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La llave mágica, por Daniel Gurtler

La llave mágica, por Daniel Gurtler

Cuando era niño veraneaba todos los años en la casona de mis abuelos en el Tigre. Una enorme y vieja mansión del siglo diecinueve, con planta baja, dos pisos y sótano; techo de chapas viejas y oxidadas que antaño fueron verdes y una veleta en la torre mayor con un caballo alado en ella. Pequeños dragones y gárgolas en los desagües de las canaletas de zinc y en los balcones completaban su fauna junto a dos leones de piedra que vigilaban la entrada. Una típica construcción de estilo europeo con enormes pórticos y enredaderas trepando por los muros. La enorme reja de la entrada estaba algo oxidada y los goznes chirriaban cada vez que se abría. Nunca a nadie se le ocurrió aceitarla, el sonido era como si fuese la voz de la casa invitando o espantando al visitante según ella lo considerara.

Sus jardines estaban demasiado tupidos y sombríos. El sol raras veces lograba colarse por el espeso manto de hojas de los centenarios árboles que rodeaban la mansión. El musgo cubría las veredas de adoquines y la humedad siempre era excesiva. Si bien era el lugar perfecto para los juegos de los niños, a mí me parecía algo tenebrosa en los días nublados o de tormenta y ni qué decir por las noches cuando los sonidos de la casa eran los protagonistas de la escena. Muebles que crujían, pisos de parquet huecos por donde parecían caminar seres invisibles, el chirrido de los murciélagos al abandonar el techo para salir en busca de alimento, la enorme biblioteca cuyas maderas parecían quejarse del peso de los libros justo a medianoche y las escaleras por donde seguramente circulaban los fantasmas del pasado subiendo y bajando una y otra vez del comedor a los dormitorios.

El reloj de péndulo de la sala era un capítulo aparte, con sus doce campanadas de la medianoche, habilitaba a salir a todos los entes y duendes que la habitaban de éste mundo y de otros también.

La casa había pertenecido a mi bisabuelo, un navegante y viajero alemán que la hizo construir justo en ese lugar cuando aún no se había hecho ni el trazado de las calles. El viejo, por ese entonces joven, le decía a mi bisabuela, por entonces su hermosa esposa tirolesa, que había encontrado un lugar mágico donde los vórtices de energía se cruzaban generando un poderoso campo magnético que en ciertas épocas se ampliaba por la influencia de ciertos astros pudiendo abrir una puerta interdimensional que se comunicaría con el mundo interno.

Un vórtice, según explicaba él en su diario, es un lugar donde las líneas de los campos magnéticos terrestres se cruzan. Esas mismas líneas magnéticas que siguen las aves en sus migraciones como si fuesen rutas de energía.

Claro que yo en ese tiempo no sabía nada de todo eso, simplemente me parecía tedioso vacacionar los tres meses de verano allí cuando el resto de mis amigos lo hacía en el mar. Fue en una de esas calurosas tardes mientras mi madre y abuelos dormían la siesta, en que yo me escabullí hasta la torre de la veleta. Me tenían prohibido ir allí por el mal estado de los escalones. Las termitas habían hecho de ellos su morada y la madera parecía hacerse aserrín al sólo apoyar un pie sobre ella. Uno a uno y con mucho cuidado fui subiendo los peldaños que apenas si soportaban mi escaso peso hasta llegar a la cúspide. Empujé la puerta y entré a un pequeño cuarto octogonal con cuatro ventanas cuyos vidrios cubiertos de tierra apenas dejaban filtrar la luz. Una biblioteca con libros antiquísimos que parecían deshacerse apenas tocaba las hojas amarillas, un telescopio de bronce sobre un trípode y un escritorio con decenas de cajoncitos parecía el lugar ideal para saciar la curiosidad de un niño. Sobre él había una pluma, un tintero seco, anotaciones en un manuscrito que resultó ser una especie de diario, mapas, cartas astrológicas, cálculos matemáticos y fechas. A simple vista no pude traducir las anotaciones pues la letra no era muy legible para mí y si bien mis padres siempre me incentivaron para que aprendiese el idioma, aún no lo manejaba correctamente. Pero sí pude ver que existía una correlatividad con las fechas que se repetían cada treinta y tres años y una de ellas se iba a cumplir el día de mañana. Era el ocho de enero de mil novecientos setenta y siete, nunca lo iba a olvidar pues ese día cumpliría yo diez años. Antes del mediodía se produciría una alineación planetaria y el portal se abriría durante setenta y dos horas y luego se volvería a cerrar por treinta y tres años. Pero, ¿Dónde estaba el portal? Tenía sólo diecinueve horas para descubrirlo y ya los gritos de mamá se oían en el patio llamándome a merendar. Seguí revisando el escritorio y encontré un sobre amarillento y lacrado. Al abrirlo, una llave de hierro ennegrecida cayó sobre mi mano, en el ojo tenía calado un dibujo que en un primer momento me pareció un pájaro, pero luego al acercarla a la luz de la ventana descubrí que era un caballo alado igual al de la veleta. Tomé la llave junto con los manuscritos y bajé antes que me descubriesen.

