OPINIÓN

Perfiles olvidados: Adolfo Saldías

Ismael Pozzi Albornoz

Por Ismael Pozzi Albornoz *

Junto con Manuel Bilbao, aunque con mayor enjundia y fundamentación, comparte el mérito de haber sincerado en sus investigaciones y escritos la historia por entonces reciente que, a imperio de los postulados férreamente impuestos por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, había sido prolijamente falsificada en todo lo referido a Juan Manuel de Rosas y su gobierno; consagrando en cambio una versión oficial que renegaba de nuestro verdadero pasado y del protagonismo que en él tuvo el criollo, cuyo arquetipo era ese gaucho federal tan despreciado por los liberales pues – en palabras de Raúl Scalabrini Ortiz – “…con frases capciosas sus virtudes fueron tergiversadas en vicios; su valor en compadrada; su estoicismo en insensibilidad; su altivez en cerrilidad”, y también – al decir de Ramón Doll – porque no siendo todavía bastantes ‘civilizados’ resultábamos “…indignos de la gran riqueza que nos deparó el destino [y] si queríamos ser algún día dignos, debíamos entregarla aún más al progreso…”. Claro que sin que el Régimen definiera taxativamente qué debía entenderse por ‘progreso’, a menos que por tal se juzgara lo resultante de la mentirosa antinomia sarmientina entre ‘civilización’ y ‘barbarie’ que consagrada como verdad revelada fulminaba réprobos a quienes tuvieran la osadía de cuestionarla. Y eso fue precisamente lo que Adolfo Saldías hizo, pagando su desafío con un ostracismo intelectual que en buena medida aun hoy subsiste.

Un liberal convencido

Adolfo Saldías nació en Buenos Aires el 6 de septiembre de 1849, y acorde al perfil cerradamente unitario de su familia la primera formación le fue impartida por maestros británicos en el English Seminary y luego por Mr. N. Hempel. Pasó más tarde a la denominada Escuela Modelo (después de Catedral al Norte) fundada por Sarmiento y, ya adolescente, al Colegio Nacional en tiempos del rector Eusebio Agüero y bajo la dirección de Amadeo Jacques. Siguiendo un previsible ‘cursus honorum’ en 1868 se matriculó en la Facultad de Derecho cuando la Universidad era regenteada con mano férrea por Juan María Gutiérrez. Allí fue discípulo del colombiano Florentino González que dictaba la cátedra de Derecho Constitucional, en realidad una exaltada tribuna acrítica del texto redactado en 1853, y de Manuel Zavaleta profesor de Economía Política, un curso destinado a consagrar la aceptación irrestricta al principio del ‘dejar hacer, dejar pasar’como motor de la iniciativa privada aun cuando de ello se siguiera un perjuicio para el interés nacional, como se verificara con la libre introducción de manufacturas importadas que causó el quiebre de los talleres artesanales protegidos hasta entonces por la política aduanera del rosismo.

Junto con Lucio V. López, Miguel Cané, Eugenio Cambaceres, Joaquín V. González y Carlos Pellegrini, entre otros, formó parte de esa juventud que a poco nutriría los cuadros de conducción en un proyecto de país que conocemos como de la ‘generación del 80’; diseño que los integró aglutinados en una nueva y auspiciosa ‘clase’ caracterizada por su positivismo jurídico, agnosticismo religioso y un exaltado liberalismo en política; concepción tripunte reforzada por el normalismo en educación y la afiliación masónica en lo social. Fueron ellos los que contribuyeron a forjar esa visión retórica de la Argentina que siendo “paraíso de las mieses” estaba llamada a convertirse en “el granero del mundo” y la capital, al precio de avergonzarse de su origen hispano-católico, renegar de haber sido la “gran aldea” para transformarse en “la París de Sudamérica”. Y a modo de divisa hicieron suyo el lema que Julio A. Roca adoptó para definir la primera de sus presidencias: “Orden y Administración”.

