OPINIÓN

Pandemia

Esteban De Gori

Por Esteban De Gori*

La actualización minuto a minuto de contagiados y muertos nos tira el “mundo encima”. Hace mucho que no es tan (visualmente) dramático. Los individuos ante la crisis se dedican a diversas cosas. Compran alimentos, medicinas, armas y porno.

El Coronavirus (Covid19) se expandió con una velocidad que solo puede adjudicarse a las finanzas y a sus flujos globales. La actualización minuto a minuto de contagiados y muertos nos tira el “mundo encima”. Hace mucho que no es tan (visualmente) dramático. La pandemia es transmitida en vivo y directo. Queda la sensación que no queda lugar alguno al que huir. Estamos atrapados en un territorio global que se frenó y se parceló. La imaginación de la limitación nos invadió violentamente y el movimiento perpetuo (de capitales y personas) se cayó. ¿Ante eso que queda? En principio, el Estado y el individuo que se miran frente a frente. El primero vuelve con ímpetu, como único actor sobre la tierra que puede defendernos, le reclamamos como seres hipermodernos que nos haga vivir hasta el hartazgo. El control biopolítico se transformó en un reclamo prioritario. Se le exige a las instituciones públicas cuidar esa propiedad esencial que el derecho natural indica como relevante: la vida. En Europa, salvo lo sucedido en la guerra de los Balcanes de 1994, no se observaban tantas muertes masivas desde la Segunda Guerra Mundial. La muerte, en algunos casos, vuelve al lado de las personas y desestabiliza la imagen, como vemos en Italia, de ese sueño contemporáneo de fallecer en privado y en un hospital. Por ello, en algunos países el sistema sanitario se ha extendido a hoteles, clubes y clínicas vinculados a sindicatos. Sacar la muerte de las casas es un punto clave para evitar el mayor de los miedos: morir solo sin que nadie lo sepa.

La clase política se relegitima en el territorio de la conducción y su capacidad de generar cohesión pluralista. Sabe que curar es gobernar, hoy más que nunca. Concentra el poder político y busca recuperar el territorio. Su destino está ligado a la identificación con las expectativas sociales que abre esta pandemia. Si fallan en el cuidado estarán en graves problemas. Los liderazgos, en estas situaciones, se vuelven relevantes, como así los científicos. Salvo Boris Johnson que antepuso inicialmente el músculo económico por sobre la salud pública, la mayoría de las clases políticas colocaron sus miradas (persuasivas y coercitivas) en los individuos y en su sostenimiento. El discurso acerca del individuo y una ética de la responsabilidad entraron como un “tubo” en la narrativa estatal. Para la política, el individuo es el fin y el problema mismo y en este momento, con exigencias drásticas, mucho más. La reivindicación de la individualidad se inscribe en las largas imaginaciones liberales, por ello, pese a la gran intervención estatal que observamos, ésta no perecerá. La individualidad recalibrará su lugar y oscilará entre su afirmación singular y la delegación del orden y la salvaguarda en el Estado. No cuidar ni movilizar al individuo puede suscitar conflictos sociales y en esta crisis sanitaria podría constituir un problema mayor. En estas situaciones límites se agigantan y amplifican las diferencias sociales, de clase y étnicas que pueden provocar cambios de humor ante ciertas injusticias.

Otro gran relato que se relegitima es la creencia en la ciencia. Hoy ha resistido a todo (antivacunas, terraplanistas, etc) y de la cual todos esperan algo. Antes y después del coronavirus la ciencia gozaba de una vitalidad nunca vista. Las religiones occidentales, en su mayoría, no entrevieron en esta pandemia un castigo por pecados actuales. No vendrá el Mesías, ni los cuatro jinetes del apocalipsis. Algunos relatos se acercan más a un futuro de seres sanos atacando zombis, vidas futuras sin compartir flujos o una suerte de territorios con ciudades vacías y personas escondidas al acecho. La erosión de la profecía religiosa abre a la imaginación de otras calamidades u horizontes.

