única vez que recé en mi vida. Le pedí al cielo y al infierno, que no me vieran. Finalmente, ángeles y demonios se apiadaron de mí. Pues ninguno levantó la cabeza, y horas después, durante la madrugada, pude escurrirme por una soga y descender cerca de la proa sin ser visto. El resto de los días, hasta esconder el tesoro, fueron de una tortura constante. No sabía que hacer. Si advertir a mis compañeros, con el riesgo de que la noticia corriera y se comentara en voz alta sin que la creyeran y me costara la cabeza, o guardar el secreto y salvarme sólo, viviendo con esa culpa para siempre. Obviamente elegí la opción más conveniente para mí y que me daba más posibilidades de sobrevivir. Me guardé el secreto.”

“-¿Y qué sucedió luego?” – preguntó mi padre.

“- En la isla, después de esconder el último arcón, corrió el ron de Jamaica para todos. Hubo cantos, bailes, juegos y disputas alrededor de la hoguera, y finalmente, muy entrada la noche y cuando ya no podían mantenerse en pie, se quedaron dormidos tendidos sobre la arena, alrededor del fuego. Todos menos yo, que en el preciso momento en que los marineros estaban distraídos, en mitad de la algarabía, me escurrí entre las sombras y me escondí lejos de allí. Cuando los ronquidos de los piratas acompañaban al sonido del viento y las olas, tres siluetas se incorporaron, y tras hacerse unas señas, blandieron sus sables que brillaron a la luz de la luna y comenzaron a descargarlos contra los indefensos cuerpos que dormían en la playa. Podía ver como las hojas bajaban y subían una y otra vez, cortando cabezas y degollando cuellos. Los gemidos de unos despertaban a otros, que intentaban incorporase tambaleando y trastabillando para lograr llegar a sus armas que ya habían sido escondidas antes por los asesinos. Nadie logró sobrevivir, y aún los que intentaron correr, fueron prontamente alcanzados y estocados por la espalda, atravesándoles el corazón. La matanza duró unos pocos segundos. Luego, aún en la oscuridad, arrastraron los cuerpos hasta el mar y fueron arrojados a la rompiente, para que la correntada se los llevara y los tiburones se encargaran de ellos. Yo me alejé del lugar temblando por lo que acababa de ver, arrastrándome sin hacer ruido, y borrando mis huellas. Me escondí en lo alto de la montaña, entre la espesura de la vegetación. Desde donde pudiera vigilarlos, sin que ellos me descubrieran.”

“-Y los tres se repartieron el tesoro. ¿Pudo ver quienes eran?” – preguntó el Capitán Goyo.

“-Sí, los vi. Cómo habían planeado en la cubierta del barco, eran: el Capitán Mac Gow, el contramaestre y segundo de a bordo Chéster, y el piloto, un irlandés bribón, llamado Táylor. Pero los planes de Mac Gow no terminaban allí. Su codicia no tenía límites, y su mente retorcida ideo un plan siniestro para quedarse con todo el botín. Cuando el timonel se distrajo, Mac Gow y Chéster lo atacaron por la espalda matándolo en un santiamén. Sólo quedaban Mac Gow y Chéster, pero ninguno confiaba en el otro y se vigilaban mutuamente, hasta que finalmente, se trabaron en lucha. Después de un duelo de varias horas sobre la arena, Chéster cayó mortalmente herido. Las aves le comieron las vísceras cuando aún contaba con el último aliento de vida. Fue una muerte espantosa para aquel sinvergüenza. Pero Mac Gow no se apiadó de él, rematándolo, sino que lo dejó agonizar lentamente para su morbosa diversión.”

“-Santo cielo. ¿Qué tipo de gente era esa?”- dijo mi padre.

“-Se los dije. Mac Gow no era una persona. Era un demonio. Después de acabar con Chéster, y sin poder gobernar sólo su nave, la hundió haciendo volar la santabárbara y esperó pacientemente a ser rescatado por un barco. Y así fue después de una veintena de días. Yo no tuve la misma suerte. Y permanecí más de tres meses en la isla, alimentándome de frutas e iguanas, y bebiendo su sangre para calmar mi sed.”

