OPINIÓN

Llenar de voces tanto silencio

Sabrina

Por Sabrina García

Se cumplieron 40 años de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a nuestro país para investigar las denuncias contra la dictadura por violaciones a los derechos humanos. Por aquel entonces los genocidas de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) hicieron reformas en el edificio Casino de Oficiales para ocultar el horror que allí ocurría y trasladaron a los detenidos a una isla ubicada sobre el Arroyo Tuyuparé, en la tercera sección del Delta sanfernandino. Como si se tratase de un presagio, la casa lleva por nombre “Quinta El Silencio”. 

Es necesario navegar más de dos horas por el delta, atravesar la poblada primera sección perteneciente al distrito de Tigre, cruzar el ancho Paraná de las Palmas y adentrarse en el delta sanfernandino. Allí las casas cada vez son más esporádicas, predomina el verde en la infinita variedad de especies vegetales. La inmensidad de la naturaleza lo cubre todo, incluso el rio que, producto de la falta de destronque (quitar los árboles caídos del curso del agua) obliga a bajar la velocidad de la embarcación para no perder una hélice o sufrir cualquier desperfecto.

Sin embargo la navegación continua y es necesario atravesar el río Paraná Miní para poder finalmente llegar al Arroyo Tuyuparé. Los pocos habitantes que están a nuestro paso nos miran desde un muelle o una ventana como la lancha busca el lugar para atracar en la “Quinta El Silencio”.

Aparece primero una construcción cuadrada de madera que descansa sobre pilotes, característicos de las casas isleñas, construidas en alto para que el humedal haga lo propio, el agua sube y baja según su propio movimiento y en cada sudestada o bajante cause el menor desastre posible.

Los pilotes no están a la vista. Fueron cubiertos por paredes de material que unen el piso de tierra con el piso de la casa (construida en altura). Hay unas aberturas rectangulares que funcionan como una suerte de ventana y en la parte posterior de la propiedad aparece una abertura más amplia que cumple la función de puerta (sin puerta).

Allí, durante un mes, vivieron hacinados, acostados, encadenados, con grilletes y encapuchados 15 hombres y mujeres que fueron detenidos de manera ilegal, por lo tanto, “secuestrados” por el Estado argentino. ‘La casa chica’, como se la conoce, tenía piso de tierra, no tenía ventilación ni luz. Había una letrina y al lado una canilla con agua de río. “A los pocos días de estar la mayoría de los compañeros estaban descompuestos, con cólicos, por haber tomado ese agua. El olor era insoportable”, recuerda uno de los sobrevivientes. Otro, en cuclillas señala el lugar donde estuvieron secuestrados. Lo hace en esa posición porque la altura no permite estar parados.

“Estábamos acostados sobre un nylon y unas colchonetas”, recuerda otro y agrega: “El frío era terrible”. A veces, según la guardia que les tocaba “alguno se apiadaba y nos dejaba sentar o fumarnos un cigarrillo”. Arriba, en la casa, dormían los marines. “Llegaban borrachos y se ponían a zapatear. El piso de la casa era de madera y con los golpes caía el aserrín de lo que se comían las polillas. Todo eso nos caía encima a nosotros”, relata un sobreviviente y agrega: “Querían volvernos locos”.

Unos 300 metros más adelante está “la casa grande”. Allí había otro grupo de secuestrados. A ellos los “tenían de esclavos”, recuerda un sobreviviente. A uno le tocaba falsificar documentación, otro se encargaba de cortar el fornio (que sirve para hacer cabos), desmalezar, podar, reparar o cocinar.

No podían verse. Los de la casa grande sabían que en la casa chica había otros detenidos pero tenían prohibido ir hacia la otra propiedad. Apenas podían esmerarse en la comida o realizar algún dulce de naranja o quinotos (frutales de la casa) para enviarles.

Algunos recuerdan que “cada tanto” pasaba gente caminando por el frente de la casa y una vez alguien llegó a correr la cortina que funcionaba de puerta en la casa chica. “Era un hombre. Corrió la cortina y nos vio. Se armó un quilombo!”, recuerda uno de los sobrevivientes pero al ser consultado sobre el destino de aquel señor no podía precisar qué fue lo que le pasó.

El silencio dejó se ser solo el nombre de la quinta, se convirtió en una forma de vida. No se sabía, no se veía, no se escuchaba. Un silencio que asfixia, ahoga. Tal fue así que la casa fue descubierta hace algunos años por uno de los sobrevivientes. Osvaldo Barros, quien cuenta que un día a partir de una charla con una escritora del delta surgió el tema la casa que había funcionado como centro clandestino de detención. Esa escritora habló con una de sus vecina del delta y ésta no sólo le confirmó que ese lugar existía sino que además los llevó hasta la “Quinta El Silencio”.

40 años más tarde de aquel horror estos hombres y mujeres volvieron al lugar no solo para señalar el sitio, también para hablar, para relatar aquellas historias que los han acompañado a lo largo de este tiempo. “Es importante que se sepa”, “Se tiene que visibilizar lo que aquí pasó”, “El Silencio es la ESMA”, todos hablan, cuentan. Las manos no alcanzan a escribir tantas historias juntas. La mente no llega a comprender tanto horror. Cada uno de ellos está ubicado en un lugar distinto del parque contando situaciones, describiendo los olores, y a quienes estamos allí para tomar nota de aquel acto histórico nos encantaría tener más oídos y tiempo para escucharlos a cada uno.

Lo importante es que hablan. La información circula. El silencio se llena de voces.

(*) Sabrina García. Periodista. Directora de www.sanfernandonuestro.com.ar y www.zonanorteambiental.com.ar


  1. jorge luis witis
    jorge luis witis 8 septiembre, 2019, 15:04

    Si, Sabrina, Nunca Más el Silencio

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