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Un cuento para Trinidad, por Daniel Gurtler

Un cuento para Trinidad, por Daniel Gurtler

Hace mucho tiempo, cuando yo era un niño, mi abuela Catalina me habló de un lugar encantado al que la había llevado su padre; un hombre serio, pero cariñoso y protector. Él la había cuidado con esmero, y sólo con la ayuda de una criada, desde que su esposa muriera por la peste cuando la pequeña era aún un bebé.

Fue al final de un verano, cuando cargando el carruaje con lo necesario para la travesía, emprendieron el viaje. En aquel entonces los bosques de robles cubrían la mayor parte de Europa y los caminos cruzaban por el medio de ellos de un reino a otro. El padre de mi abuela, llevaba las riendas conduciendo a dos recios frisones negros que tiraban del carro sin esfuerzo alguno. Tal era la fuerza de esos briosos animales que parecía que el carruaje se deslizaba sobre la tierra.

Viajaron durante cuatro días por caminos sinuosos y desconocidos. Algunos cubiertos de pasto pues hacía tiempo que nadie circulaba por ellos. Promediando la tarde del cuarto día, mi bisabuelo Franz detuvo el coche diciendo: Aquí es.

Catalina se asomó y miró asombrada esas colosales rocas grises plantadas en medio de aquel claro. Era como si la mano de algún gigante las hubiese traído hasta allí y las hubiese clavado, una por una, formando un círculo perfecto. Todos aquellos pilares de granito de más de cinco metros de altura habían sido cortados de la misma forma y colocados a la misma distancia de una enorme mesa circular de piedra.
Ambos bajaron del carruaje y caminaron sobre la hierba hasta adentrarse en esa extraña construcción.

-¿Quién hizo esto, señor? – preguntó Catalina.

-Nadie lo sabe con certeza. Dicen que alguna civilización lo construyó hace miles de años. Pero luego fueron utilizados por los Druidas, antiguos magos que habitaban en estos bosques y poseían poderes mágicos.

-¿En serio?

-Pues sí. – dijo Franz – Aquí se reunían durante los solsticios a realizar sus rituales sagrados. Dicen que sus almas aún habitan en estos bosques y que los fantasmas continúan realizando esos ritos para que la naturaleza pueda continuar su curso a pesar de toda la negrura que el hombre vuelca sobre ella.

Un temor respetuoso sobrecogió a Catalina. Lentamente fue recorriendo uno a uno los monolitos, con la carita alzada hacia las alturas, mientras los contaba a su paso.

-Son doce, señor. Doce piedras gigantescas. ¿Por qué?

-El doce es un número mágico: Doce meses tiene el año; doce horas, el día. Doce fueron los apóstoles. – respondió Franz, desde el centro del círculo, apoyado levemente en la mesa de piedra mientras observaba a su hija.

-Podríamos hacer un picnic aquí. ¿No?

-No lo creo, hija. Es un lugar sagrado. No creo que a los espíritus les guste la idea de profanar así un lugar santo.

-¿Y por qué vinimos hasta este enigmático lugar? – preguntó Catalina.

-¿Sientes la energía que emanan las piedras?

-Siento algo. Pero no sé si se debe a la presencia de las rocas o si es otra cosa. No estoy segura. – respondió Catalina.

-Pues te traje hasta aquí para hacerte un regalo. Este es el lugar donde las oraciones son escuchadas con mayor claridad. Si pides un deseo fervientemente y con mucha convicción, y realmente deseas eso que estás pidiendo, con tu corazón… ese deseo se te cumplirá inexorablemente.

-¿Lo que sea? – preguntó Catalina.

-Sí. Pero mucho cuidado con lo que pidas. Pues no sea cosa que el universo te lo otorgue y de esa manera estés entorpeciendo tu destino. Debes estar segura que lo que sea que pidas, no perjudique a terceros ni a ti.

-¿Y cómo puedo saber eso?

-Debes buscarlo en tu interior. Debe ser un deseo anhelante, que siempre estuvo allí esperando para salir. Un deseo que emane de tu corazón. Sólo así no te equivocarás. – explicó Franz.