“-¿Y qué sucedió con el tesoro?- preguntó el capitán Goyo.

El viejo se detuvo, a la vez que se servía la última gota de licor en su vaso. No hubo forma de sacarle nada más por esa noche. Pero días después, cuando se encontraron a solas, en una mesa apartada en el fondo de la taberna, Lewis continuó su relato, confesándole al Capitán Goyo, que todos esos acontecimientos habían ocurrido a pocas millas de allí, en la isla Santiago.

Mi padre comenzó a indagar sobre el supuesto pirata Mac Gow, y así fue como completó el resto de la historia: El bribón, haciéndose pasar por un náufrago, fue rescatado por un velero que llevaba trigo de California a Londres, y una vez que desembarcó allí, se puso en campaña para conseguir un barco con su tripulación para ir en busca del tesoro. Por más que intentó conseguir socios, o quien financiara la expedición, nadie le creyó, y al poco tiempo todo el mundo en los alrededores de Victoria Docks, lo conocían como el “loco del tesoro”. Desesperado, después de haber tenido entre sus manos aquellas incalculables riquezas, decidió financiarse sólo la expedición, recurriendo al robo y al crimen para juntar el dinero. No tardó en ser apresado y confinado a la Torre de Londres, donde pasó sus últimos días intentando convencer al guardia cárcel que lo dejara escapar, y así compartiría con él la fortuna. El fatídico día llegó, y Mac Gow fue colgado en la horca, teniendo el final que todo pirata merece.

Hoy en día, en el museo de la Torre de Londres, se exhibe el mapa del tesoro que Mac Gow le entregara al carcelero a cambio de que lo liberara. El mismo del que mi padre hizo una copia para salir en busca de las Joyas perdidas de la Catedral de Lima, y que marcaran para siempre en nosotros una constante vida de aventuras, navegando en una pequeña goleta por el mundo, tras las pistas del pirata.

La tenacidad, y la fuerte convicción de mi padre, enfrentando mares embravecidos para llegar a su destino, hicieron de él una leyenda, y aún hoy todos recuerdan al Capitán Goyo como el Rey de las Tempestades.

Querrán saber si finalmente hallamos el tesoro en las Islas Encantadas. Si se los dijera, las Galápagos perderían parte de su misterio y fantasía, y eso, les juro que es lo último que deseo. No quedan muchos lugares en el mundo donde aún existan leyendas de piratas y promesas de riquezas. Si se atreven, el mapa está en la Torre de Londres, la isla aguarda en el Pacífico, y así ustedes también podrán convertirse en verdaderos Reyes de las Tempestades; y eso, les aseguro, será la mayor riqueza que puedan obtener en esta vida.


Sobre el autor

Daniel GurtlerDaniel Gurtler. Escritor y novelista de zona norte, presidente del Círculo de Escritores de San Fernando Atilio Betti y miembro de la Comisión Directiva de S,A.D.E Delta Bonaerense.

En 2012 participó de la Feria Internacional del Libro en el stand de Bs. As. Cultura acompañando al Municipio de Tigre. Desde entonces participó todos los años en la Feria del libro en los stands de S.A.D.E. y de la editorial de los Cuatro Vientos firmando ejemplares de sus novelas “Sallmo 91 La ira de Dios” “El Señor del Fuego” y “La leyenda del Eleonora”.

Participó en varias antologías, publicó los cuentos: “La llave mágica”, “Un cuento para Trinidad”, “Recuerdos”, “El Patriarca de la Guerra”, “Revolución”, “El rey de las tempestades” y “El mensajero del rey”.

Es autor de las siguientes novelas inéditas: “El espíritu de la montaña”, “El rey de las Tempestades”, “La llave Mágica” y “Salmo 91 parte II Abadón el ángel del Abismo”.


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