OPINIÓN

Una experiencia en el conurbano bonaerense

Lorena Di MassoPamela Morelli

Por Lorena Di Masso y Pamela Morelli*

“Entonces, será preciso nuevamente recurrir a alguna invención posible para que (…) se puedan sostener los lazos de trabajo y el intercambio con los otros, que es en definitiva, transferencia mediante, lo que hace institución”.

Mediados de marzo del 2020. Medida de aislamiento social preventivo y obligatorio, anunciado mediante un DNU, horas antes de efectivizarse. Todo queda en suspenso. Cierre de fronteras y apertura de un paréntesis en la mayoría de los órdenes de la vida.

En el centro de salud mental del conurbano bonaerense donde trabajamos, por primera vez, quedan suspendidos todos los turnos programados. Escenario inédito: profesionales reunidos en la sala de espera, esperando. Sin saber qué hay que hacer ahora. Rápidamente se intenta apelar a protocolos aún inexistentes. Llamado a una dimensión de saber, que no hay. Se hace patente la falta de referencias. Muestra inquietante de la barradura del Otro. Retomamos en Freud y en Lacan artículos sobre la guerra, pero esto no es una guerra. Al menos en el sentido sociológico de la palabra ¿o sí? Comienzan a darse otro tipo de batallas. No obstante hallamos apoyatura en estas fuentes.

Las noticias del exterior van brindando un panorama posible: el del horror. Se dice que la ventaja es tener el diario del lunes, que hay que aprovecharla. ¿Qué significa tal imperativo? ¿Qué es aprovechable en estas circunstancias? Primera dimensión, el tiempo: para armar un sistema de salud que pueda responder sin colapsar, para hacer todo lo que no se hace nunca, para no perder: tiempo, espacios, dinero, nada. Como si eso fuera posible.

En el marco social empieza a esbozarse un “reconocimiento” por los que están en la trinchera, los héroes, los esenciales. Aparece la idea de que hay que cuidar a los que cuidan. Los aplausos de las 21 horas. Festival de ideales e identificaciones. Semanas más tarde todo eso se irá desdibujando y el tono social, mediado por la influencia de los medios de comunicación, será el del hartazgo.

Se extiende la cuarentena de manera sucesiva. Cronograma de guardias rotativas en el equipo. El servicio queda dispuesto a toda posible demanda, atención de consultas telefónicas y “espontáneas”.

Hay que evitar el “desborde”. De los pacientes y de las guardias de los hospitales. “Atender todo lo que se pueda, responder”. Es la indicación.

Se ponen en juego preguntas relativas a la práctica del psicoanálisis en la institución pública y en un contexto de pandemia, ahí donde por un lado, “una institución – los hospitales entre otras – no es sino el lugar donde la práctica de un Saber determinado se ejerce para dar satisfacción a la demanda social” (O. Masotta: Ensayos Lacanianos), y por el otro, como postuló Lacan e insistió luego Germán García, desde el psicoanálisis no nos planteamos una ética en relación al bien, sino en relación a lo real y al deseo (J. Lacan, SVII; G. García, Diversiones psicoanalíticas).

La demanda no se hace esperar: se reciben llamados de pacientes y personas que eventualmente solicitan serlo. Las presentaciones son diversas. En este nuevo escenario, requieren a veces atención médica inmediata, pero siempre hablar, en principio, con los que estamos ahí. Se torna fundamental la circulación de la palabra.

Responder supone, como siempre, pero ahora aún más, un esfuerzo de invención permanente. Atender al caso por caso. Sin estándares previos. A veces se decide armar un dispositivo telefónico. Experiencia inédita. En estos casos se hace evidente la ausencia de los cuerpos. En otras ocasiones la urgencia solicita otro abordaje: la presencia se impone y extrañamente eso, ahora, significa un peligro en sí mismo.

Estar allí implica quedar expuesto al encuentro de lo real sin ley. El virus puede estar en cualquier lado o en ninguno. También en uno mismo, y entonces eso es ser peligroso para el otro. Como lo precisó hace pocos días J. Butler en el Festival de Arte y Ciencia El Aleph, se es al mismo tiempo vulnerable y poderoso, capaz de sufrir el daño y de provocarlo. Somos capaces de portar potencialmente el “mal”. Allí, en ese momento, y después, en otro lugar. Transportarlo. Todo el tiempo. Aún no hay saber que diga sobre eso. Estamos a la espera de los resultados del trabajo de la ciencia, “rezandole” al Amo, y advertidos a su vez del doble filo y los riesgos de esa imploración, ya que aquel al que le pedimos salvación, puede luego tornarse aplastante. Por el momento solo se ubica que no es lo mismo quedarse en casa que ir y venir, trasladarse, cruzarse con otros. En ese recorrido que el cuerpo realiza, algo se pone en juego cada vez.

La circulación del virus, la situación pandémica, pone sobre la mesa, todas juntas, las tres fuentes de sufrimiento descriptas por Freud en El malestar en la cultura (1929): el propio cuerpo, el mundo exterior y el vínculo con los otros. De repente todo se transforma en problemático.

Pasadas varias semanas comienza a surgir la idea de una nueva normalidad, modificándose el esquema anterior: se requiere la presencia de todo el equipo, todos los días. Se empieza a solicitar el restablecimiento paulatino de la atención presencial. La curva de contagios asciende a diario. Tenemos que estar todos, pero la indicación es: “separados”, es decir, distanciamiento social.

Entonces, será preciso nuevamente recurrir a alguna invención posible para que, haciendo uso de las medidas de cuidado necesarias, sabiendo que nuestro lugar no es estrictamente aquella trinchera que se idealizó al comienzo, pero aún así advirtiendo las “batallas” que se juegan en ese espacio éxtimo en el que el virus se y nos mantiene, sorteando cada obstáculo en una revisión permanente, se puedan sostener los lazos de trabajo y el intercambio con los otros, que es en definitiva, transferencia mediante, lo que hace institución.

(*) Lorena Di Masso. Lic. en Psicología. Miembro de APSaT. Miembro del equipo de salud mental de MSF.

(*) Pamela Morelli. Lic en Psicología. Docente e investigadora UBA. Miembro de APSaT y de Fundación Descartes. Miembro del equipo de salud mental de MSF.

Artículo publicado en Dispersos Descabalados, Revista Cultural. Julio 2020.


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