OPINIÓN

Sobre palabras y pulsiones

Por Verónica Ortiz*

¿Qué es la pulsión? Aquello que por no ser instinto nos diferencia de los animales. La pulsión, concepto acuñado por Sigmund Freud, es una vicisitud humana. ¿Y qué es lo específicamente humano? El lenguaje. Sí, es verdad que se habla de un lenguaje en los animales, las abejas, los delfines… Y también del lenguaje cibernético. Pero en esos casos se trata de otro tipo de lenguaje, hecho de signos y no de significantes. El lenguaje humano está organizado alrededor de un elemento faltante, vehiculiza un agujero simbólico. Y eso permite tales cosas como la mentira, la metáfora, el chiste, la poesía… y el psicoanálisis.

Cuando alguien nace se halla en un entorno de palabras. El mundo simbólico del lenguaje. Se encuentra con otros que le hablan, que lo sumergen en la llamada “lengua madre”. Se topa también con el deseo de esos otros que le hablan, que le otorgan o no un lugar- aceptación, rechazo. De ese encuentro primordial entre el cuerpo de alguien que nace, ese Otro que lo recibe, los deseos que se juegan, las resonancias de la lengua materna, surge alguien que, al tomar a su vez la palabra, será un sujeto, del inconsciente.

¿Y por qué se haría necesario, o deseable, un psicoanálisis en algún determinado momento de la vida de alguien? Porque hay lo que Freud llamó el “malestar en la cultura”. Los sufrimientos que habitan lo humano. El dolor de existir. Porque la pulsión no es algo pacificante o armónico. De ninguna manera. Empuja a los sujetos en una deriva imperiosa, inclaudicable ¿hacia su bien? No. Hacia el sufrimiento. Ese “golpearse una y otra vez con la misma piedra”, tan humano. Siempre la misma falla, en el amor, en las relaciones de familia o amistad, en el trabajo, en el cuerpo. La angustia horadando la existencia.

Es así que, a veces, algunos, en un determinado momento, deciden emprender la experiencia de un análisis. Absteniéndose de los tips, las estandarizaciones, los manuales de autoayuda que suponen que el bien sería el mismo para todos. En análisis un sujeto podrá escuchar- vía el relevo que brinda la transferencia- tropezando con ellas, cuáles son aquellas palabras que han importado en su vida, esas, las de él o ella. Que se han erigido como ideales, o maldiciones, que han marcado su cuerpo de un modo totalmente singular, pulsional, casi como si el cuerpo fuera una escultura tallada por el cincel de tales palabras. El psicoanálisis es una experiencia que consiste en una apuesta. ¿Cuál es el único “bien” al que aspira?: el bien decir. Es decir bien aquellas palabras que importan para hallar otro modo, mucho menos sufriente, de vivir la pulsión.

(*) Verónica Ortiz. Miembro de APSaT (Asociación de Psicoanálisis San Fernando-Tigre) y de AASF-T (Atención Analítica San Fernando-Tigre).


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