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Ser alcanzado por un rayo y sobrevivir para contarlo
Por Sabrina García
El pasado 12 de octubre un rayo cayó en la parte trasera de la estación de servicio ubicada en Avellaneda y calle 5. Hace 66 años atrás, un 12 de octubre cayó un rayo a pocos cuadras de allí y que atravesó a Carlos Sureda, vecino de la localidad. Dos historias que se cruzan un mismo día, en un mismo barrio.
¿Qué le pasa a un cuerpo si es alcanzado por un rayo?. La respuesta es poco alentadora. La descarga de una corriente eléctrica atmosférica en el contexto de una tormenta puede producir lesiones graves, entre ellas fatales. La rapidez, la descarga de hasta 10 millones de voltios, la temperatura muy alta que puede llegar hasta 4.000 °C, son elementos que brindan un panorama de la potencia del rayo y de cómo eso podría impactar en el cuerpo de una persona.
El 12 de octubre de este año, un rayo cayó en la calle 5, en la parte de atrás de una estación de servicio, quemando muchos aparatos. Esta explosión fue similar a la que vivió Carlos Sureda, cuando tenía 16 años, un 12 de octubre de hace 66 años atrás, a cinco cuadras de esa locación.
Carlos había llegado junto a su familia desde Trenque Lauquen hacía un año y medio. Se instalaron en la zona de Virreyes conocida por la gran colectividad italiana que la habita.
“Veníamos con un amigo en bicicleta desde Munro. Una hora antes había llovido más fuerte, en ese momento caía una pequeña llovizna”, recuerda Carlos de aquella tarde de octubre de 1959 cuando él apenas tenía 16 años. Estuvieron en la casa de un amigo del barrio, por la calle Pasteur al 3400, cerca de su casa, vieron pasar una amiga y salieron a decirle algo.
La joven no había hecho ni diez metros del lugar cuando se desató la tormenta eléctrica. “Estábamos debajo de la copa del árbol, miro al cielo y veo como una luz ultravioleta del tamaño de una pelota de fútbol que bajaba. Apenas atiné a cerrar los ojos y sentí la explosión”. El rayo cayó entre él, su amigo y el árbol.
“Llevaba un pantalón vaquero con broches de cobre y zapatillas de lona con punteras de goma. El jeans que se abrió por completo, las zapatillas se dieron vuelta por completo. Una explosión. Yo no llegué a desmayarme. Cuando me cayó el rayo sentía que las piernas se me vencían y me caía, pensaba que al llegar al suelo iba a morir y en esos segundos pensaba en todos mis amigos de Trenque Lauquen, que no los iba a volver a ver”.
Él cree que las zapatillas de goma lo salvaron de la muerte. El rayo le cortó la circulación de la sangre en las piernas. “No sentía las piernas. Tenía todo abierto, veía una marca violeta en una nalga. Sentía olor a azufre”, recuerda de aquella tarde mientras a su lado estaba desmayado su amigo.
El rayo generó un círculo en la tierra y convirtió en polvillo lo que hasta hacía unos segundos era barro.
Los vecinos salieron rápido a ver. La explosión le retumbó en los oídos por varios días. Nadie se animaba a tocarlos hasta que alguien los levantó y los cargó en la cabina de una camioneta de uno de los vecinos. “Parecía un tipo recién apagado por los bomberos. Un muchacho que trabajaba de chofer nos levantó y cargó en la camioneta de un señor que arreglaba máquinas de coser. Nos llevaron al hospital”.
Como el hecho sucedió a pocas cuadras de su casa él logró inclinarse y saludar a sus hermanas que estaban en la puerta de su casa. “Me imaginaba que le iban a decir a mi mamá que me había caído un rayo y quería que me vieran que estaba bien, para no preocuparla”, recuerda.
El rayo le quemó tres capas de piel. “La primera quedó pegada al jean, la segunda se salía como tela de cebolla mientras me lavaban”, dice. En el Hospital Cordero le curaron las heridas, le pusieron una bolsa con cicatrizante y vendas. “Como yo seguía sin sentir las piernas pensaba que al llegar al hospital me las iban a cortar”. Lejos de eso, a la noche terminaron de curarlo y ya podía caminar.
Estuvo internado entre 15 y 20 días. El jefe de guardia, el doctor Bianchi, le dijo al darle el alta que había tenido suerte y que el rayo lo había “vacunado contra el mundo”, recuerda y ríe.
La recuperación de las tres capas de piel le llevó casi seis meses. La piel debajo de las rodillas se le abría al caminar, por lo que los primeros meses caminaba agachado para no estirar. No le quedaron marcas de quemaduras en el brazo, pero sí en las piernas, donde perdió el vello de forma definitiva.
Como secuela, el entrevistado siente temor a las tormentas eléctricas. Un día, al ver un relámpago, se tiró de un colectivo en movimiento y destaca que no puede agarrar manijas de puertas durante las tormentas.


Soy “la hija de Pilin” así es como me llamaban en mi barrio desde chica. Es realmente para mí un orgullo ser su hija. Buena persona, honesto, buen padre, mejor abuelo, vecino solidario, trabajador y en especial sobreviviente de muchas cosas. Siempre decimos que el rayo lo hizo “superheroe” y tiene poderes que lo ayudaron a salir adelante siempre. Nos enseñó el amor al lugar donde vivimos hablando siempre de su amado Trenque Lauquen y nos inculcó que la única manera de lograr las cosas es con trabajo perseverancia y en familia. Pequeño homenaje que tus tres hijas tus yernos y tus nietos quisimos hacerte.
Grande Pa!!
Mi tio un ejemplo de resilencia. Te queremos ????