OPINIÓN

La infancia, los niños, las niñas

Myriam Leguizamón

Por Myriam Leguizamón*

La infancia suele ser pensada como un tiempo mágico, inocente y feliz. Se dice que lo que sucede en esos primeros momentos es determinante para la vida adulta. Entonces, si esa etapa es tan decisiva a los adultos ¿nos compete garantizarles a nuestros infants una infancia lo más perfecta posible?.

Por eso los exniños -que añoramos e idealizamos ese momento maravilloso del cual solo conservamos algunos pocos retazos abrochados a algunas imágenes, palabras, olores- nos esforzamos en “maquillar la infancia”.

Así lo infantil se pinta de muchos colores, hadas, princesas, magos, superhéroes, juguetes y tecnología. También les “adaptamos” la realidad suponiendo que no la soportarían y para cuidarlos y no traumatizarlos damos explicaciones aniñadas negándoles muchas veces lo que ven y lo que oyen y sobre lo cual tienen sus propias ideas.

Los niños disfrutan de lo infantil obviamente – nosotros también- pero ellos viven con nosotros: nos miran, nos oyen, caminan por las calles, van al supermercado, a la farmacia, escuchan el noticiero. Se enteran al pasar que hay cosas que a los adultos les interesan mucho – llámese dólar, aborto, drogas, inseguridad- que los padres pueden separarse, que alguien nace y otros mueren. No se trata de mostrarles sin velo las crueldades del mundo pero tampoco de pensar que viven en un mundo de colores cálidos.

Ahora bien, para el psicoanálisis lo traumático es otra cosa. Freud lo anudó a la situación de desvalimiento con la que nace el niño y al encuentro con la sexualidad infantil .Lacan lo desarrolla diciendo que la necesidad del niño-hambre por ejemplo- se transforma a partir de las respuestas del Otro en una demanda de algo más que el alimento es una demanda de amor.

Esto quiere decir que más allá de las vicisitudes de la infancia de cada quien, mejores o peores, CADA niño se debatirá irremediablemente entre la dependencia del Otro, sus exigencias pulsionales y la respuesta de ese Otro.

La curiosidad sexual infantil -tan espontánea como el juego- incomoda a los grandes que, interpelados por el niño, no saben qué decir ante los enigmas que desvelan a todos los pequeños: la diferencia de los sexos, de dónde vienen los niños, la muerte.

Lo más asombroso es que este embrollo de la infancia está hecho de palabras. Los discursos imperantes de la época, los discursos de cada familia, las fantasías y las teorías que cada niño construye sobre esos enigmas se amalgaman con lo más íntimo de él y tocan y nombran su cuerpo y sus sensaciones de una manera única, singular.

Los practicantes del psicoanálisis trabajamos con ese singular en cada uno y uno por uno. Porque cada niño tiene su propio encuentro con la sexualidad. Porque cada niño soporta sobre él los deseos y los ideales de sus padres. Porque cada niño responde a esto con su malestar. Porque cada niño lo expresará con sus propios síntomas. Porque si el embrollo es de palabras será en sus palabras dónde encontraremos la punta del ovillo para que pueda desembrollarse.

(*) Myriam Leguizamón. Lic. Psicología de la UBA. Miembro de la Asociación Psicoanálisis San Fernando – Tigre (APSaT) y del Instituto Oscar Masotta delegación San Fernando.


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