El aislamiento, la cuarentena obligatoria y vigilada redefinen los vínculos sociales y las antiguas cercanías corporales se ven puestas entre paréntesis. Se producen desconfianzas múltiples, preguntas sobre lo que el otro u otra traerá y un nuevo táctil cotidiano. Un nuevo estilo de touch screen ciudadano aparece en lo inmediato. La sanidad y asepsia han ganado todos los territorios. Estamos en “guerra”. Un relato envolvente. Su vitalidad simbólica se refunda constantemente. Sus metáforas vuelven a la palestra. Il “Gran capitano” y la guerra se consagran en las figuras estatales y presidenciales. Pero no es cualquier enfrentamiento bélico. No se busca infligir daños, sino una guerra por la vida, donde en algunos casos las autoridades decidirán los destinos de varias personas (sobre todo, cuando el sistema sanitario esté desbordado). Los Estados van contra un virus y contra la velocidad de contagio que este supone. Una velocidad supranacional donde el Estado puede llevarse puesto todo (o no).

Los individuos ante la crisis se dedican a diversas cosas. Compran alimentos, medicinas, armas y porno. PornHub habilitó su servicio Premium para acompañar el drama italiano y a un aislamiento que mucho costó a la ciudadanía. Las personas se relocalizan en sus casa. Suman redes sociales y las combinan con confinamiento doméstico y (auto) exploración corporal. El individuo debe dejar de prestar colaboración al espacio público y verse de repente en lo privado (hoy diríamos que ese mundo también puede ser un infierno). Engordar. Deprimirse. Crear. Sentir el cuerpo de otra manera. Acorralarse. Arrojarse a las redes y a sus potencias fotográficas e imaginativas. Todo eso con múltiples tareas: limpiar, comprar, trabajar y entretener a todos los habitantes de la casa. Redefinir la salud psíquica en el aislamiento. En un mundo que desea vivir mil años un par de semanas en la casa presentarán algo que parecía disipado: el aburrimiento. El tedio de vernos a la cara, de vernos a nosotros mismos más de la cuenta. De recorrer los mismos espacios. De padecer la incertidumbre. Y más cuando sabemos que el mundo económico y laboral se dañará.

¿Vamos hacia un nuevo mundo? El Estado, el individuo y los distintos colectivos calibrarán sus rutinas. Esta pandemia impactará sobre éstos, la globalización e inclusive sobre la misma democracia. A su malestar, podrían agregarse mayores demandas simbólicas y económicas. Existen gobiernos con largas políticas de austeridad que se encontrarán peor posicionados para enfrentar lo que se viene. Estamos ante un laboratorio social y político.

Esta crisis de la existencia obligó a recuperaciones del Estado intervencionista, orientó las miradas sobre las instituciones públicas y, al mismo tiempo, volvió sobre el individuo al cual se decidió cuidar y con el que además busca reactivar una ética de la responsabilidad común. Nada de esto los dejará indemnes, pero tampoco los modificará radicalmente. La fragilidad estatal construida durante las últimas décadas, la configuración del individuo y las novedosas trayectorias de los movimientos sociales son realidades que deberán ¨metabolizar” y redefinir con sus estrategias frente a lo que se viene. Las respuestas fueron variadas en un occidente que se imaginaba al margen de estas desgracias. Hoy inclusive, una nación debe ser imaginada considerando a una ciudadanía aislada y distanciada socialmente que, en términos generales, brama por orden.

Alain Touraine se preguntaba si podremos vivir juntos. Seguramente sí pero esta experiencia quedará en las memorias sociales, en las existencias, como en aquellas acciones que se llevaron adelante para contrarrestar este virus. Algo de ello quedará.

(*) Esteban De Gori. Sanfernandino. Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Autor del libro: “La República Patriota: Travesías de los imaginarios y de los lenguajes políticos en el pensamiento de Mariano Moreno”. En Twitter @edegori

Nota publicada en BeCult | Imagen de nota: @catherinebalet_artist


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