Hombre de su tiempo, “Cuando Saldías egresó de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, en 1874, estaba bien cortado a la moda. Bajo el brazo llevaba un diploma de honor con la firma de J. M. Gutiérrez. Era socio del Club del Progreso. Estaba afiliado a la logia masónica Constancia…” y se lanzó de inmediato al periodismo pasando por la redacción de “El Fénix” y más tarde, como director, por las de “La Libertad” y “El Argentino”. Incursionó en política militando inicialmente en el Partido Autonomista (ganando a los veintisiete años una diputación en la Legislatura) para fundar después la llamada Unión Cívica de la Juventud; electo senador por la Provincia de Buenos Aires, en 1898 fue designado ministro de Obras Públicas por el gobernador Bernardo de Irigoyen e integró como vice la fórmula encabezada en 1902 por Marcelino Ugarte. La milicia lo contó alistado cuando joven en el 2° Batallón de Guardias Nacionales y más tarde en el N° 5 que cumplía guarnición en la isla de Martín García; instrucción que le sirvió luego para formar parte de los estados mayores revolucionarios durante el alzamiento de Carlos Tejedor y, en 1890, en el famoso del Parque de Artillería. Fue también diplomático, iniciándose como secretario en nuestra legación ante el Reino Unido, e integró en 1888 la Liga Internacional por la Paz; antecedentes que sirvieron para que el presidente José Figueroa Alcorta lo designara embajador en Bolivia y en ejercicio de esas funciones murió allí el 17 de octubre de 1914. San Fernando de Buena Vista tiene el honor de custodiar en su cementerio municipal los restos de este destacado hombre público y distinguido historiador.

La falsificación del pasado

Sin embargo ese protagonismo pudo ser mayor y, ciertamente, mayor también el aporte de Saldías al campo de la cultura y la educación, pero eso precisamente le fue negado luego de dar a conocer una prolija investigación histórica donde aplicando los parámetros preconizados por su maestro Mitre (estudio erudito de los archivos exponiendo la verdad contenida en el documento) contradijo el discurso oficial en un tema tan sensible como era para los antiguos unitarios la vida y obra de Juan Manuel de Rosas.

En efecto, caída junto a la soberanía nacional la dignidad argentina en los campos de Morón – por peor nombre Caseros – un 3 de febrero de 1852, los vencedores alcanzaron por la fuerza el poder que durante décadas no habían conseguido huérfanos de todo apoyo popular y así, al amparo de las bayonetas extranjeras, se inició la llamada etapa de “organización nacional” teniendo por pivotes un constitucionalismo copiado del modelo yanqui y un régimen presidencialista inaugurado por quien siendo “la primera lanza de la Federación” se convirtió, comprado por el oro brasilero, en traidor a su causa: Justo José de Urquiza.

Ese andamiaje jurídico-político necesitaba de un fundamento ideológico que lo justificara ante la posteridad, legitimando el porqué del proceso así concluido, pero, sobre todo, salvando la responsabilidad de sus principales actores transformados ahora en conductores del país y a sabiendas que la Historia es la conciencia de los pueblos y archivo del mañana a ella apelaron para lograr tal propósito. Resultando esa empresa una tarea ímproba la asumió gustoso Bartolomé Mitre y fruto de su pluma fueron dos historias, una de Belgrano “y de la Independencia Argentina” y otra de San Martín “y la Emancipación Americana”; preludio de la compuesta por Vicente F. López que trataba de la República Argentina desde sus orígenes y hasta las primeras tres décadas del siglo XIX. Aunque ambos se orientaron hacia el mismo relato discreparon en el método, suscitando una polémica famosa seguida puntillosamente por sus devotos, en la que el primero acusaba al otro de fantasear su narrativa porque no la fundaba en documentos y retrucando el segundo que el general-escritor aun teniéndolos no los sabía interpretar.