La pequeña Catalina abría los ojos asombrada. Estaba deslumbrada, tenía ante sí la posibilidad de tenerlo todo, sin esfuerzo alguno. Luego miró otra vez en derredor, ahora las rocas le parecían más amigables, cómplices de sus pensamientos.

-No estoy segura de saber que es lo que quiero. – dijo pensativa, Catalina.

-Existe algo en tu interior. Algo que sabes que realmente te mereces. Algo que está allí dentro tuyo aguardando desde que naciste. Algo que de sólo pensar en ello, ya te da felicidad. Ése es tu regalo, tu verdadero y primordial obsequio, el que te mereces por derecho propio aún antes de nacer y el que debes pedir sin miedo ni culpa. Pero para que el obsequio te sea dado, debes reconocerlo y luego pedirlo. Está allí, no en tu mente; sino en tu corazón.

Catalina se quedó unos instantes pensando, luego cerró los ojos. Su padre la observaba en silencio. Notó cómo su rostro se relajaba y luego brotaba una sonrisa de felicidad en sus labios. Justo en ese momento se hizo un silencio abrumador en el bosque. Como si el mismo tiempo se detuviese. Los pájaros dejaron de cantar, los insectos de zumbar, y hasta el viento se detuvo dejando las hojas en calma. Sólo duró unos segundos, pero Franz alcanzó a percibirlo y supo que el milagro se había consumado. La pequeña había reconocido su deseo primigenio y lo había pedido fervientemente. La naturaleza misma había percibido el llamado, de cuando el alma humana se comunica, y el cosmos al que pertenece, le responde.

-¿Y qué había pedido tu abuela Catalina? – me preguntó Trinidad interrumpiendo el relato.

-Eso nunca me lo dijo, hija. Pero fue una mujer sabia y sobre todo feliz. Jamás la escuché quejarse de nada y siempre me decía que uno tenía el poder de atraer todo lo que deseara. También me advirtió del poder de la palabra, o del verbo, como decía ella. Muchas veces me reprendía diciéndome: “Jamás digas esas cosas ni en chiste. Eres muy poderoso. El universo no entiende de sentido del humor, el universo es literal, escucha y te obedece. Tú eres amo y señor de tu vida. Nunca olvides que fuiste hecho a imagen y semejanza del Creador. Tienes el poder de crear tu mundo. No lo arruines con necedades. Antes arráncate la lengua, que pecar con ella.”

-¡Ay! Menos mal que no la conocí. Me hubiese asustado.

-No lo creo. La hubieses amado. Además, eres idéntica a ella: Tienes su cabello, sus ojos, la misma barbilla y hasta la misma mirada brillante.

-¿En serio?

-Pues sí, hija. Era tan hermosa como tú.

-Papi. ¿Me llevas un día a conocer ese lugar mágico?

-No sé si lograré hallarlo, pero eso no es lo importante. No es la magia del lugar lo que produce el milagro, sino que debes saber, que tú eres la que haces que un lugar sea mágico.

-Creo que es cierto, papi: Cuando estoy feliz, todos los lugares se vuelven mágicos.

-Es así, hija. Siempre ha sido así, aunque no lo veamos. Ahora duerme.

-Hasta mañana, Pa.

-Que descanses, hija.


Sobre el autor

Daniel GurtlerDaniel Gurtler. Escritor y novelista de zona norte, presidente del Círculo de Escritores de San Fernando Atilio Betti y miembro de la Comisión Directiva de S,A.D.E Delta Bonaerense.

En 2012 participó de la Feria Internacional del Libro en el stand de Bs. As. Cultura acompañando al Municipio de Tigre. Desde entonces participó todos los años en la Feria del libro en los stands de S.A.D.E. y de la editorial de los Cuatro Vientos firmando ejemplares de sus novelas “Sallmo 91 La ira de Dios” “El Señor del Fuego” y “La leyenda del Eleonora”.

Participó en varias antologías, publicó los cuentos: “La llave mágica”, “Un cuento para Trinidad”, “Recuerdos”, “El Patriarca de la Guerra”, “Revolución”, “El rey de las tempestades” y “El mensajero del rey”.

Es autor de las siguientes novelas inéditas: “El espíritu de la montaña”, “El rey de las Tempestades”, “La llave Mágica” y “Salmo 91 parte II Abadón el ángel del Abismo”.

 


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