OPINIÓN

La Delicia del Rigor

Esteban De Gori
Por Esteban De Gori*

“Los argentinos somos hijos del rigor”, sentenció el ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires en un programa de TV. Una conclusión reducida, férrea y “antropológica” para explicar el “desborde” de contagios después de las Navidades y durante las vacaciones. Daniel Gollan se acomodó en su silla demasiado contento por ese hallazgo discursivo. Se hizo la tarde (léxicamente hablando). A ese descontrol juvenil en las ventosas playas del mar argentino más la aparición de una nueva cepa (¿británica?, ¿amazónica?, ¿sudafricana?) solo cabía enfrentarle algo simple: un poco de rigor. Rigidez institucional. Viagra estatal. Dale mami, ¡pegame! El periodista lo observó pensativo como si una nalgada bien propinada solucionaría el drama covid en el año nuevo. No cabían dudas. A la condición flexible y éticamente light argentina debería proponérsele una mano firme. Un llamado a respetar las normas.

Su expresión envolvió al estudio de TV. Siguieron varios segundos de silencio que cualquier marca importante hubiese pagado una fortuna por publicidad. De repente era eso. Con cuatro nalgadas estatales nos olvidábamos del 2020 y pasábamos un súper 2021. Entonces. ¡Pegame mami y me ubico rápido!

Si el rigorismo no estaría en boca de un funcionario estatal podría comprenderse como las tantas soluciones exprés que una sociedad (o parte de ella), a veces, encuentra para resolver ciertas crisis, desestabilizaciones o “supuestas” amenazas. De hecho, al pronunciar “rigor” por alguien que pertenece al elenco estatal hace que esa palabra resuene de múltiples maneras en los oídos ciudadanos. Que dispare acciones e imaginaciones de todo tipo. “Pasame las 50 sombras de la Pandemia y cerrame esta boludez”, me escribió una amiga por WhatsApp. “Armemos el pandemic sado argentino”, me sugirió un antropólogo al que consulté sobre esa búsqueda de firmeza nacional que nos aqueja. Esta palabra “rigor” es en definitiva una manera de mirar el mundo social y subjetivo. Una mirada que busca la falla o el desajuste. “Somos una mierda. No tenemos solución”, me sugirió enojada la moza de un hotel de Bolívar mientras me comentaba el aumento de los casos de covid en las ciudades rurales del interior bonaerense. Me señalaba con el dedo como si me dijese: “Tomá apuntes en tu netbook. Somos así. No lo dudes”. Pensé que esa parte de hijaputez que correspondía a mi persona comenzaba a pagarla con ese café quemado y hervido que me puso sobre la mesa. Nunca sabremos cuando nos hacen pagar por “nuestros pecados”. ¡Pegame mami y gritame con ese gustito a café quemado que tan bien te sale!

La flexibilización de la cuarentena impulsó a muchos jóvenes y no tan jóvenes a ocupar los espacios públicos. A moverse como una mancha de aceite. No solo era salir y disfrutar de un mundo sin “vallas” sino la búsqueda del otro perdido. De la otra extraviada. La pandemia sustrajo a los demás de nuestras vidas, nos extravió de nuestras rutinas y eso impone un alto costo social que tendrá rebotes en el futuro. Ni bien se levantó la cuarentena estricta las personas comenzaron a ganar espacio. Al igual que en la ciudad, en el campo cuando se propició lo social, la memoria del encuentro se activó como así todos los temores en torno al mismo. En esa incertidumbre pendular (ir o no ir a la búsqueda de otros y otras) aparece como solución rápida: la mano de hierro.

Mientras el dueño de un negocio en Daireaux me repite que habló con los de la Municipalidad para que les propine unas “buenas patadas en el orto a los jóvenes que se juntan en el parque”, el gobierno provincial de Formosa cercenaba derechos de sus ciudadanos y ciudadanas en centros de aislamiento, imponía restricciones a la comunidades originarias y detenía a dos concejalas de la oposición. El rigor sanitario y político intenta clausurar esa incertidumbre que suscita lo social en momentos de crisis. Pero lo social no es totalmente administrable. Se fuga. Es una montaña rusa. Puede salirse de la vía y todo lo que sostenía a la política y a los liderazgos pueden erosionarse.

Nadie tiene el mandato comprado y menos cuando el que manda coquetea solo con el rigor (los tratadistas monárquicos advertían que un soberano debía combinar rigor y suavidad para lograr obediencia). No importa que haya gobernado treinta años. Cuando las personas están sujetas a presiones o necesidades no imaginadas buscan fisurar las obediencias o desplegar las violencias por doquier.

El miedo y sospecha de lo social no es nuevo en la política. En parte esto alienta el punitivismo, la no consideración de derechos básicos y la violencia institucional. La exigencia de rigor sostenida en el tiempo puede provocar un Chernobyl político donde sus ondas expansivas lleguen a los apoyos del gobernante. Formosa nos ha permitido observar cómo ese vínculo entre el mando y el rigor se ha exacerbado durante la pandemia. Todo líder rigorista es un líder que mira esa falla subjetiva, que teme a lo social, que lo cree administrable. Pero todo tiene su ciclo. Su tic tac de desgaste y más en estos tiempos posmodernos donde la política y las figuras padecen de lealtades movibles. ¡Pegame con tu liderazgo mami!

Graciela, una verdulera de Henderson, coloca su biblia sobre el mostrador todos los días. Siempre que observo se encuentra en el mismo versículo: Isaías 33:34. Subrayado en amarillo puede leerse: “el temor de Jehová será su tesoro” y “Oíd, los que estáis lejos, lo que he hecho; y vosotros los que estáis cerca, conoced mi poder”. Corta una sandía con una habilidad meridiana mientras me comenta cómo las “chicas del pañuelo verde” pintaron en la calle frente a la iglesia inscripciones que avalaban la despenalización del aborto. “Que mal las chicas… no le parece? No tienen límites.”

¡Pegame mami y recítame a Isaías!

El rigor es un recurso más en la gran oferta de producir orden político. Puede afirmar liderazgos fuertes o resistencias invisibles y públicas que se enfrenten a estos. Nada dice que de la pandemia sobrevendrá un mundo de liderazgos fuertes que logren controlarlo todo (como lo sugieren algunas series). Posiblemente todo sea más caótico e híbrido. Multimodal. Nada está dicho. Los ejercicios de poder que bordean limitaciones a los derechos pueden generar trayectorias disímiles e inimaginadas. Nadie tiene el secreto de cómo gobernar lo que se viene ni de limitar muchas acciones. Mientras tanto: ¡pegame mami y decime que en el futuro está todo bien!

(*) Esteban De Gori. Sanfernandino. Doctor en Ciencias Sociales (UBA), Investigador CONICET, Profesor en la Universidad Nacional de San Martin y docente de la Universidad de Buenos Aires. Autor del libro: “La República Patriota: Travesías de los imaginarios y de los lenguajes políticos en el pensamiento de Mariano Moreno”. En Twitter @edegori

Nota publicada en Revista Be Cult

 


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