No obstante, con sus libros sentaron las bases de ‘qué’ debía rescatarse de nuestro pasado y ‘quiénes’ merecían la gloria del procerato o la sanción del olvido; y para fundamentarlo no temieron adulterar los hechos acontecidos o prefabricar grandezas personales; macaneo pseudo histórico que justificó transformar a Mariano Moreno “en el numen de la Revolución de Mayo”, a Bernardino Rivadavia en “el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos” y poco después a Domingo Faustino Sarmiento en “padre del aula”. Siendo en esencia su visión maniquea exigía de una contraparte y entonces, respetando los ejemplos citados, Cornelio Saavedra fue presentado como el retardatario de la gesta de 1810, los caudillos como unos bárbaros aferrados a tradiciones ridículas y, paradigma de todos los oprobios, la figura de Rosas como la del “tirano sangriento” que gobernando a su antojo había perseguido de forma inmisericorde a sus opositores quienes, no obstante, al conseguir derrocarlo impusieron definitivamente la paz y el bienestar en el marco de las instituciones. Esa era la ‘historia oficial’ que debía enseñarse de forma metódica y en todos los niveles, consagrando un nuevo paradigma de pensamiento afín ideológicamente a una titulada “línea Mayo-Caseros” y enunciado por Juan Bautista Alberdi en sus tan mentadas “Bases” con un verismo rayano en la desvergüenza: “Hemos de componer la población para el sistema de gobierno, no el sistema de gobierno para la población… necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces para la libertad”. Y entonces ese valor, la libertad, fue divinizado hasta el paroxismo, sacrificándose ante él otros no menos respetables como la Verdad y la Justicia.

La “Historia de Rozas”

Queda claro que para el liberalismo triunfante, nada, absolutamente nada de lo pontificado por sus historiadores podía ser puesto en duda y que en su versión oficial de nuestro pasado el período 1830-1852 solo merecía ser denostado por corresponder a “la tiranía” y, en el mejor de los casos, recordado apelando no a testimonios auténticos sino a sectarias descripciones literarias como fueron por caso la soporífera novela “Amalia” de José Mármol o las fantasiosas “Tablas de Sangre” del crapuloso José Rivera Indarte. Pero pese a ese esfuerzo, elevado a la categoría de verdadera política de estado, resultaba evidente lo endeble de su trama que dejaba sin explicación, por ejemplo, nada menos que al Pacto Federal, el más importante de los preexistentes a la constitución que lo invocaba como fuente; a los tratados de Southern y Le Prédour que con la convención Arana-Mackau resultaban fundantes de una política exterior todavía en vigencia; y, mayúscula omisión infame, la defensa irrestricta de nuestra soberanía cuya gesta emblemática fue el combate de la Vuelta de Obligado, aquel del que Martiniano Chilavert confesó “su estruendo resonó en mi corazón” motivándolo a dejar las filas unitarias por tomar conciencia de la ignominiosa traición en que esa facción descastada había incurrido aliándose con los agresores de la Patria. En fin, ese vacío historiográfico resultaba tan notorio que alguien, antes o después, terminaría por llenarlo y fue entonces que Saldías publicó la Historia de Rozas y su época.

Su nombre ya era conocido al cobrar notoriedad un Ensayo sobre la historia de la constitución argentina, impreso por Carlos Casavalle en 1878, donde su probidad intelectual lo llevó a sostener ciertas afirmaciones inquietantes para algunos, como que “…Rozas fue la encarnación viva y palpitante de los sentimientos, de las ideas, de las inspiraciones de nuestras campañas, que, con él a la cabeza, se impusieron por primera vez…”, e incluso a formularse un planteo todavía más urticante: “Si Rozas representó en el gobierno las aspiraciones de la mayoría de la Provincia, si ésta se empeñó en mantenerlo en él, legalizando todos sus actos por medio de demostraciones de adhesión, que jamás prodigó a ningún otro gobernante ¿la Historia debe descargar sobre la cabeza de Rozas todas las acusaciones, todo el oprobio, toda la odiosidad que pueda inspirar la tiranía?”.

