CULTURA

“Pequeñas historias de San Fernando”, el libro de Jorge Meijide

“Pequeñas historias de San Fernando”, el libro de Jorge Meijide

“Son historias de barrio, pequeñas pinceladas de un tiempo vivido entre picados de veinte contra veinte, carritos de rulemanes, figuritas, bolitas, verduleros, hieleros, lecheros a domicilio y vecinos que en las noches de verano salían a la vereda a quejarse del calor y los mosquitos. (…) Historias de pioneros. Inmigrantes que se afincaron, formaron sus familias y afianzaron su actividad comercial. De quienes hicieron este pueblo, integrando las cooperadoras de los centros de salud, de los bomberos, conduciendo entidades culturales y sociales, participando en la organización de todo evento que favoreciera a la comunidad”.

jorge-meijide-1-750x430No todas las historias de barrios, sin embargo, se restringen a aquella zona y personajes que describen. Avanzan hacia un compendio de espacios y situaciones que exceden el relato costumbrista para atesorar una etnografía de la vida cotidiana que en uno o más siglos a los cientistas sociales del futuro les servirá para reconstruir una Historia en los detalles que los grandes rasgos de la política osan omitir. Raro es un libro escrito por un artista plástico que de modo alguno pretende constituirse en literato. Por eso la prosa llana y concreta de Jorge Meijide (San Fernando, Buenos Aires, 1947) se desliza al modo en que el lápiz traza emociones en el lienzo. Más conocido como Meiji por sus incursiones en la historieta (La Clínica del Doctor Cureta, 67 Bis y tantas otras) en la desaparecida revista Humor, fue pediatra como en su momento el Che fue médico, hasta que también, mutatis mutandis, se decidió por su vocación, dedicándose de lleno, principalmente, al dibujo y al grabado. Artes que le merecieron el premio Trabucco otorgado por la Academia Nacional de Bellas Artes y el Premio Nacional, dentro de una larga lista de reconocimientos.

En las Pequeñas Historias de San Fernando, Meijide se cobra una deuda consigo mismo y con el rioba que lo vio nacer. No sólo recorre con su memoria esas calles sino que busca testimonios, rescata fotografías, da lugar a que sus vecinos reconstruyan en primera persona una épica sembrada de objetos tanto como de evocaciones de un tiempo que se fue. “Si lo que viene se tratase de una obra de teatro, seguramente la escenografía excluyente representaría la calle General Pinto, entre Belgrano y la vía del Ferrocarril Mitre que va de Retiro a Tigre. Se sumarían también telones con la calle Constitución, la Plaza Mitre, la Iglesia Nuestra Señor de Aránzazu, los tres cines que ya no están, la Biblioteca Madero, el Colegio San Fernando y el Club del mismo nombre”.

Historias que dejan de ser pequeñas cuando se convierten en el palpitante reservorio de usos y costumbres que otorgan pulso y fervor no sólo a esa localidad situada entre San Isidro y Tigre pues alcanzan a todo un pueblo, un país. La impronta personal se cruza con la pintura de los personajes: “Siguiendo por General Pinto hacia la vía del tren, vereda impar, estaba mi casa. Un frente de viejos ladrillos ya visibles por el revoque descascarado típico del paso del tiempo, una puerta de madera altísima y dos ventanas de casi la misma altura con rejas a los costados. (…) En la misma dirección, pegada, estaba la casa de Don Ramón, “El cacique”, como lo llamaba yo por su perfil semi indígena. Vivía con la Ñira, su mujer y sus dos hijos, Jorge y Ramoncito. Nuestro “Rondamón” me adoraba, como que me había adoptado como su nieto. Iba mucho a su casa y en el pequeño tallercito que tenía en el patio me había dado una madera grande donde yo me la pasaba clavándole clavos, uno y otro, sin ningún sentido más que el placer de hacerlo. (…) Era muy tanguero y peronista, Don Ramón. Solía ir a pararse en la esquina con su funyi, pantalones grises o azules impecables con tiradores, zapatos negros bien lustrados y musculosa”.

Juguetes, ceremonias, enseres hogareños que marcaron una época retornan en imágenes poco reconocibles para los Sub 50, pero que constituyen parte insoslayable de un modo de vida. Como las golosinas: “Los Bloquecitos Suchard eran irresistibles. Azul (amargo), Verde (con leche), Rojo (cereales), Amarillo (almendras) y Blanco (blanco). Después aparecieron unas tabletas más grandes con los mismos sabores que con los años se convirtieron en auspiciantes de la imperdible serie televisiva Caza Submarina con Lloyd Bridges. Los Aero de Noel eran unos chocolates medianos aireados alucinantes. Competían con los Sufflair, de marquilla roja”.

Registro cuasi antropológico de la vida privada de una clase media trabajadora suburbana, Pequeñas Historias comprende tratamientos imposibles de figurar en papers académicos: “‘Te voy a poner pupilo’ era la amenaza constante de nuestras madres significando que si ‘no hacíamos caso’ (otra frase célebre) nos pondrían en un colegio cama adentro (que los había). En esa línea también estaban en el podio ‘Me hacés renegar’, ‘Me estás haciendo hacer malasangre’, ‘Me hacés poner los pelos de punta’ o ‘Me vas a hacer sacar canas verdes’. Todos best sellers de la culpogenia materna”.

Si la construcción de un inventario es la condición de posibilidad de una memoria no menos que del pensamiento sistemático y, luego, de una ciencia, el texto de Meijide cobra una actualidad que desplaza toda melancolía. Compone series de objetos, oficios, rituales, acontecimientos políticos, eventos deportivos, manifestaciones artísticas, sucesos de los mejores y de los ingratos que, enclavados en la mitad del siglo XX, dieron trazo y textura a toda una sociedad.

Fuente: Jorge Pinedo para El Cohete a la Luna


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