Durante el resto del día estuve probando la llave en cuanta cerradura encontrase pero nada coincidía con ella. Llegó la noche y con la ayuda de una linterna, mientras todos dormían continué la búsqueda en las cerraduras de placares, escritorios y cuanto mueble o lugar de la casa yo tuviese prohibido. Finalmente me acosté y después de muchas horas de dar vueltas en la cama tratando de descubrir el misterio, logré conciliar el sueño.

Por la mañana le pregunté a mi abuela sobre su padre. Pero no sabía mucho de él. Era un hombre callado y taciturno, cuando estaba en la casa se la pasaba encerrado estudiando o investigando. Ella no sabía qué es lo que él hacía pues era muy rígido y severo, pero recordaba que una vez lo había visto feliz, casi eufórico. Decía que al fin había podido comprobar su teoría y que el mundo cambiaría a partir de su descubrimiento. Luego hizo varias reuniones en la casa donde vinieron personas que aparentaban ser muy importantes por el despliegue de carruajes, ropas, y vigilancia. Pero a los pocos días enfermó y murió por lo que ella nunca supo cual fue ese descubrimiento.

Las anécdotas de mi abuela acentuaron más mi curiosidad. La dejé en la cocina preparándome una torta de cumpleaños y me alejé dando vueltas y vueltas por la casa con la llave en la mano. Sólo faltaban un par de horas para la alineación planetaria y yo no había logrado descifrar el misterio.

Cuando llegó la hora señalada me senté rendido en los escalones de la galería que daba al jardín de la casa, con los codos en las rodillas y las manos sujetando mi cara triste. De pronto mi vista se fijó en el cuartito del fondo donde se guardaban las herramientas de jardinería. La sombra de la veleta se proyectaba justo sobre la puerta de madera. ¡¿Cómo no se me había ocurrido probar ahí?! Abrí los ojos como platos, dí un respingo y corrí hasta allí. Con manos temblorosas saqué las telarañas del picaporte e introduje la llave en la cerradura, la puerta se abrió y entré al pequeño cuarto. No había nada de especial en él. Regaderas, palas, azadas, baldes y palanganas de zinc, una mesa de trabajo, faroles de kerosene. Nada, ni una pista que indicara que ese era el lugar correcto. Decepcionado por segunda vez, maldije a mi bisabuelo y me disponía a salir cuando una corriente de aire cerró la puerta dejándome a oscuras. En la penumbra, unos rayos de luz que se filtraban desde la pared del fondo llamaron mi atención. Abrí la puerta para que la claridad me permitiera ver de donde provenían y descubrí que detrás de unos estantes había una puerta oculta, corrí las latas y demás objetos de la estantería, removí el mueble del lugar y me encontré con una rudimentaria puerta de madera que tenía un simple trozo de soga como picaporte. Sin dudarlo tiré de él.

¡No podía creer lo que tenía ante mis ojos! Unos enormes acantilados y un mar embravecido rompiendo contra ellos. Traspasé la puerta y pude ver que me encontraba en la entrada de una gruta a orillas del mar. Miraba hacia atrás y veía el cuartito de herramientas, la puerta abierta y más atrás el jardín de mis abuelos. Hacia adelante todo un mundo nuevo se desplegaba ante mí. No sabía en qué lugar me encontraba pero estaba decidido a explorarlo, así que me lancé a la aventura con todo el ímpetu que se tiene de niño cuando no se es conciente del peligro.

De lo que viví allí y de cómo me rescató un pegaso blanco se los contaré en otra ocasión. Pero les puedo asegurar que jamás olvidaré esas vacaciones en la casa de mis abuelos ni volví a ser el mismo de antes. Ahora espero con ansias mi cumpleaños número cuarenta y tres. Sé que alguien me espera del otro lado pues le prometí que regresaría.


Sobre el autor

Daniel GurtlerDaniel Gurtler. Escritor y novelista de zona norte, presidente del Círculo de Escritores de San Fernando Atilio Betti y miembro de la Comisión Directiva de S,A.D.E Delta Bonaerense.

En 2012 participó de la Feria Internacional del Libro en el stand de Bs. As. Cultura acompañando al Municipio de Tigre. Desde entonces participó todos los años en la Feria del libro en los stands de S.A.D.E. y de la editorial de los Cuatro Vientos firmando ejemplares de sus novelas “Sallmo 91 La ira de Dios” “El Señor del Fuego” y “La leyenda del Eleonora”.

Participó en varias antologías, publicó los cuentos: “La llave mágica”, “Un cuento para Trinidad”, “Recuerdos”, “El Patriarca de la Guerra”, “Revolución”, “El rey de las tempestades” y “El mensajero del rey”.

Es autor de las siguientes novelas inéditas: “El espíritu de la montaña”, “El rey de las Tempestades”, “La llave Mágica” y “Salmo 91 parte II Abadón el ángel del Abismo”.

 


  1. CINTIA
    CINTIA 6 septiembre, 2016, 15:58

    La verdad q hacia mucho q no leia algo tan magico invitandote a vivirlo y disfrutarlo como un niño en su mundo de cosas maravillosas !!! felicitaciones!!!

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