Es que por entonces ya había calibrado la necesidad de realizar un aporte mayor para el conocimiento del período federal, reconstruyéndolo en base a testimonios veraces, porque al decir de Julio Irazusta “…antes de tener en sus manos los papeles secretos de Rozas de que él mismo habla en el Ensayo…ya disponía de todos los materiales importantes que utilizaría en su libro”. Se decidió y apeló para escribirlo al “método científico” utilizado por Mitre, y el resultado fueron tres tomos aparecidos sucesivamente en 1881, 1884 y 1887, el primero en París y los dos restantes en Buenos Aires. Disciplinado y sistemático ordenó su trabajo desechando aquellas fuentes poco confiables, como panfletos y meras tradiciones orales, para centrarse en el análisis de los impresos de época, accediendo a las prolijas colecciones de la “Gaceta Mercantil” editada por Nicolás Mariño y del “Archivo Americano” que en tres idiomas (español, inglés y francés) había dirigido el polígrafo Pedro de Angelis; pero también como un aporte insustituible consultó la documentación oficial atesorada por el archivo particular del mismo Rosas cuya compulsa le facilitó en Londres la hija del desterrado.

Repitió la indagación con la prensa unitaria y también consultó a los principales exponentes de esa facción que estaban todavía vivos, sorprendiéndose al descubrirlos desde una perspectiva distinta; como le aconteció después de leer la misiva que desde Nueva York Sarmiento le enviara en 1865 a Avellaneda, solicitándole copia de los tratados federales “…que los unitarios han suprimido después con aquella habilidad con que sabemos rehacer la historia”, o conocer la lapidaria frase con que el mismo sanjuanino había despachado oportunamente a un novel Ramos Mejía: “Jovencito: no tome como oro de buena ley todo lo que he escrito contra Rosas”. De a poco en su lúcida inteligencia fue configurándose una visión desconocida del Restaurador y, según investigaba, más comprendía lo que realmente había acontecido durante los años de su gobierno y también el engañoso tinglado histórico armado después de Caseros cuyas consecuencias estaban a la vista: “…lucro ilegítimo, la mitad de la sociedad tributaria de la otra mitad, la avaricia sórdida, la explotación vergonzosa, la mentira erigida en sistema, la virtud puesta en ridículo [porque] el pueblo – que es la nación – jamás toma la personería que le corresponde en esa cuestión de gobierno que envuelve para él sus intereses más íntimos y vitales”, exactamente todo lo contrario al orden de cosas que había imperado en tiempos del mal llamado “tirano”.

Una carta vil

Para entender lo que siguió a la aparición de su libro sobre Rosas no debe olvidarse que Adolfo Saldías era un liberal por formación y convicción, admirador ferviente de la generación del 37 liderada por Esteban Echeverría, aquella de la “Asociación de Mayo” y la “nueva Troya”; un entusiasta del mito del “progreso” ilimitado, racional y cientificista; un masón militante, responsable con sus arengas de potenciar a las turbas que quemaron, por odio a los jesuitas, el colegio del Salvador; un porteñista cerril enemigo de lo provinciano, al punto de defender a los tiros la autonomía de la Capital; en suma, como dijimos, un hombre de su tiempo.

Pero también que en Adolfo Saldías vivía un intelectual honesto, capaz de equiparar el oficio de historiador al de un juez, imponiéndose relatar el pasado con equidad y lejos de cualquier visión parcial o sectaria. El mismo que escribió “no necesito demostrar mi odio a las tiranías” afirmaba “No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado… los viejos y estériles rencores” para descalificar la versión circulante acerca de la etapa federal; sosteniendo sin ambages en el primer capítulo de su obra que aquella era una época “…que no ha sido estudiada todavía y de la cual no hemos tenido más idea que las de represión y propaganda” y concluyendo, por lógica consecuencia, de que caído Rosas con él se había hundido un proyecto auténticamente nacional sustituido por otro, verdadera “ecuación del mercantilismo cuya incógnita era la nacionalidad que nunca se encontró”, regenteado por una oligarquía bien abroquelada en el poder pero en donde se computaba una ausencia notoria: el pueblo.

