OPINIÓN

Inclusión y lenguaje (inclusivo)

Silvia Gelbes

Por Silvia Ramírez Gelbes *

Según el diccionario, el género gramatical en español (el femenino y el masculino) se manifiesta en la terminación de algunas palabras como los sustantivos y les define, al menos en parte, la concordancia con otras palabras. Cuando los sustantivos aluden a seres sexuados, se suele entender que esa terminación (femenina o masculina) se asocia al sexo biológico del ser denotado.

No siempre esto es así. Para empezar, hay sustantivos de este tipo que son indistintos en cuanto al género (como el o la artista) y hay otros que, teniendo un género determinado, aluden a personas de cualquier sexo (como la víctima o el sujeto).

A esta primera excepción se suman los usos. En algunos países hispanohablantes, por ejemplo, todavía dicen de una mujer que es “abogado” o “médico”, mientras en la Argentina le diríamos sin dudar “abogada” o “médica”. Y ni qué hablar del sustantivo “presidenta”, que ha sido tan denostado (aunque el diccionario de la RAE lo registra en femenino desde 1803), en tanto nadie cuestiona nunca la terminación en femenino de “sirvienta”.

Es, desde luego, la irrupción de abogadas, médicas, presidentas o ministras en el escenario social lo que ha introducido la “novedad”. No es esto lo más nuevo. Lo más nuevo es que algunos y algunas hablantes han empezado a reparar en que la forma que se usa para hablar en universal es el masculino.

Hace veinticinco o treinta años, casi nadie se percataba de la diferencia del “todos” entre “Todos tienen hígado” y “Todos tienen nuez de Adán”, aunque parece claro que el primer “todos” –el del hígado– se refiere a la raza humana y el segundo “todos” –el de la nuez de Adán– se refiere solo a los hombres. Pero las cosas han cambiado.

En los últimos veinte años han empezado a aparecer guías de uso no sexista que advierten, en definitiva, la ambigüedad inherente del masculino. Y si al principio se trató de que muchas mujeres se sintieron invisibilizadas en el masculino genérico, al tiempo aparecieron también otros géneros sociales (que de eso se trata), los no binarios, que reclamaron su parte de visibilización.

¿Cómo es esto? Según vengo proponiendo, no es necesario que el género gramatical represente uno a uno al género social (es decir, el género con el que se percibe cada persona). Una eminencia bien puede ser un hombre (aunque “eminencia” sea femenino) y un individuo bien puede ser mujer. Pero los estudios sobre género han mostrado que el empleo del masculino genérico induce a pensar más en hombres que en mujeres o personas no binarias.

Así las cosas, el primer paso lo dio el empleo de la arroba. Este signo, recuperado por la tecnología para las menciones en las redes sociales y los dominios en los correos electrónicos, fue usado –creativamente– por quienes querían evitar el empleo tradicional de la barra duplicadora de la terminación (“directores/as”) o la duplicación directa, tan habitual en los saludos (“señoras y señores”). “Tod@s”.

La introducción de los géneros no binarios en la escena indujo un cambio: se entendió que la arroba era una “o” que encierra una “a” –es decir, representaba solo el masculino y el femenino– y eso provocó que se buscaran sucedáneos que se entendieran como ampliamente inclusivos: la equis y el asterisco. “Todxs”. “Tod*s”.

Prontamente se advirtió que estas invenciones ni podían ser pronunciadas, ni pasadas de texto escrito a oral por las aplicaciones para personas no videntes. De modo que se recurrió a una letra (un morfema, en términos técnicos) que sí se puede pronunciar y que, en muchos casos (“amable”, “estudiante”), funciona como terminación indistinta en cuanto al género: la “e”. Con una salvedad: hay quien lo usa, simplemente, como no binario: “Todas, todos, todes”. Y hay quien lo usa verdaderamente como inclusivo. “Todes”.

Tal cual puede inferirse por lo que se viene diciendo, la terminación “e” no se agrega a cualquier sustantivo: las bromas que se hacen con cualquier sustantivo forzado para terminar con la letra “e” (al modo del juego infantil “le mer estebe serene”) no hacen más que dejar mal parado al bromista, por desconocedor. La “e” inclusiva se aplica a la terminación de sustantivos (y palabras que concuerdan o refieren a ellos, como artículos, adjetivos y pronombres) que aluden a seres sexuados. Únicamente.

Como fuere, no está exenta de problemas esta solución. Algunos sustantivos masculinos en plural ya terminan en “e” (“los pibes”, “los legisladores”). Se ha pretendido resolver el asunto en esos casos con una “i” (“pibis”) o adelantando la “e” a la base (“legisladeres”). Y el asunto se complica más cuando masculino y femenino tienen bases distintas: ¿cuál podrá ser, en esta óptica inclusiva, la forma plural de “madres y padres”? ¿”Xadres”?

El empleo de un lenguaje inclusivo representa, desde luego, una postura política, aunque no necesariamente partidaria. Se trata de una postura de apoyo al reconocimiento de unos ciertos derechos. El derecho a la equidad de géneros. El derecho a percibirse según un cierto género, binario o no, coincidente con el sexo biológico o no, y a reconocerse en la representación de las palabras. Esta es la razón por la cual el mismo fenómeno se está dando en varias lenguas simultáneamente.

La lengua española (que tiene más de diez siglos de vida) ha sufrido muchos cambios a lo largo de su historia. En la mayoría de los casos, esos cambios han reflejado alguna transformación en las sociedades hispanohablantes. La imposición del tuteo en la mayoría de los países que hablan español –que en América, desde la conquista, eran voseantes– es un ejemplo de ello. No es imposible, por tanto, que la introducción del lenguaje inclusivo sea el comienzo de un proceso de cambio.

En cualquier caso, no vale hacer pronósticos. Ni hacia un lado ni hacia el otro. Tampoco vale decir que un cambio de este tipo es inviable porque surge de un grupo de referencia: todos los cambios surgen de grupos de referencia. Ni siquiera que es demasiado complejo y por eso no se dará: la lengua es compleja y lo cierto es que parte de la juventud ya lo ha adoptado. Quienes se oponen a su uso respaldándose en las normas de la RAE son las mismas personas que no “acatan” la regla, por ejemplo, del uso del verbo “haber” en singular y dicen “hubieron problemas” (la prescripción exige “hubo problemas”).

Y es que el secreto es ese. Quien habla habla, no puede controlar su hablar todo el tiempo. Cuando una regla gramatical es aceptada –adquirida, aprendida– por la mente, el habla la usa, sin importar lo que dicten las academias o las normativas institucionales. Quizás, el lenguaje inclusivo sea una moda con fecha de vencimiento. Quizás, sea un cambio lingüístico en marcha. ¿Seremos, acaso, testigos del resultado?

(*) Silvia Ramírez Gelbes, doctora en Lingüística y profesora y licenciada en Letras por la UBA, con un DEA en Lengua Española en la UNED (España). Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés, además de Adjunta en Filosofía y Letras de la UBA y de profesora invitada en otras universidades del país y de Latinoamérica, ha sido directora de la licenciatura en Comunicación de San Andrés, Profesora Titular del Taller de escritura académica en la Maestría en Defensa Nacional y del Taller de escritura científica en el CAICyT y en el IDES.

Nota publicada en Abro Hilo


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