OPINIÓN

La noche en la que Córdoba nos vio brillar

Por Sabrina García

La autopista cargada de autos, banderas rojas y azules asoman por las ventanas. Cantos, bocinas. Es imposible que la pasión no te atraviese.
Salir del rulo de la autopista parece imposible. No queda un solo espacio para poner autos, muchos los dejan en donde pueden. Al fin y al cabo, todos compartimos la misma cita.

Desde los autos hombres, mujeres, niños y niñas caminan por el pasto, la tierra o la calle. Si por un segundo pasaras por allí a bordo de un avión la imagen sería similar al camino de las hormigas. Salen de todos lados y caminan imantados en una sola fila vestidos de rojo y azul.

Estábamos en Córdoba sí, pero parece cualquier calle de San Fernando, Virreyes o Victoria. Ahí están todos: amigos, vecinos, compañeros de colegio, compañeros de trabajo, tu familia, el amigo del amigo, el dueño del comercio que no sabes cómo es su nombre pero que hoy juega en tu equipo. Nos conocemos todos, somos familia.

Santi y Pipe en el KempesCon mi hermano, mi cuñada y mis tres sobrinos (los mellis de 8 y Felipe de 1 año) recorrimos 677 kilómetros para ser parte de esa historia. Cuántas historias nos pasaron por la cabeza en Córdoba.

Estoy segura que ahí estaba presente mi viejo que desde el 2013 no camina este mundo, el recuerdo de que Tigre ascendió “cuando vos naciste” en el ’79, decía y cuando nació mi hija, su nieta, en el 2007.

El Kempes repleto. El equipo de tu barrio, ese que te vio nacer pelea para sumar la primera estrella de sus primeros 116 años de historia.

Todos esos que forman parte de tu vida están ahí, ocupando las localidades de la tribuna Ardiles y Willington. Llantos, emoción, abrazos, historias de barrio, de amor por los colores, de un abuelo que llegó a Victoria y que dio inicio a una tradición familiar. Camisetas de todos los períodos brillaron en esa tarde de junio, de puro sol.

Algo de lo que Pablo Alabarces define como La cultura del aguante se hace presente y es esa corporalidad popular bajo una misma identidad: es el fervor por los colores, la pasión de tu club y esa estrella era mi lujo.

Primero Federico González, después Lucas Janson, de penal y Tigre completaba un primer tiempo a pura euforia. ¿El entretiempo? Estábamos fundidos en un solo abrazo, un solo canto. Todo eso frente a la atenta mirada y silenciosa hinchada de Boca que veía un pueblo feliz.

Esa noche Tigre se convirtió campeón de la Copa de la Superliga. El mejor equipo del torneo acababa de descender y defendió a pura garra su primera estrella. Sí, es una locura: descendidos y campeones. Si me voy a morir que sea acá, en esta noche brillante de amor.

La celebración siguió al otro día en Victoria. Festejo y baile en el Dellagiovanna de la mano de Pablito Lescano. Y al final vimos encender la estrella en el escudo.


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