Convencido de haber hecho una buena labor, le pidió a Mitre su opinión crítica. Y Mitre se la dio. Su respuesta lo pinta de cuerpo entero porque, efectivamente, nadie traiciona su naturaleza. Utilizó al efecto la vía epistolar remitiendo su parecer al ámbito de lo privado, propio de cualquier carta, que sin embargo vulneró al hacerla pública y a toda página en “La Nación”; pero ¿qué lo motivó a obrar así, tan falto de ética?, la respuesta surge clara de la lectura de esa extensa misiva fechada el 15 de octubre de 1887 y que el diario citado reprodujo cuatro días después: el rechazo a que se reivindicara lo que oficialmente debía ser condenado pero también el agrio rencor de quién ve cómo un discípulo puede equiparar en excelencia al maestro.

Comenzaba Mitre por admitir lo innegable del esfuerzo realizado por Saldías reconociéndole “…la inmensa labor que encierra su libro, verdaderamente extraordinaria, la metódica ordenación de las materias, la extensa exposición de los hechos, a veces por demás prolija, … revelando en el estilo y los corolarios un notable progreso intelectual que hace a usted honor como trabajador, escritor y pensador, haciéndolo a la literatura argentina como producción intelectual de largo aliento que la enriquece, suministrando un nuevo contingente a la Historia”; pero a continuación y sin atenuantes comenzaba la descalificación hiriente: “Cree usted ser imparcial, no lo es, ni equitativo siquiera”, porque al haber escrito como lo hizo propendía “a la glorificación de un hombre que fue un tirano” y “la condenación sin remisión de los adversarios de la tiranía en sus medios y en sus fines, negándole hasta el instinto patriótico y desconociendo su obra aun después del éxito”, y remataba diciéndole “su corazón y su cabeza… están del lado de los verdugos triunfantes y no de las víctimas rendidas”. Así lanzado, lo amonestaba porque reivindicando a la Federación propiciaba un regreso a esa época “en oposición al espíritu universal que está en la atmósfera del planeta que habitamos” y cuyos basamentos eran “la libertad, las instituciones, la moral pública, que dan su razón de ser y su significación a los hombres que pasan a la historia marcando los más altos niveles en el gobierno de los pueblos libres”- en suma todo lo impuesto después de Caseros – y al hacerlo así asumía una actitud cuyo correlato era “Protestar contra sus resultados legítimos… contra la corriente del tiempo que nos envuelve y lleva a la Nación Argentina hacia los grandes destinos que se diseñan claros en el horizonte cercano”.

Concluía, lapidario, lamentando que su discípulo no hubiera entendido que ellos, los vencedores de Rosas, eran los buenos y, por lo mismo, estaban legitimados para actuar como quisieran; aconsejándole paternalmente que se rectificase, apartándose de “un punto de vista falso y atrasado” porque “su punto de partida que es la emancipación del odio a la caída de Rosas lo retrotrae al pasado por una reacción impulsiva”. En suma, Saldías debía sustituir su conducta de historiador argentino amante de la verdad por la propia de un auténtico liberal y un liberal verdadero no calificaba a los unitarios de “traidores, y por varias veces”.

Indudablemente, la respuesta de Mitre debió haberlo afectado porque solo por un notable candor personal pudo imaginar que aquel ceñiría su juicio de valor a parámetros alejados de toda parcialidad e inspirados exclusivamente en justipreciar la calidad del aporte científico y literario del trabajo; de haber obrado así el libro hubiera merecido una crítica ajustada y por lo mismo el reconocimiento de su valía, pero para eso era necesario que el opinante reuniera, entre otros atributos, un equilibrio y grandeza de los que don Bartolo carecía. Incluso, la furibunda respuesta de Mitre tuvo como correlato el silencio de Saldías, actitud moral que al tiempo de acreditar el señorío de uno exponía sin tapujos la mezquindad del otro.

Colofón

Quizás Adolfo Saldías no calibró el costo que pagaría por decir la verdad como historiador, pero seguramente sí conocía la dimensión del desafío asumido cuando se decidió a escribir su libro sobre Rosas; porque registraba muy bien el texto de aquella inicua ley del 29 de julio de 1857 que lo declaraba “reo de lesa patria por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo y por haber hecho traición a la independencia de su patria”, y también cómo en esa farsa de juicio titulado “proceso criminal” al Restaurador de las Leyes el fiscal Emilio Agrelo, otrora federal ‘apostólico’, había esgrimido como su principal argumento: “No podemos dejar el juicio de Rosas a la historia ¿Qué dirán las generaciones venideras cuando sepan que el almirante Brown lo sirvió? ¿Que el general San Martín le hizo donación de su espada? ¿Que grandes y poderosas naciones se inclinaron ante su voluntad? No, señores diputados. Debemos condenar a Rosas, y condenarlo con términos tales que nadie quiera intentar mañana su defensa”.

En lo concreto, después de la diatriba de Mitre una verdadera conspiración del silencio se ciñó sobre el libro, no mereciendo el menor comentario en ningún otro medio de la época ni ser citado como texto de consulta en investigación alguna. Sin embargo, aunque parecía que nadie lo leía, pronto se agotó y el oportuno consejo de Bernardo de Irigoyen lo alentó a reeditarlo pero ahora bajo el título de Historia de la Confederación Argentina que es como hoy lo conocemos. También, en rigor de verdad, antes que nosotros fueron extranjeros los primeros que valoraron el fenomenal aporte hecho por Saldías y así lo expusieron en sus propios trabajos el mejicano Carlos Pereyra (Rosas y Thiers), el brasileño Joao Pandiá Calógeras (Formaçao Histórica do Brasil) y el uruguayo Luis Alberto de Herrera (Orígenes de la Guerra Grande).

Pero como la semilla estaba sembrada en suelo argentino, y esta tierra es más que generosa, dio finalmente fruto y a partir de la segunda década del siglo pasado nuestra Historia comenzó a ser ‘revisada’ por una verdadera legión de entusiastas investigadores, que tomando como ejemplo el aporte de Saldías la rescribieron sin omisiones ni mentiras, dejando como testimonio un legado formidable que enlaza nombres como los de Carlos Ibarguren, Ricardo Caballero, Dardo Corvalán Mendilaharzu, Ricardo Font Ezcurra, Alfredo Bello, Rodolfo y Julio Irazusta, Martín V. Lascano, Evaristo Rodríguez Juárez, Alberto Ezcurra Medrano y Roberto de Laferrere, por citar solo algunos.

Finalmente, el ejemplo de Adolfo Saldías y su obra cobra incluso en el presente una inusual relevancia, porque claramente se aprecia cómo hoy la visión sesgada de algunos intenta nuevamente prefabricar lo sucedido en el pasado reciente, del que todos fuimos testigos y protagonistas, inventando una nueva ‘historia oficial’ huérfana de fundamentos y condenada a ser barrida por la evidencia de lo realmente acontecido. Circunstancia que nos hace pensar cuán poco se lo ha leído. Pero también que tal fenómeno de adulteración histórica expone otro signo de estos tiempos, muy parecido al de aquellos en que silenciando a Saldías se creyó poder ocultar una realidad que empezaba a exhibir las resquebrajaduras del ‘modelo’ impuesto por los triunfadores en Caseros y que, con certero ojo crítico, el semanario “El Mosquito” sintetizó con una clásica cuarteta de tapa: “Si se alzara de la tumba / ¡a cuántos escarmentaría! / el país que hoy se derrumba / con un Rosas vencería”.

* Docente e historiador, procurador y abogado, autor de varios libros de Historia. Artículo publicado en la revista “El Tradicional”, N° 92, de noviembre de 2009.


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